José Antonio Melgares GuerreroCronista Oficial de la región de Murcia, de Caravaca y de la Vera Cruz.

Entre las fiestas del año litúrgico y natural que más interés despertaron otrora entre nuestros antepasados, y que como ya se recordó figuraban en la tríada de jueves que, según el dicho popular brillaban más que el sol, figura en el almanaque la del Corpus Cristi que, en Caravaca y otros muchos lugares se denominó tradicional y popularmente el día del Señor, situada cronológicamente después del tiempo pascual desde su institución en 1264 por el papa Urbano IV.La procesión por la Calle Mayor, años sesenta

En Caravaca, de su preparación se encargaba una poderosa cofradía: la del Santísimo Sacramento, de la que conocemos su actividad por los libros de cuentas de la misma en el archivo parroquial del Salvador, templo en que tenía su sede canónica. Por dicha documentación, a la que me he referido en otras ocasiones, sabemos que en las vísperas y durante su octava (ocho días después), tenían lugar autos sacramentales, y que en las dos procesiones figuraban grupos de danzas sacras, gigantes de cartón y hasta el Tío de la Pita.

Hasta la desaparición de la Santa y Venerable Escuela de Cristo, que tenía su sede en la vieja iglesia de La Soledad, con motivo de la desamortización de Mendizábal en los años siguientes a la misma, la Sagrada Forma que se disponía en la custodia procesional, era consagrada en la misa mayor de aquel día, celebrada por la Escuela, la cual era trasladada procesionalmente al Salvador al concluir la ceremonia.

Aquellas cofradías desaparecieron, como tantas otras en España, tras la Desamortización de 1835, promovida por el ministro de hacienda de la reina Isabel II, el ya citado Juan de Mendizábal. De la del Santísimo sólo queda en la actualidad su viejo pendón o estandarte que, en las procesiones de la Stma. Cruz y el Corpus, lleva y acompaña el cuerpo jurídico local, así como una discreta colección de documentos en los archivos locales, que cuentan su devenir histórico.

La citada cofradía, junto a la de la Stma. Cruz, fue de las de más prestigio y consideración en la ciudad. A medias con la de la Patrona adquirió, a finales del S. XVIII, la carroza de madera y el templete de estilo barroco rococó en que aún hoy se sigue albergando la custodia en la procesión eucarística. También a medias con aquella, adquirió las seis varas de plata del palio (tres cada una), para su uso en las fiestas del Corpus y de la Cruz.

Desde su desaparición a comienzos del segundo tercio del S. XIX, de aquellas fiestas suntuosas referidas en los documentos aludidos, sólo quedaron las procesiones del día del Corpus y su Octava (al jueves siguiente), de cuya organización se encargó desde entonces la Iglesia Mayor hasta la desaparición de la Octava, en los últimos años cincuenta del pasado siglo XX. En la actualidad, como todos saben, sólo permanece inalterable la primera procesión, durante la tarde del domingo siguiente al jueves de la fiesta. Sin embargo, el Cronista, por sus años y por la ubicación geográfica de su domicilio familiar, aún recuerda cuando uno y otro jueves, el de la celebración y el de la octava, eran días de fiesta.

La procesión tenía lugar siempre por la tarde (como hoy) con luz solar, según preveía el Derecho Canónico de entonces. Obligatoriamente asistían todos los clérigos de la ciudad, y se prohibía por el mismo Derecho Canónico la celebración de otros actos religiosos en cualquiera de los templos mientras aquella se encontraba en la calle.

Al desfile eucarístico vespertino asistían (en uno y otro jueves), todas las cofradías, hermandades y asociaciones de carácter religioso, con sus respectivas insignias y estandartes corporativos, cerrando éste la carroza del Santísimo Sacramento.

En el recorrido se levantaban altares callejeros efímeros, donde se detenía la carroza eucarística, rivalizando en el ornato de los mismos familias, calles e incluso barrios, y asistían en masa los niños y niñas que habían recibido su primera comunión con anterioridad a esa fecha.

Cuando desapareció del calendario litúrgico la fiesta de la Octava en los últimos años cincuenta, comenzaron a celebrarse procesiones en otros templos locales días después. En El Carmen, la comunidad de PP. Carmelitas y todas las hermandades piadosas allí ubicadas, celebraban su procesión el domingo siguiente al jueves del Corpus, con el Santísimo Sacramento bajo palio, siguiendo el itinerario de la procesión de la Virgen del Carmen y haciendo estación al pie de la Cruz de los Caídos para descanso del sacerdote que portaba manualmente la custodia.

El ciclo de procesiones eucarísticas lo cerraba la feligresía de la Purísima Concepción el día de San Pedro (29 de junio, entonces fiesta también), con recorrido que, saliendo del templo circunvalaba la Glorieta. La poderosa voz del recordado párroco D. Antonio Ortiz Martínez (el cura pavero), retumbaba con sus cánticos en el espacio urbano de la Corredera Cravaqueña.

Lo que queda del Corpus caravaqueño por todos es sabido: la procesión vespertina donde se exhibe el cuerpo de Cristo en la custodia, templete y carroza barrocas donde al menos desde el S. XVIII se hizo, pero sin apenas representación corporativa, sin altares callejeros (cuyo efímero atisbo de recuperación apenas tuvo éxito hace unos años), con pocos niños de comunión y apenas presencia oficial, con excepción hecha del grupo municipal en el gobierno, y la banda de música. En el clero local cada cual va de por libre y, aún respetando el horario del sol, los distintos templos simultanean actos particulares que compiten con el cortejo.

Quizás habría que mirar un poco hacia atrás e intentar recuperar al menos parte del esplendor perdido en la única procesión que, para los creyentes, sale el mismo Dios al encuentro con su gente por las calles de la ciudad. No se trata de la imagen de un santo o de la Virgen. Para los creyentes es el mismo cuerpo sacramentado de Cristo, cuya carroza, a veces tiene incluso que sortear vehículos aparcados en la carrera. La asistencia de público es más bien escasa y todo transcurre con mucha prisa, casi corriendo, para cumplir de pasada con un ritual, antes esperado con expectación y ansia, y ahora aparentemente de compromiso con el pasado.