Juan Martínez Piñero. Fisioterapeuta Centro de Día Mayrena. Asociación APCOM.

El acceso al deporte para los jóvenes con discapacidad intelectual es una tarea complicada que les lleva a preguntarse muchas veces cosas cómo ¿por qué no puedo jugar con mis amigos?¿por qué no puedo ir a esa piscina? La verdad, no es fácil responder a esa pregunta sin menoscabar la autoestima, a veces herida, de una persona malacostumbrada a sufrir reveses en su día a día.

Para hablar de los procesos de integración referentes al deporte practicado por las personas con discapacidad en la sociedad, o también, en las federaciones deportivas, no debemos obviar que el objetivo final debe ser la consecución de un grado individual de máxima inclusión disfrutando de la oferta deportiva de su comunidad.

Esto presupone, la capacidad del deporte, en toda su magnitud, como puente hacia la integración para conseguir la máxima normalización de las personas con discapacidad en la sociedad que nos rodea.

Trataremos de responder a la siguiente pregunta: ¿Por qué una persona con discapacidad, sea del tipo que sea, debe practicar deporte en su comunidad?

La integración social se sustenta en la filosofía de combatir la desigualdad por razones de sexo, discapacidad, etnia, etc. Esto se respalda en lo que plantearon las Naciones Unidas ya en 1972, y cito textualmente: “Las sociedades tienen la obligación de hacer que su medio ambiente físico en general, sus servicios sociales y de salud, sus oportunidades educativas y laborales, así como su vida cultural y social, incluidos los deportes, sean totalmente accesibles a los impedidos…” y en el mismo párrafo “No se deben tratar por separado las actividades para mejorar las condiciones de los impedidos, sino que deben formar parte integrante de la política y la planificación generales en cada sector de la sociedad». Salvando la nomenclatura ya desfasada, por suerte, el texto anterior hace una clara declaración de intenciones respecto a conseguir que las actividades y recursos de una sociedad lleguen a todos sus integrantes, sin excepciones.

La sociedad debe buscar las herramientas que permitan a las personas con discapacidad el desarrollo de sus potencialidades. Debemos luchar por ser simplemente diferentes, como son el gordo y el flaco, el alto y el bajo, el simpático y el enojoso, sin que estas condiciones impidan que puedan compartir actividades los unos con los otros.

Por todos estos motivos, una persona con discapacidad debería  poder acudir a las instalaciones deportivas de su barrio, igual que lo hace cualquier otro ciudadano, para disfrutar de sus aficiones con sus compañeros y amigos. Sin embargo, nuestra realidad es bien diferente, y se aleja de lo deseable por diversos motivos.

Es muy frecuente escuchar  frases como: “estas instalaciones son totalmente accesibles”, “este gimnasio está totalmente adaptado”, “a nuestra piscina puede venir cualquier persona con discapacidad a nadar”, etc. A algunas personas les basta con  cumplir con esta responsabilidad social para dormir tranquilos y no entienden que un entorno adaptado para todos es un derecho que debe garantizar nuestra sociedad y es lo mínimo que debemos exigir. No se trata de un logro del que enorgullecerse.

Las dificultades vienen después. Aparecen cuando unos padres apuntan a su hijo a una piscina y no encuentran personal preparado para entender las necesidades específicas de su nuevo alumno, para tratarlo y enseñarle según sus características. Pero no hay que irse tan lejos, ni siquiera muchos niños practican educación física en su colegio, porque los profesores no se ven capacitados para ello o no pueden integrar a un niño con discapacidad con otros 25 niños más en una clase de gimnasia por falta de recursos. Hay que evitar que sea la misma comunidad la que cree la discapacidad. La actitud de la sociedad es la que limita en la mayoría de las ocasiones.

Cuando hablamos de discapacidad intelectual, abarcamos un gran abanico de condiciones y estados diferentes, que pueden ir desde importantes problemas de aprendizaje hasta pequeños déficit que prácticamente pasan desapercibidos. Dentro de este espectro, encontramos por tanto una amplia gama de posibilidades a la hora de realizar deporte con mayor o menor facilidad en su entorno social más cercano.

En el contexto actual en el que nos encontramos, dónde nos bombardean insistentemente con la idea de que debemos estar preparados para perder todos aquellos progresos y avances que se habían conseguido a lo largo de la historia más actual, las políticas sociales deben obedecer a los principios de inclusión, promoción de los derechos humanos y una racionalidad organizativa capaz de generar estrategias comunitarias de acción para crear instituciones diseñadas para todos. Acciones que acerquen a las personas con diversas capacidades a tener las mismas posibilidades de realización en la vida que el resto de los ciudadanos.

Desde APCOM, siempre hemos intentado acercar el deporte a nuestros usuarios como una parte importante del desarrollo personal y una base esencial para un estado de salud óptimo. No nos podemos conformar con la realización de actividades en nuestro centro y con la eventual participación en campeonatos junto a otros organismos o asociaciones,  tenemos que ser capaces de extrapolar la práctica habitual de una actividad deportiva a las instalaciones comunitarias para garantizar una mejora de la calidad de vida de nuestros usuarios y una inclusión social real que no quede sólo en palabras.

Para conseguirlo, necesitamos la implicación de todos los sistemas que rodean al sujeto, familia, amigos, servicios comunitarios y profesionales, que trabajando junto a la persona podrán crear más oportunidades para su avance.