PASCUAL GARCÍA

Era lunes en Moratalla y no había casi nada abierto, ni siquiera La Esencia, en la que tanto me gusta recalar para disfrutar de un tapeo variado y profundo que ha conseguido transcender con mucho la oferta del resto de los bares y actualizar los viejos y suculentos bocados para acompañar una cerveza o un vino. Precisamente ahí habíamos estado dos semanas antes mi hermana yo, enredados en este último mes con los problemas de salud de mi padre, que hace ya un par de años    que cumplió los noventa. Lo acompañamos al médico a Caravaca y, ya de vuelta, salimos a pasear, comer y hablar como nos ha gustado hacer siempre que hemos tenido la ocasión. Entonces terminamos en el bar al que me he referido y comimos muy bien a buen precio, a base de tapas, claro, pero así es en el fondo la nueva cocina, minimalista, exquisita y esencial, pero en esta ocasión nos sorprendimos dando vueltas de un lado a otro de Moratalla sin hallar un sitio donde pudiéramos comer con sosiego mientras departíamos; así que nos tomamos alguna caña por ahí y emprendimos la vuelta a la Calle Mayor, y fue en ese trance en el que recordé que  El Casino había empezado a funcionar modernizado y que la cantina la llevaba mi amigo Francis. De modo que se lo dije a mi hermana y acabamos, en efecto subiendo las empinadas escaleras de una de esas casas tradicionales del centro histórico de Moratalla.

Todo sucedió con la improvisación y la gracia propia de ese día especial que compartíamos mi hermana y yo y en el que habíamos logrado resolver algún escollo de la enfermedad de mi padre, sosegar la casa donde nacimos y donde falta el alma de la familia desde hace más de una década, mi madre. Ocurre de vez en cuando en la vida, se alinean los astros y nos sale un día redondo.

Cuando subimos las escaleras nos encontramos un salón con una barra de bar, poblado de una media docena de mesas y sus correspondientes sillas, un televisor y una estufa de pellez que calentó la sala muy pronto y nos mostró la imagen entrañable del fuego; me fijé en especial en la conocida  balconada del Casino, vista desde el lado de dentro hasta donde llegaba un sol tibio de primavera invernal, que es  la temperatura acostumbrada en esos días en Moratalla.

Pedimos vino, nos pusieron un delicioso pulpo, un plato con lomo de orza y alioli, carne mechada con pan de pueblo y de postre tomamos tarta de queso y tiramisú, Acabamos con sendos cafés y la conversación animada de dos hermanos que han siempre, pese a la pequeña diferencia de edad, dos grandes amigos y dos inquebrantables aliados.

Mi amigo Francis nos fue informando de la marcha del establecimiento, de los socios, de las cuotas, privilegios y demás servicios que ofertaba la añosa institución, entre los que se encontraba la temporada taurina por televisión en un canal especializado. Le dije que si viviera en Moratalla no dudaría ni un instante en hacerme socio. Allí se estaba bien, se respiraba la paz de un pueblo centenario que había sufrido mucho y había sabido salir adelante a pesar de todo.

El Casino podría representar la nueva imagen de la reconciliación y llenar de sentido el adjetivo que siempre lo había acompañado: cultural. Uno podía tomar un café largo y meditado junto a la estufa en tanto observaba las evoluciones de una corrida de toros, leía el periódico o un libro o disertaba con un grupo de amigos, pero también podía ser el foro de recitales, presentaciones de libros, actuaciones de música y otros eventos.

De momento había servido para que mi hermana y yo pasáramos un día maravilloso que no olvidaríamos nunca.