Pedro Antonio Martínez Robles.

Dice Rafael, el Yernico, que vio el primer televisor en la casa de Paco de Joaquín en un atardecer en que acudió al despacho de aquel notorio hacendado local para liquidar la cosecha de arroz. Por lo que cuenta, esto debió ocurrir al final de la década de los cincuenta o principios de los 60, cuando nadie en nuestro limitado mundo poseía un aparato de aquellas características y la mayoría ni siquiera había oído hablar de él. Y dice que mientras aguardaba a que Paco de Joaquín lo recibiera, lo invitaron a pasar al salón, que fue donde conoció aquel artefacto luminoso y chispeante en el que un hombre explicaba la predicción del tiempo en una pizarra. El hallazgo le produjo tal impresión que perdió la noción del tiempo y cuando el industrial vino a sacarlo de su ensimismamiento casi había olvidado el motivo de su visita. Dice que mientras que mientras Paco de Joaquín lo conducía hacia el despacho, no podía apartar la vista de aquella pantalla que entonces le pareció inmensa en el inmenso salón de la casa. Aquello parecía cosa de magia. Que en aquella caja grande y llena de luz pudiera verse a gentes que se encontraban a cientos, quizá a miles de kilómetros de nuestro pueblo, parecía algo inverosímil.

Como ha ocurrido siempre con los frutos nuevos que nos da el ingenio del hombre, nos dejamos imbuir rápidamente por su encantamiento, asumimos el avance de la ciencia y la tecnología sin comprenderlo bien, y aceptamos estos regalos que contribuyen a nuestro bienestar como un derecho que creemos natural. Por usar una trillada frase que no siempre es acertada, diré que de entonces ahora ha llovido mucho y se nos hace impensable hoy un mundo sin televisión, inimaginable sobre todo para aquellos que jamás han conocido su ausencia. Es tal nuestra dependencia de este medio de comunicación      –bueno, sin duda, si lo usamos adecuadamente y con libertad– que difícilmente seríamos capaces de soportar el silencio de nuestra casa en soledad sin llegar a deprimirnos, sentados frente un televisor apagado. Estas cosas, mal usadas, nos alejan cada vez más de nosotros mismos. Tal vez estemos legando a nuestros hijos un mundo en el que los beneficios del “progreso”, envueltos en la falacia de un hermoso papel de regalo, más que felicidad, les aporten esclavitud, por eso sueño con el día en que seamos capaces de elegir libremente si debemos o no apretar el interruptor del televisor (y de otras cosas), pues su embrujo nos cautiva en tal manera que suele anular nuestra voluntad.

 

15 de mayo de 2008