JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Durante dieciséis años, entre 1945 y 1961, actuó como corredor de comercio en una zona geográfica que tenía Caravaca como centro, y que comprendía toda la Comarca Noroeste y también Mula, el santanderino José María Trueba de la Cantoya, quien llegó a la ciudad por casualidad, tras aprobar las oposiciones y elegir al azar destino, en aquel año mencionado de 1945.

La oficina del Corredor de Comercio estaba en El Pilar, junto al hoy “Bar 33”, y era oficial mayor de la misma José Richarte. El joven y recién llegado profesional se alojó como tantos otros profesionales solteros contemporáneos, en el Hotel Victoria, al cuidado de su gerente, José Mari, quien ejerció como protector de todos ellos por su experiencia y conocimiento de las características del pueblo y sus gentes.

Dos años después, en 1947, contrajo matrimonio con María Joaquina García de Miguel, natural de Logroño, a quien había conocido tiempo atrás en Valencia, mientras convalecía en un hospital de aquella ciudad de una dolencia contraída durante la aún reciente guerra civil, en que le tocó luchar en el frente del puerto del Escudo. El nuevo matrimonio fijó su residencia en la C. Nueva, muy cerca de su propia oficina y de las dos únicas entidades bancarias entonces establecidas en Caravaca: el Banco Central y el Español de Crédito, ubicados ambos en la C. Mayor.

De aquel matrimonio nacieron sus dos hijos: José María y Pedo, falleciendo la esposa a consecuencia del último de los partos, lo que motivó el traslado de aquellos a Madrid, al cuidado de la familia materna, regresando el Registrador de nuevo al Hotel Victoria, donde volvió a reunirse con los compañeros de antaño.

De nuevo rehecha la familia con el regreso de los hijos, alquiló piso en el número 19 de la Gran Vía, sobre la cafetería “Dulcinea”, donde también vivían, entre otros el médico D. Esmeraldo y el director de Banesto, a la sazón D. Ángel Orgilés, tomando como ama de llaves de su casa a Amancia Ulloa, natural de Nerpio, quien se encargó en delante de los cuidados de la familia. Allí, en el flamante piso de la Gran Vía, fueron testigos de los primeros años de la reconversión de las Fiestas de la Cruz, ya que el balcón de su casa era una muy buena tribuna para convivir con los festejos de mayo.

Con fama de “acaudalado” desde el punto de vista económico, adquirió en 1956 un coche Citroën “Dos Caballos” color gris cuya matrícula recuerdan los hijos: M 149711, al que con el tiempo siguió un Daufine “Gordini” M 244841, con los que sucesivamente se desplazaba a los pueblos de su demarcación laboral, abandonando en adelante los servicios de los taxistas locales de la época: Barrancos, el Polvorista y el Cerdo, quienes indistintamente, en verano, se ocupaban de trasladar a la familia a Santander, donde pasaban el período vacacional. El coche, a pesar de que en la época referida había aparcamiento más que de sobra en cualquier lugar de la ciudad, lo guardaba en el garaje público de “Las de López”, frente al “Garaje Reinón”, donde se acogían muchos de los pocos vehículos particulares que había en la ciudad.

La jornada de trabajo del Corredor de Comercio que, como se sabe es quien da fe de las transacciones bancarias y que hace pocos años se fusionó con la profesión de notario, transcurría entre las tareas propias de la oficina y la ejercida en los bancos en horario de mañana, prolongándose durante la tarde únicamente en la oficina y trasladándose en días concretos a los pueblos de su demarcación laboral.

A la hora del aperitivo solía coincidir en “Dulcinea”, en el “Círculo Mercantil” o en la “Taberna de Tirantes” con amigos como Julián Guerrero Martínez, Joaquín López Battú. Pedro Antonio Orrico Litrán, el notario Juan Arroyo Pucheu y luego con su sustituto Francisco Alonso, el veterinario José Muelas, el fiscal Vicente Recuero Cepeda y el médico Antonio Calvo Mur entre otros (algunos de ellos compañeros de alojamiento en el Hotel Victoria), con los que frecuentaba plazas de toros en la capital y pueblos de Murcia y Andalucía y el campo de Fútbol de La Condomina.

Sin desmerecer lo dicho hasta ahora, lo que José María Trueba cultivó con destreza fue la amistad con los amigos, reuniéndose frecuentemente con ellos en la “peceras” de las que en aquellos años disponía “Dulcinea” o en las terrazas de verano de aquella cafetería y del “Círculo Mercantil” en la Pl. del Arco, donde era habitual su presencia en los atardeceres de cada día, en amena conversación a la que la Caravaca de entonces invitaba, antes de que la televisión trajera de su mano los efectos del individualismo y la reclusión doméstica.

Cuando la edad de sus hijos exigió buscar sitio donde poder continuar los estudios universitarios pidió traslado a Logroño, donde nuevamente contrajo matrimonio y, donde tras un año de estancia, se trasladó a la ciudad gallega de Vigo, donde permaneció hasta 1981, fecha de su fallecimiento tras una dolencia en el aparato urinario.

De su corta presencia en la capital riojana recuerdan los hijos la nostalgia de su larga estancia en Caravaca, y el desplazamiento masivo de sus múltiples amigos caravaqueños a su segunda boda, ya mencionada.

A pesar de los años transcurridos desde su partida de Caravaca (más de medio siglo), son muchos quienes aún lo recuerdan como persona afable, educada, con muy buen porte físico, y siempre rodeado de amigos con quienes compartía su tiempo libre, tanto en su época de soltero como en la posterior de viudo.

Y a pesar también de su condición de cántabro, a la que nunca renunció, ejerciendo siempre de santanderino allí donde la vida le deparó destino laboral, nunca olvidó su estancia en Caravaca, ciudad que siempre reconoció haberle robado el corazón.