FRANCISCO SANDOVAL

Que la arquitectura y la música mantienen una estrecha relación no es un misterio para nadie. No lo era ya en 1911 cuando se les nombró la primera y la cuarta en el Manifiesto de las Siete Artes. Me vino a la cabeza escribir sobre esto tras escuchar el concierto de clausura del Año Jubilar en la iglesia de El Salvador de Caravaca. Me acompañaba un buen amigo con un oído mucho más agudo que el mio, como le es propio a un pianista de su categoría, y estuvimos comentando las peculiaridades de escuchar un concierto en el imponente templo caravaqueño. Como sucede en las grandes iglesias con techos abovedados a gran altura, no a todos los puntos llega el sonido con la misma nitidez, al menos no de la misma forma que lo hace en las salas de los auditorios que han sido específicamente diseñadas al efecto.

Torreón de las Fuentes

Torreón de las Fuentes

Muchos músicos coinciden en que la antigua iglesia de la Compañía no posee la mejor acústica. Algo mejor se puede escuchar en el Salvador, aunque es la antigua iglesia de las carmelitas donde mejor se puede disfrutar de un concierto, y a ello contribuye en gran medida el hecho de que el abovedamiento allí sea de madera y no de piedra.

Un efecto acústico muy particular lo encontramos en el torreón de los templarios, en las Fuentes del Marqués. El cuerpo más alto del edificio tiene una estancia abovedada en la que muchos caravaqueños han experimentado un curioso fenómeno: si susurras algo en voz baja en una de las esquinas mirando hacia la pared, en el arranque de la bóveda, quien se encuentre en el otro extremo puede escucharlo perfectamente. Pues bien, este rincón de Caravaca no es el único donde esto sucede.

A finales del siglo XIX, el arquitecto valenciano Rafael Guastavino, gran conocedor de la técnica constructiva de la bóveda en el mediterráneo y proveniente de una familia de artistas y músicos, dejó España para irse a vivir a Nueva York. Allí patentó un tipo de bóveda que había desarrollado en su tierra natal: la bóveda tabicada. Era una bóveda ligera, delgada y en la mayoría de sus tipos de geometría similar. Resulta que le encargaron realizar con esta técnica, además de otras obras de la ciudad neoyorkina, la Estación Central. Entre los corredores de la estación, hoy se halla la “sala de los susurros”, pues la bóveda que la cubre permite a tantos y tantos viajeros que por allí pasan acercarse a una de sus esquinas y susurrarle algo a quien se encuentre en el otro extremo.

Gracias a Guastavino se exportó a América una forma de construir bóvedas genuina de la fachada mediterránea. Acostumbramos a ver las bóvedas en templos a varios metros de altura sobre nuestras cabezas, pero el hecho de que los dos casos mencionados tengan bóvedas tabicadas cuyo arranque está a la altura de la cabeza del ser humano nos permite disfrutar de un interesante fenómeno acústico en puntos tan distantes como lo son Nueva York y Caravaca de la Cruz.