PÉREZ DE LA HOYICA

Llega el invierno una vez más.Me encanta contemplar a través de la ventana como se apresuran nubes negras ajenas a la necesidad de un rayo de sol vital para las últimas flores del buen tiempo que nacieron en el momento equivocado.

PÉREZ DE LA HOYICA

Llega el invierno una vez más.Me encanta contemplar a través de la ventana como se apresuran nubes negras ajenas a la necesidad de un rayo de sol vital para las últimas flores del buen tiempo que nacieron en el momento equivocado.
Mientras, con los pies metidos en unos confortables calcetines de lana y arrebujada en una mullida manta, me acurruco en mi sillón rojo de terciopelo junto al fuego de la chimenea. Me gusta esta estación entrañable, de recogimiento al calor de un hogar con olor a vapores de eucalipto,a sopa,a hojas de libro nuevo.Me gusta albergar la esperanza de un niño soñando que cuando despierte tal vez encuentre un paisaje con nieve para compartir a bolazos con sus amigos en la calle.Me embriaga la luz de los gélidos días claros que engaña tras los cristales y guiñan un ojo a mi corazón las hojas secas caídas que remolinean en las esquinas persiguiendose unas a otras en un tintineante crujir. Los ocres transformados en grises plomizos mientras se escuchan pasar viandantes que entre bromas y risas se frotan las manos heladas como llaves.
Es mi momento, poder disfrutar de la rutina de un día cualquiera es un privilegio para quien se siente a salvo de la intemperie. Veo la televisión con una taza calentita de té humeante entre las manos. Se sucede la publicidad en un constante cambiar de registros y a la imponente imagen femenina y sensual que vende su alma por un perfume caro se sucede el anuncio de una lavadora que centrifuga las ideas y un detergente maravilloso que quita las manchas y ojalá que la tontería también. Me canso pronto y mi subconsciente sigue procesando datos cuando yo ya hace rato que dejé de escuchar esa constante transmisión con el único objetivo materialista de accionar a sujetos pasivos delante de una pantalla.
Ese sorbo de té que templa el cuerpo desciende lentamente por mi interior. Comienza el informativo, las malas noticias se alternan con velocidad de vértigo, como un relámpago relatan los sucesos que acontecen en el mundo que no se parece al nuestro. Un atentado terrorista deja cientos de muertos anónimos, pero ya no recuerdo el número de las víctimas de ayer. Un hombre asesina a su mujer pero yo nunca entendí por qué se utiliza para hablar de la damnificada el posesivo “su”.Un destacado personaje de la vida pública defrauda a hacienda y evade fuera del país miles de euros de todos los contribuyentes…Avanza el telediario y cada vez son más necesarios los tragos de un té para poder asimilar tanta desdicha e injusticia. Nadie me dijo que la vida no es justa y tal vez por eso yo conservaba la esperanza de que el ser humano podría mejorar. Crisis de refugiados, miles de personas huyen de una guerra cruel.Y un escalofrío me recorre al pensar que todas las gentes de mi pueblo no serían suficientes para llevar a hombros hasta el cementerio los ataudes con los cuerpos sin vida de los niños que se han perdido en el camino.
Aprieto fuerte mi taza de té hasta casi romperla por la fuerza de la impotencia de no saber hacer nada que realmente valga la pena para ayudar. Miro el líquido del recipiente, como si alguien hubiese echado algo, ahora se ha vuelto amargo.
Los deportes, es lo que importa, con la dedicación y el detalle merecido se repiten hasta la saciedad las colas en las taquillas para ver el partido, los golazos en diferido y su celebración como la culminación de la única victoria , la cantidad fuera de órbita que se ha pagado por el jugador estrella que se lesionó la semana pasada, la injusticia del árbitro ante un penalti pitado.
Y el tiempo,el mío, el nuestro, como preámbulo todas aquellas fotografías como postales de la estación que nos ocupa y luego el mapa lleno de aguaceros. Es invierno. Y entonces rezo, a un dios no útil que no escucha mis plegarias, porque en aquella zona del mundo por donde andan y naufragan los refugiados no haya viento, ni lluvia, ni nubes negras ni haga frío y por lo menos los niños sufran menos. Pero el hombre del tiempo sigue hablando y pronosticando que en la sierra nieva y será un buen año para las estaciones de esquí a este lado de una frontera sin alambradas, para el turismo blanco.
Termina el noticiario, con la última ingestión de té, ahora completamente amargo, observo los posos negros en la taza como un mal augurio.Me aferro al recipiente porque no acierto a comprender este absurdo. Con la última imagen gravada en mi retina de un niño refugiado llorando porque ha perdido a sus padres en altamar,con los huesos y el corazón congelado con la mirada ausente escucho a mi niña que grita: ¡Mamá está nevando! ¡Vamos a jugar con la nieve en la calle!. Y cogiendo gorro, bufanda y guantes me abraza con alegría y me dice: Me encanta el invierno.