PASCUAL GARCÍA

Niño o niña igual da, pues de ambos sexos hay de esto, una especie humana desconcertante, que desde muy corta edad fueron premiados con todo lo indispensable y que tuvieron la suerte de nacer con estrella, en familias de economía boyante, que les suministraron además una excelente preparación, que los rodearon de libros y de discos y de toda suerte de caprichos varios.

Luego un día te invitan a su casa a jugar con el último Cinexin o el mecano de moda, te permiten tocarlo, te proyectan una película de dibujos animados tosca pero  sorprendente, abren otras cajas, sacan otros juguetes, buscan por los rincones, en cajones cerrados y armarios insólitos y hallan objetos, ropa con la que alguna vez soñaste, espacios intrincados en los que no pudiste estar nunca y que tantas veces has envidiado, pues su casa reluce de paz y de de hartazgo, sobran muebles, cuadros, cortinas, paisajes, pero no hay demasiada luz, esa es la verdad, como si  se le hubiese otorgado al niño o a la niña mimada todos los privilegios y acaso el de la luz, gratis y natural, les estuviese vedado, de hecho rehúyen la luz, se esconden del sol, evitan la electricidad y pululan cada noche en las sombras enfermizas y desasosegantes de sus aposentos sumidos en la tristeza.

Tienen una curiosa manera de agasajarte. Te dan cosas y unos segundos después te las quitan, de esa forma imponen su palmaria posesión, pues si no afirman que son dueños de algo, no son apenas nada, el resto del día rezongan por las esquinas de la casa, cargan  contra todo el mundo, alimentan enemistades, resabios y exhiben resentimientos, a veces incluso golpean con mano férrea contra el tablero de la mesa, declaran la guerra a tirios y a troyanos  y apenas si tienen tiempo de ser felices y, sobre todo, nunca hacen felices al otro o la otra, no tienen  tiempo de eso, ni ganas ni les parece importante, porque no existen más que ellos, los niños y las niñas mimadas, aunque ya se hayan hecho mayores y envejezcan acorralados por su propia y falsa seguridad, que no es otra cosa que mucho miedo a perderlo todo.

Uno de aquellos niños vivió en el barrio del Castillo, un barrio poco propicio para estos especímenes, y yo fui amigo suyo hasta donde era posible serlo. Recuerdo que de vez en cuando me invitaba a su casa y me mostraba sus tesoros, compartía conmigo sus misterios y me dejaba jugar con todo los suyo. De hecho tenía un primitivo Cinexin, cuando nadie en el pueblo tenía algo parecido y algunos días, al final de la tarde y de los juegos, proyectábamos una mini película en la pantalla del minicine. A mí, que tanto me ha gustado el cine, me alucinaba aquella ceremonia de pretecnología, pero todo aquello duraba muy poco, pues cuando mi amigo se cercioraba de mi estado alucinatorio y de plena satisfacción y caía en la cuenta de su poder omnímodo, pretendía abusar de su posición y se mostraba exigente y caprichoso; si protestábamos los que habíamos tenido el privilegio de ser invitados, muy pronto dirimía el asunto, zanjaba la polémica y clausuraba el juego, a veces incluso decía aquello tan socorrido y tópico de quiero que os vayáis de mi casa, que para eso es mía, porque ya no quiero jugar a nada con vosotros.

Así que ahí terminaba todo y nosotros, mohínos y tristes, nos volvíamos a nuestras casas jurándonos que no aceparíamos ninguna invitación más, aunque en nuestro fuero interno sabíamos que no era verdad, que volveríamos a caer en la trampa del niño mimado algún otro día.