Pedro Antonio Martínez Robles

El primer teléfono que recuerdo en la casa de mis padres, que era también la de mis abuelos (la vieja fonda, el ambicioso Hotel España que arruinó primero la guerra, y luego la posguerra) era un teléfono de pared, negro como el alquitrán, que no tenía marcador rotatorio ni teclado numérico; bastaba con levantar el auricular y del otro lado, mágico y remoto, llegaba la voz de la operadora, a veces nítida y a veces como un chisporroteo entrecortado, a la que ni siquiera tenías que darle el número de teléfono con el que deseabas establecer la comunicación; era suficiente con decir “Quiero hablar con fulano o con mengano”, y Maruja, o Dolores, o Josefa, o Manola, que son algunas de las operadoras que recuerdo que en aquel tiempo se ocupaban de la centralita de la calle Lavador, atendían tu solicitud introduciendo las clavijas de los extremos del cable que nos permitía la comunicación en las hembrillas del panel donde figuraba nuestro número de teléfono y el que correspondía a la persona con la que habíamos solicitado la conexión. Era así de simple, así de elemental, y así de sosegado. Cierto que, en aquel tiempo, no tan lejano en realidad, el panel que se levantaba ante las operadoras de la telefonía local no tendría, probablemente, más de 200 números. En 1975, aquellas operaciones “artesanales” en la comunicación telefónica desaparecieron del pueblo con la llegada del nuevo sistema automático, más cómodo, más rápido y con mayores garantías de privacidad en las conversaciones. Aquello nos pareció, sin duda, fabuloso: bastaba con meter el dedo en el marcador rotatorio del aparato o pulsar los números en el teclado y escuchábamos el tono en el auricular estableciendo la llamada con nuestro interlocutor. Eso formaba parte, si no de los principios –que quedaban ya muy lejos– de la “revolución tecnológica” de la que hoy disfrutamos, sí del inicio de su aceleración vertiginosa, y así hemos pasado, como en un soplo, de aquellas comunicaciones rudimentarias en las que escuchábamos la voz de la operadora (no grabada, sino personal) al otro lado del cable para facilitarnos la conexión, a la práctica supresión del teléfono fijo; y hemos pasado de los arcaicos televisores en blanco y negro con buscador manual de emisoras que tanto nos fascinaban, a las pantallas de aspecto cinematográfico que nos ofrecen imágenes casi en tres dimensiones; y hemos pasado de las neveras que funcionaban con un duro de hielo a los frigoríficos más sofisticados e “inteligentes”; y hemos pasado de aquellos giradiscos con altavoces incorporados en los que colocábamos cuidadosamente los discos de vinilo o de pizarra a estos equipos electrónicos de ahora en los que, prácticamente, solo tienes que darle una instrucción de voz para que te ofrezcan la canción que deseas escuchar; y hemos pasado de aquel trato personal en las entidades financieras, en las que el empleado te “apuntaba” en tu libreta “de su puño y letra” el dinero que ingresabas o retirabas, al trato más impersonal, frío y deshumanizado del cajero automático. Y todo eso está bien, claro que está bien, faltaría más. Todo por nuestra comodidad, todo por rapidez, todo por eficacia, todo por ese imparable y vertiginoso progreso que, también es necesario decirlo, nos va inoculando una sensación de ansiedad, de agobio, de impotencia, de desesperación cuando algo deja de funcionar aunque solo sea por unos minutos.

Todo bien, todo bien, menos esas menoscabadas relaciones personales que, desgraciadamente, no acompañan a esta rápida evolución de tanta tecnología, sino que la van suplantando en este proceso, tan rápido también, de deshumanización.

 

 

 

30 de mayo de 2020