Pedro Antonio Martínez Robles

Mi hijo Eliezer no tendría más de cuatro o cinco años cuando lo vi tratando de construir algo parecido a un tren con cajas vacías de zapatos. Me acordé entonces de esos años de mi infancia en que tener un juguete industrial entre las manos era un lujo que no estaba al alcance de cualquiera; la escasez de medios para tenerlos empujaba a nuestra imaginación a fabricar nuestros propios aparatos de entretenimiento, y en ocasiones conseguíamos alcanzar un alto grado de satisfacción cuando terminábamos nuestras pequeñas obras y el resultado se parecía mucho al juguete que habíamos ideado. De aquellos años recuerdo con especial emoción una pequeña máquina de pinball que conseguí elaborar con una tabla de madera aglomerada, un puñado de púas, otro puñado de gomas elásticas, un par de pinzas de la ropa y la parte superior de un desechado timbre de bicicleta. Por aquella tabla hacía yo rodar una pequeña bola de hierro extraída a un cojinete, que impulsaba con las pinzas y rebotaba en las gomas elásticas o se estrellaba en la pieza del timbre de bicicleta, con su característico sonido de metal y premio, y aquello, en mi imaginación, guardaba una extraordinaria similitud con las auténticas máquinas de pinball que ya a finales de la década de los 60 y principios de los 70 empezaban a instalarse en los bares y que congregaban a su alrededor a un gran número de curiosos que asistían al desarrollo de la partida con auténtica admiración. Los métodos de entretenimiento usados en la infancia y la adolescencia se han ido modificando con los años, de tal manera que en estos tiempos de ahora es la Playstation lo que se ha impuesto de una manera feroz entre los niños y los jóvenes para ocupar sus ratos de ocio y ha desplazado a esas viejas y caducas máquinas de recreo. Algo que nos viene dado, un juguete ya masticado y digerido, que se usa arrellanado en un sillón y requiere, por tanto, poco esfuerzo físico y no sé si alguno mental, aparte de la asombrosa destreza que los jóvenes de hoy han desarrollado con los pulgares para mover todo un mundo. Creo que si alguien piensa que somos nosotros los conductores del tiempo y sus ingenios, anda muy equivocado; es el tiempo el que nos maneja a nosotros, el que nos conduce, y si alguien no se sube en ese vertiginoso carro, acaba quedándose “anticuado” y un poco fuera de lugar. Y, por supuesto, a mí no me parece mal esta modificación permanente de los hábitos, esta evolución de las cosas que evita que caigamos en un “inmovilismo” que no sería bueno para nada ni para nadie. Lo que me preocupa es que no acabemos de entender y manejar debidamente las comodidades y ventajas de esta inevitable “evolución”, y la mente y el cuerpo acaben acomodándose demasiado, y poco a poco se vaya desvaneciendo en nosotros el arte de imaginar y con él la fantasía infantil y la magia de los sueños.

 

 

 

 

11 de octubre de 2020