José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

El acontecer cotidiano de un pueblo sencillo como Navares, pocas veces ha sido noticia de la que se han hecho eco los medios de comunicación regional o nacional, salvo por alguna mejora de orden social que ha interesado a los políticos airear por razones exclusivamente personales o electorales. El día a día del hombre de la tierra, dedicado tradicionalmente a la agricultura y a la ganadería, ha permanecido siempre oculto a los intereses generales, precisamente por ser lo habitual y no presentar nada de extraordinario.

Sin embargo, hay momentos en la historia cotidiana de un lugar que sí interesan a la generalidad. De uno de esos momentos concretos de la historia de Navares me ocupo a continuación por su trascendencia a nivel regional, del cual dio cuenta el periódico murciano ya desaparecido que se editaba con el nombre de El Diario de Murcia, el día 11 de diciembre de 1895, hace poco más de cien años:  el amotinamiento de las mujeres del lugar contra un impopular impuesto que gravaba el consumo de alimentos, el denominado Impuesto de Consumos, muy contestado por la población en todos los pueblos y ciudades de la hoy región y entonces Provincia de Murcia y, por extensión, en toda España.

El citado impuesto se cobraba con periodicidad anual, y para su recaudación se desplazaban cobradores para ello destinados por los ayuntamientos, quienes se dirigían personalmente a los cabezas de familia, de acuerdo con un reparto arbitrariamente realizado por las autoridades.

A partir de la Guerra Cantonal, entre 1874 y 1906 en que fue suprimido el impuesto en cuestión, se produjo en muchos pueblos de Murcia una agitación popular en oposición al impopular impuesto de Consumos mencionado. En 1874 hubo en Lorca varias manifestaciones de labradores que se avivaron en todo el territorio regional a partir de 1892 por la carestía de medios de subsistencia. En 1893 fue Puerto Lumbreras el escenario de colisiones también violentas entre los cobradores del impuesto y los vecinos del lugar, dando como resultado la muerte de tres personas y de muchos heridos. También hubo motines populares conocidos en las pedanías murcianas de Puente Tocinos, Algezares, Espinardo y Sangonera, así como en las localidades de Alcantarilla, Molina, Águilas, Mazarrón y Bullas. El caso más notable se produjo en la Sierra y Campo de Cartagena, donde llegaron a participar entre 15 y 20.000 personas, saldándose la revolución popular con otros tres muertos y muchos heridos, todos ellos obreros, con participación de la Guardia Civil y los Carabineros en las inmediaciones de la localidad de Portmán. En Águilas, dado el fuerte arraigo anarquista en la población, la presión se ejerció contra alcaldes y concejales, a quienes se llegó a amenazar con volar sus propios domicilios con dinamita si no se suprimía, de una vez por todas, el gravamen.

La única noticia de resistencia activa social al citado impuesto que conocemos en la comarca Noroeste y en el Término Municipal de Caravaca, la tenemos en Navares, donde a comienzos de diciembre de 1895, como ya he dicho, se amotinaron las mujeres del lugar cuando se hicieron presentes los cobradores en cuestión. Los ánimos debían estar muy caldeados contra las autoridades locales a quienes se culpaba de no defender los intereses de los ciudadanos. Sin duda alguna debió ser en el lavadero público (que venía a ser el mentidero de cualquier lugar, y donde las mujeres trataban sus asuntos sin la presencia de los hombres, constituyendo algo así como el casino local femenino) donde se habló por las féminas de la sangría económica que suponía un año más el abono del impuesto y, con alguna de ellas como cabecilla de la protesta, un grupo plantó cara a los cobradores, echándoles con cajas destempladas de la localidad. Los cobradores se quejaron al Pedáneo, quien les aconsejó regresaran a Caravaca a la espera de nuevas órdenes. Las mujeres se sintieron traicionadas por el pedáneo, a quien apedrearon obligándole a encerrarse en su casa, afortunadamente sin herida física alguna. Al día siguiente, el citado pedáneo se presentó en el Ayuntamiento solicitando ayuda de la Guardia Civil, obteniéndola y trasladando a la cárcel municipal a las promotoras del motín. La mujer de la tierra, que en nuestra sociedad rural ha sido siempre la que ha administrado la economía familiar, como complemento de la actividad masculina, más preocupada por allegar fondos que de la administración de los mismos, fue quien plantó cara a los cobradores y al pedáneo con las armas a su alcance: las piedras del campo.

Imagina el Cronista que, muy a regañadientes, los habitantes de Navares pagaron el impuesto aquel año, pero el motín de las mujeres del lugar, que fue, como he dicho, noticia en la prensa regional, constituyó un apoyo más a la causa contra la supresión de aquel impopular impuesto, del que la población estaba harta y contra el que se luchó incluso físicamente para su desaparición.