Pedro Antonio Martínez Robles.

En 1974 hice mi primera y única vendimia en los campos de Architana. Aquello fue en septiembre y las clases en el instituto no empezaban hasta mediados de octubre. A pesar de ser un adolescente, no era la primera vez que yo realizaba un trabajo físico, pero sí era el trabajo más penoso que había hecho hasta entonces, pues las cepas eran bajas y teníamos que andar todo el día doblados de cintura, lo que me produjo un dolor de riñones terrible. Las hileras de vid eran interminables y los capazos donde íbamos echando los racimos se compartían por parejas y quedaban en el centro de las pequeñas calles que formaban las filas de las cepas. A mi me emparejaron con el tío Juan, que debía estar entonces más cerca de los 70 que de los 60 años, y aquello me aliviaba el ritmo, pero a pesar de ser una pareja formada por un anciano y un adolescente no teníamos excusa para quedarnos atrás. Para mí, y supongo que para los demás también, aquel era un trabajo duro y cualquier pretexto me habría servido para eludirlo sin remordimientos. Sin embargo, lo que presencié una tarde en aquel tajo me hizo entender, a pesar de mi juventud, que hay motivos para perseverar en un objetivo que son más fuertes que el dolor. Una tarde se hizo un corro en torno de un hombre que se había sentado en mitad de una calle; se había quitado una abarca y sostenía el pie en el aire, cogido con una mano. Alrededor del tobillo, hinchado como una bota, se le extendía una mancha negra. El hombre tenía la cara descompuesta por el dolor del pie, dolor que tenía que sumar, pensé yo, al de sus riñones; pero sólo rompió a llorar cuando alguien le puso una mano en el hombro y le dijo: <<Tienes que ir al médico>>.

Han pasado muchos años desde aquella tarde, pero siempre he conservado con mucha nitidez la imagen de aquel hombre sentado en medio de las cepas, sosteniendo en alto un pie negro como el tizne mientras lloraba. Durante todos estos años, ese hombre y yo nos hemos cruzado con frecuencia y jamás le había hecho el menor comentario acerca de aquella tarde en los campos de Architana; pero hace unas semanas le traje a la memoria el suceso y comprobé que lo recordaba perfectamente. <<¿Dolía?>>, le pregunté. Y él me respondió: <<¡Claro que dolía! Y mis hijos eran pequeños.>>

No sé si alguien entenderá de qué dolor estoy hablando.

 

1 de abril de 2009