Pedro Antonio Martínez Robles

Recuerdo al maestro nacional don Rafael Moreno como un hombre temperamental que a sus noventa años aún guardaba energías para levantar una mano como un garfio para asegurar que él había sacado ingenieros con un silabario, mientras que hoy –un “hoy” que se remonta, al menos, 25 años atrás–  los críos van cargados como burros a la escuela y andan cada vez más desorientados. Si don Rafael Moreno –aquel maestro enérgico, de complexión media, ligeramente robusto y algo bajo, al que los años no habían conseguido doblegar y cuya cara, con su calva rotunda y una mirada ceñuda y algo desviada, me traía con frecuencia a la cabeza la imagen de Pablo Picasso–, hubiera sabido que el peso de los libros que los críos de hace 25 años llevaban a la escuela no era nada comparado con el que ahora llevan, habría dado botes de indignación, pues comprendería aún menos por qué hay que soportar tanto peso para tan poco conocimiento.

Eso sin contar la tropa de jorobados y escolióticos que esta abusiva práctica está provocando, ni sumar el fuerte desembolso que a cualquier familia con hijos en edad escolar le supone el inicio del curso (¡menos mal que la educación obligatoria es gratuita en nuestro país!). Y para colmo, los libros de texto han de mudarse cada 2 años para evitar que caigan en vicios y defectos; como si dos por dos hoy fueran cuatro y mañana veinticuatro, los Picos de Europa cambiaran a placer de ubicación, la palabra almendro se escribiera ahora de una manera y luego de otra, o el Pisuerga pasara hoy por Simancas y mañana por la Zarcilla de Ramos. Pero está claro que todo tiene una explicación y que entre todos debemos contribuir al sostenimiento del mundo editorial, pues si su subsistencia dependiera exclusivamente de la lectura voluntaria, hace decenas de años que habría dado en quiebra. De cualquier manera, confío en que para evitar esta aversión paulatina de los niños hacia los libros –pues todo lo que se nos entrega bajo el tormento de una abusiva carga acaba produciendo hartazgo– se tome alguna vez la decisión de aliviar a estos aprendices del mañana del engañoso peso del saber, ya que todo lo que contienen sus libros, gracias al artificioso ingenio de los informáticos, cabe sobradamente en un lápiz de memoria no más grande que un pintalabios. A ver si así, cuando estos muchachos vean un libro, se sienten cautivados por su magia como el tonto por la tiza.

 

20 de septiembre de 2007