José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz

Un cariñoso apodo de Moratalla, y el nEl Emigrante, con su amigo Reyesombre del bar que abrió en 1970 y aún sigue a disposición de su clientela, trae al recuerdo una actividad socioeconómica que tuvo importancia decisiva en la economía del Noroeste Murciano durante los años 60 y 70, e incluso después, del pasado S. XX: la emigración, temporal o permanente, a Francia sobre todo (y también a otros países de Europa), a donde en tiempo de la vendimia principalmente, acudían multitudes de hombres y mujeres en busca del dinero necesario para sobrevivir el resto del año.

 

En Moratalla, el emigrante sigue siendo Juan Rodríguez Navarro quien, por cierto, no fue quien más veces o más tiempo emigró a Francia, como ahora veremos, pero sí quien abrió un bar con ese nombre que, pasado el tiempo, regenta en la actualidad, con la misma denominación, su hija Loli.

Juan, el Emigrante, vino al mundo como primer fruto del matrimonio integrado por Antonio Rodríguez (Antonio el Patrocinio) y María Dolores Navarro, quienes también engendraron a tres hijos más: Pedro, María y Antonio.

Su formación fue autodidacta pues nunca asistió a la escuela, ya que desde que dio los primeros pasos estuvo trabajando en la huerta ayudando a su padre. Cumplió el entonces obligatorio Servicio Militar en Colmenar Viejo (Madrid) y en el cuartel de Barrax 55 (en la carretera de Extremadura) donde, entre otras cosas aprendió a leer y escribir.

Al regreso de la mili, en junio de 1964, se reincorporó al trabajó en el campo, concretamente en una maquina trilladora en Salmerón, que pudo abandonar en octubre siguiente tras la recolección de los cereales. En la primavera de 1965 marchó por primera vez a Francia, donde permaneció nueve meses en Tailleirand trabajando en la viña, regresando de nuevo al año siguiente al país galo, en esta ocasión a Florensard, durante la vendimia.

Su apodo, y su actividad actualiza en la memoria la actividad vendimiadora de los emigrantes españoles, y concretamente moratalleros, a Francia. El emigrante temporal salía desde Moratalla un día a comienzos de octubre, en autobús tempranero que conducía a sus ocupantes a la estación del Carmen de Murcia, desde donde, a media tarde siguiente, salía un tren abarrotado de gente vendimiadora, cargada de maletas, cajas y otros bultos. El tren (según mi amigo Pascual García, a quien debo y agradezco la información), llegaba a Figueras tras un largo recorrido parando en un sinfín de estaciones, pues los de emigrantes eran trenes sin preferencia alguna. En aquella ciudad se formalizaban los contratos sin entenderse apenas con los contratantes. Pasaban la frontera con el equipaje a cuestas y tomaban un tren francés que les conducía hacia alguna de las ciudades del sur del país más cercana al destino de cada cual, a donde llegaban de noche, después de otras varias horas de autobús, comenzando a trabajar, con suerte, a la mañana siguiente. Del alojamiento mejor no hablar, pues el hacinamiento y las estrecheces eran la tónica habitual.

Si se iba toda la familia, se ganaba lo suficiente para pasar el invierno, ayudándose con los frutos de la huerta, alguna que otra peonada, los albaricoques, la aceituna y poco más. Si era a jornal trabajaban ocho horas diarias durante siete días a la semana, incluso si llovía, ya que era urgente recolectar la uva en un plazo de tiempo muy concreto. A destajo se trabajaba por kilos recogidos, y en ese caso no había horario ni ritmo. Cuando concluía el trabajo en el sur, los emigrantes a la vendimia solían ir un par de semanas al oeste francés, a la zona de Anguleme, donde llovía más y hacía más frío. A aquello se le denominaba la montaña y se ganaba menos, pero era una ayuda para el regreso a casa.

