José Clemente Rubio García
El pasado domingo , día 27 de marzo, Domingo de Resurrección, tras cerca de los cuarenta años vividos en estos pueblos del Noroeste Murciano, por primer vez tuve la grata sorpresa de vivir unos momentos que me llenaron de emoción como hacía tiempo no sentía.

 

 José Clemente Rubio García

El pasado domingo , día 27 de marzo, Domingo de Resurrección, tras cerca de los cuarenta años vividos en estos pueblos del Noroeste Murciano, por primer vez tuve la grata sorpresa de vivir unos momentos que me llenaron de emoción como hacía tiempo no sentía.
Rondando el medio día, con mi cámara de fotos preparada, me decidí a ver y escuchar y, en cierta forma, participar de los “tambores de Moratalla”.
Tras aparcar el coche y acercarme hacia ese lugar emblemático como es “la Farola”, lugar de especial encanto y sitio para entablar una encantadora conversación con cualquier paisano de esa bella Moratalla, me venía ese sonido que poco a poco me fue llenado y hasta el día en el que estoy escribiendo estas torpes líneas, me están recordando el pitido de mis oídos, ese ruido de gloria como es el redoblar, el repiquetear, el conversar como bien sabe hacerlo el pueblo moratallero, con energía, con pureza y con fuerza.
No entro en temas religiosos que en estos momentos no me interesan, pero que por las fechas en la que se celebran seguro que los habrán, pero me quedo en ese espectáculo lleno de colorido, sin edad ni sexo, vi y conviví desde un primer momento la fiesta y de la ganas de vivir. Pronto me saludaron buenos y buenas amigas, algunas se dieron a conocer, otros muy amablemente bajo esas túnicas multicolores, me saludaron como bien saben hacerlo los moratalleros y me vi inmerso entre ese hablar sosegado, en esas conversaciones entre tambores, en ese redoblar y redoblar de tantos y tantos tambores de todos los tamaños y colores. En momentos era tal la intensidad del sonido que era como si en tu cuerpo tuvieras unas subidas de no se qué que te llenaba de felicidad. El andar sosegado, sin prisas, las túnicas de coloridos y grotescas figuras en algunos de los casos, en esos tambores con esas citas rojas, amarillos y moradas, esos nombres del Belenes, Pitas, Sernas…que serán los artesanos tamboristas, hacen levantar a ese pueblo de Moratalla y llevarlo a ser un lugar donde hay que estar.
Tuve la osadía de meterme en algún lugar cerrado, donde “dialogaban” dos tambores y que pronto se unieron más…la “conversación” empezó a subir de tono y aquello parecía un parlamento perfecto… Mi pobre cámara no podía ya grabar nítidamente el sonido.
La calle era todo una espectáculo…esos tamboristas observados por unos acompañantes que con manos agarradas en las espaldas, o encima de una suculenta y bien alimentada barriga, escuchaban o bien esperaban su turno del quien hacía hablar a ese tambor y que en los casos de los niños eran casi tan grandes como ellos mismos…
Un espectáculo para todos los sentidos pero sobre todo para la vista y el oído…unos personajes que se dejaban tratar por esas cámaras que portábamos y con las que intentábamos llevarnos ese recuerdo. Personas que le gustaban que la fotografiaras, que les grabaras y que te lo facilitaban. Tamboristas de todas las edades y clases sociales, incluso bebés que iban durmiendo placenteramente en medio de esa sonora conversación, me hicieron vivir una mañana muy difícil de olvidar.