José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

En la confluencia de la Cuesta del Cinema (o de La Plaza), con la Gran Vía y lateral del Mercado de Abastos antes de construir la Plaza Tuzla y el edificio que alberga en la actualidad el Hotel Central, hubo durante muchos años un kiosco regentado por una emblemática mujer: Dolores García Torres, por todos conocida como La Paragüera, cuyo sobrenombre nada tiene que ver con el arreglo, composición o venta de paraguas, como podría pensarse, ignorándose el origen de éste, ya que sus antepasados se dedicaron profesionalmente a los enclavaos en la calle Larga.

Dolores la Paragüera

Dolores la Paragüera

Dolores, que había nacido en 1908, casó con Antonio Carrasco Fuentes, estableciendo el domicilio familiar en la calle Planchas, donde vinieron al mundo sus tres hijos: Josefa, Cayetano (barbero que tenía barbería en los bajos del Hotel Castillo) y Antonia. Antonio era alpargatero y simultaneaba el trabajo con la agricultura, en el paraje conocido como La Casica del pae Perea, en la huerta y margen izquierda del río Argos, camino de Cehegín.

Mujer activa e inquieta desde la adolescencia, para ayudar económicamente a la economía familiar adquirió, en fecha indeterminada, un kiosco de madera, desmontable, a una tal Gabriela, que instalaba y quitaba a diario en el lugar mencionado, con consentimiento municipal, en el que se vendían altramuces, palomitas, pipas y objetos que hasta ese momento habían vendido los hileros ambulantes, además de castañas asadas en invierno y helados caseros en verano.

Lateral de la Plaza de Abastos

Lateral de la Plaza de Abastos

Aquel primitivo kiosco, que como digo cada día se ponía y se quitaba, fue sustituido por otro, también de madera, ya estable, al que con el tiempo se le añadió uno nuevo, de aluminio, que fabricó el Rojo Sabina (acreditado herrero local), siendo la actividad comercial la misma, aumentada con la venta de periódicos (arriesgada en ese tiempo pues no se permitía devolver los sobrantes).

El nuevo kiosco, siempre conocido popularmente con el sobrenombre de su propietaria, tenía una capacidad interior de tres metros cuadrados y se accedía a él por puerta lateral. Se cerraba mediante persiana metálica enrollable (que se subía y bajaba con la ayuda de una varilla de hierro), tenía ventanilla central al frente, y láminas de cristal flanqueando aquella. La prensa se ofrecía a los clientes bajo piedras que hacían de pisapapeles, y junto a los periódicos el material indicado.

Durante el invierno, y sobre todo por las tardes, la Paragüera situaba junto al kiosco una rudimentaria estufa para asar castañas, utilizando un bidón metálico partido por la mitad, con cuatro patas. Su interior se dividía en dos partes: una inferior donde se situaba el carbón que servía de combustible (y que le traía la Agencia Sabater desde Murcia), sobre la que se situaba una gran sartén agujereada, donde se asaban las castañas. Una vez asadas se introducían en una olla de color rojo, de porcelana, que se tapaba con el fin de conservar el calor y facilitar su posterior pelado. Las castañas se servía al publico demandante en cartuchos hechos con papel de periódico. Dolores se sentaba en silla baja, de asiento de anea y la estufa le servía para calentarse, además del chal negro, de lana, que cubría su cuerpo.

En verano, los helados sustituían a las castañas, ofreciendo al público limón granizado, turrón y mantecado que elaboraba en su propio domicilio de la C. Planchas, con hielo adquirido en la Fábrica de las Fuentes, que era servido en vasitos, o en cortes y chambis de cucurucho, cuya galleta adquiría en la denominada Casa Leandro, de Murcia. En uno y otro caso, cada noche, al cerrar el kiosco, la actividad continuaba pues Dolores ofrecía sus productos a la entrada del gallinero  del Teatro Cinema, en espacio que, a manera de ambigut, contaba el acceso a la entrada general.

Con el tiempo La Paragüera incorporó a su oferta comercial juguetería, que le servía La Antoñica, comercio al mayor que se ubicaba en el barrio de San Andrés de Murcia, muy cerca de la estación de autobuses capitalina.

Dolores, La Paragüera, fue mujer de un atractivo singular, de buen cuerpo y pelo canoso peinado en moño que ella misma se hacía a diario, embadurnándolo de brillantina para que brillara. Una afección de viruela en su adolescencia le dejó marcado el rostro, lo que no fue causa de complejo alguno. De carácter nervioso y con mucho genio, llegaba a arañarse su propia cara cuando se enfadaba. Guardó luto los años que mediaron entre la muerte de su hijo Cayetano y la suya. Permitiéndose una pizca de color en su indumentaria a través de su sempiterno delantal oscuro. Apreciada por cuantos la trataron, por su generosidad y desprendimiento, fue uno de los iconos referenciales de la sociedad local durante gran parte del S. XX. Trabajó sin descanso para sacar adelante a los hijos y sobrevivió a su marido más de quince años. Tras una fractura de cadera y afectada de alzeimer, falleció en su casa, rodeada de las macetas que siempre cuidó con mimo, en 1985, con 77 años, víctima de una trombosis.

El negocio del kiosco lo prosiguió su hija Josefa, quien sufrió el traslado del mismo desde su original ubicación antes mencionada, cuando en tiempos del alcalde Antonio García Martínez-Reina, se demolió el viejo Mercado de Abastos y, en su lugar, se erigió el edificio que en su interior contiene el Hotel Central como se ha dicho.

En principio se contempló su traslado provisional a la Ciudad Jardín, optándose finalmente por su actual emplazamiento ante el edificio de Correos, en la confluencia de Gran Vía con Maruja Garrido. El propio Ayuntamiento se encargó del traslado, con el compromiso (incumplido) de su regreso al mismo lugar, una vez concluidas la obras, lo que no se hizo, ubicandose definitivamente en el sitio referido que hoy ocupa.

Josefa, por su parte, introdujo a su hija Loli en el negocio del kiosco, quien lo regenta desde 2003, completamente renovado, siendo obra de su marido Antonio El More, quien lo fabricó con la ayuda de unos amigos, saliendo por menos de los casi cincuenta mil euros que actualmente vale un kiosco convencional de los que ofrece el mercado.

Loli constituye la tercera generación de kiosqueras en un negocio que ya no es tan esclavo, que inició la Mama Loles en tiempos muy diferentes en que, a la kiosquera no le permitía la sociedad respiro de tiempo alguno, y sólo en los domingos del verano se cerraba, aprovechando para marchar a las playas de Águilas y Calabardina en autobuses públicos que de mañana partían de la ciudad, regresando bien entrada la noche, abrasados los cuerpos y relajados los espíritus.

Sin embargo, en la memoria de las gentes, el recuerdo de Dolores, La Paragüera, no pierde intensidad, y se la tiene por nuestra sociedad como otro de los iconos del pasado reciente, en el que incluimos el antes de ayer de Caravaca.