GLORIA LÓPEZ CORBALÁN
​Dice un tal Cicerón, que se ha hecho famoso por sus carteles en el feis, “no creo que, exceptuada la sabiduría, los dioses hayan hecho al hombre un regalo mejor que la amistad.”

Supongo que los que conocían a nuestro moro del año ya lo sabían, pero para mí fue un regalo de los dioses coincidir con él en aquella clase de ciclo a la que yo acudía por gorda y él por cojo.
Yo quería, como quiero hoy, cinco años después, meterme en el traje de mora y él, como quiere ahora, no desistir en su lucha diaria contra los males del cuerpo y andar con paso firme por encima de su cojera.
Después de ciclo vino el monte. Yo seguía gorda y el cojo. Lo mío era por vicio, lo suyo una mala jugada de la vida, que siempre te quita lo que más amas. A mi los donut, a él el deporte.
Mientras hacíamos como que ganábamos, fuimos perdiendo la vergüenza. Y kilometro a kilometro, repecho a repecho, cual Comunidad del Anillo pero con toña, como Frodo y Bolsón, Boromir y Legolas y demás escogidos que somos este grupo tan dispar, fuimos forjando una amistad que se ha mantenido muy a pesar,  y muy por encima, del gran ojo que es esta sociedad caravaqueña, que critica lo que no entiende, envidia lo que otros tienen e inventa lo que no ve.
Él traía consigo cincuenta y cuatro años de trabajo bien hecho, una alegría a prueba de crisis y una sabiduría innata que había heredado de su abuelo y de sus tíos, con lo que había convivido en Bullas cuando sus padres se vinieron a montar la fábrica a Caravaca.
Trajo a María, a la que hemos hecho tan nuestra que si no llama ella, la llamamos nosotros… y a su hermana, que hacen un trío que ni los Tricicle.
Trajo a Sabina y su afición a la música, que nos pone a todo volumen en el coche cuando buscamos cimas más altas para almorzar mejor.
Trajo al atlético de Madrid, como si no sufriera ya uno bastante con las cosas de la vida, que también hay que sufrir por las del fútbol.
Trajo una vida de refranes que al final todos hemos ido aprendiendo a fuerza de repetirlos, tan acertados como él y que nos ha ido enseñando lo que no sabíamos.
Nos enseñó que uno no es un río y siempre puedes tirar para atrás. Que las decisiones nunca son malas si se toman con el corazón, y que las consecuencias se asumen siempre con alegría.
Que si uno no puede levantarse con el pie izquierdo, se levanta con el derecho, y sino…. a dos manos, pero siempre hay que levantarse bien vestido.
Aprendimos que se marea y que siempre hay que dejarle hacer las cuentas a él, porque es íntegro, honesto y trabajador como su abuelo, que tanto lo quería que venía de Bullas todos los días a traerle el bocadillo al instituto en autobús.
Que puedes quedarte atrás, exhalar tu último suspiro o morirte en el intento al subir la Sagra o alojarte en un Hostel… él siempre estará a tu lado. Pero jamás le mientes a Podemos ni a Grecia.
Así que, cuando nuestro amigo del feis, Cicerón, definió la amistad, seguro estaba pensando en él:
“¿Qué es más dulce que tener a alguien con quien te atrevas a hablar de todo como contigo mismo? ¿Qué provecho tan grande habría en las ocasiones prósperas si no tuvieras a alguien que se alegrara por ellas tanto como tú mismo? Y sería difícil soportar las adversidades sin uno que las sintiera incluso más que tú. (…)La amistad, a cualquier parte que nos volvamos, la encontramos dispuesta. Nunca está de sobra, nunca es inoportuna, jamás es molesta. (…) La amistad da mayor esplendor a  la prosperidad y hace más ligeras las desgracias compartiéndolas y haciéndolas comunes.

Porque todo eso y mucho más es el Foly.