Francisco Javier García López, pedagogo.

Una situación como la que estamos viviendo, inevitablemente marcará una antes y un después. Creo que lo importante, más que el antes, es el después, sin mirar hacia atrás más de lo necesario y, por supuesto, sin quedarnos ahí.

El siglo XX, conocido como siglo de las ideologías, ha sido el más sangriento de la historia. Hay que temblar cuando alguien se cree mejor que otro “con todos los respetos”, pues esta consideración “tan respetuosa”, además de perentoria, suele ser la antesala del odio que vendrá. Así son las ideologías, ninguna queda quieta más que sobre la tumba del adversario. La honradez de algunos viene a ser el jabón con el que se lavan la cara unos pocos desalmados o ignorantes con quienes comparten ideología. Evidentemente, todas no son iguales, ni merecen el mismo trato.

Y así es también hoy. Tienen su tiempo y, mientras éste pasa, en ese juego de acción-reacción, arrasan con el futuro de las nuevas generaciones. El propio descaro lo anuncia y la falta de pudor lo asume como inevitable.

Esta pandemia marcará un antes y un después. Además, la situación económica y global inminente dará pie a otras nuevas situaciones: se podrá iniciar un camino hacia la salud y la libertad, pero también podría colársenos un retroceso, el no aprender o el aprender solo lo que nos interesa…, según la ideología que uno profese, imponga o convenza a otra persona. Aunque hoy nos plazca cómo brilla el sol, no debemos olvidar que mañana quizá esté nublado: el Poder humano, para alegría o pesar, siempre tenderá a tenernos atados y bien atados. Pies, manos, lengua y pensamiento: hay que tener mucho cuidado.

El amor a la libertad, la vida, la naturaleza se torna ahora crucial. Y no como pretexto, que no dejaría de ser sino un engaño. Hay que huir de la destrucción del adversario y, aunque haya quienes no lo vean así, el furor de la destrucción acabaría también con ellos. Sentido, fe y razón son el mejor antídoto para el virus de la destrucción.

Así las cosas, y en el siglo XXI, hemos de aprovechar la autonomía que conceden las nuevas fuentes de energía y su almacenamiento, de producción, los medios de comunicación e intercambio de conocimiento, la robótica, etc., para generar nuevas formas sociales que no busquen ideologizar a los niños, ni el derroche; que respeten y cuiden la familia natural y, de ahí, la vida y su diversidad (no al revés); comunidades interdependientes, pero no de multinacionales energéticas, ni bancarias, ni tampoco políticas de ese “gran hermano” que, unos u otros podrán imponernos, y que siempre será transitorio ya que a nada sirve ni sirve para nada, solo para engordar y después morir.

Es tiempo de sembrar. Siempre lo ha sido y nunca es tarde. Pero la semilla ha de ser buena, si no… ¿qué podremos esperar para el día de mañana? Autonomía, bondad, inteligencia, son las claves. Desde el ejemplo. Y democracia directa, que ya va siendo hora.