Les pagaban en francos. Empleados de bancos españoles les visitaban para hacerse cargo del dinero, encargándose de toda la tramitación para que al regreso a Moratalla pudieran disponer en su cartilla o cuenta corriente de lo ganado con tanto esfuerzo. En nueve meses se ganaba entre 125.000 y 150.000 pts. si se trabajaba a destajo y no se gastaba nada, o casi nada, en lo que no fuera exclusivamente la manutención.

Con el dinero ganado en Francia, más las ayudas que tuvo de Pedro el de la Mahou, Juan el Godoy y Juan el Alpiste, Juan Rodríguez abrió un bar en la entonces calle Victoria número 4 (hoy Constitución), en un espacio de 35 metros cuadrados, con barra y espacio para cinco mesas, más la cocina y el aseo. El nombre del establecimiento se lo sugirió Sebastián, el Chumbo, que fue el corredor que intervino en el traspaso del local, por el que comenzó pagando un alquiler de 1000 pts. al mes.

Se entrampó con los bancos en 500.000 pts. y comenzó a trabajar haciendo jornadas maratonianas que daban comienzo a las cinco y media de la mañana y terminaban cuando, a la noche, se marchaba la gente. Servía cafés a 50 Ctmos y cañas de cerveza a peseta, no habiendo tenido nunca otra ayuda que la de su mujer, Antonia García Martínez, con quien contrajo matrimonio en 1969, trayendo al mundo entre ambos a sus tres hijos: María Dolores, Antonio e Isabel María.

Juan recuerda como fechas de mayor trabajo en el bar, las correspondientes a las fiestas del Sto. Cristo del Rayo y la Semana Santa, que es cuando se ganaba dinero para apartar, pues el resto del año se sobrevivía y se pagaban gastos.

Se jacta Juan El Emigrante, de haber servido el mejor café y la mejor cerveza de Moratalla, junto al licor café, coñac, anís y otros licores, sobre todo por las mañanas. Los clientes recuerdan, entre otras tapas, el bacalao, la magra en salsa, el lomo, los calamares y los boquerones en vinagre que se servían a las horas del almuerzo y el aperitivo sobre todo, contando entre aquellos a muchos viajantes que llegaban desde Caravaca y Jumilla y tomaban dos cafés: el primero de un trago y el segundo durante la charla posterior.

Sus principales proveedores fueron los representantes del Café Tercero, que lo servía uno de Calasparra y lo tostaban en Alicante, mientras que el alcohol le era suministrado por el Bulevas y vinateros de Cehegín, Jumilla y Caravaca.

Se atendía mucho al fiao, a personas que pagaban a fin de mes, e incluso al volver de la vendimia, cuyos nombres y deudas se reflejaban en amplia libreta de la que eran tachados cuando se saldaba la deuda.

Siempre se llevó bien con el resto de los diecisiete colegas que regentaban bares como El Emigrante en la C. Mayor, entre otros: El Moreno, Pedro el Fino, Antonio La Flora, Paco el Sereno, Los Alemanes, El Federico, Pepe Joaquín Esteban El Puro y El Balta.

Después de cuarenta años trabajando ininterrumpidamente tras la barra del bar, Juan El Emigrante, se jubiló en mayo de 2010 dejando el negocio en manos de su hija Loli, como ya he dicho, quien hoy lo regenta, muy transformado. Juan en la actualidad disfruta de su tiempo libre en su cortijo del camino de Sta, Quiteria, donde cultiva hortalizas, contempla su viejo picadero y evoca tiempos pasados en que traficó con caballos de raza (entre los que recuerda a sus yeguas Chilena y Cordobesa) y crió ovejas, hasta 240 en la Loma de D. Lope. Toma cerveza a diario con sus amigos Manolo el Pan, los Chisperos, Los Sequeros, el Reyes, el Mariano; el Pascualón y José Rogelio entre otros, y recuerda los cientos de anécdotas vividas en el interior del bar, cuyo relato contará algún día a sus tres nietos, y cualquier escritor avezado tomaría como argumento para escribir un libro.