Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

A Paca y a Juan, por su generosidad

Reconozco que nunca me ha gustado la palabra senderismo, tan de uso en estos últimos años por una barahúnda, a veces incontrolada, casi una secta, en otras, de exaltados de la montaña, venida del corazón de la ciudad e inmersa repentinamente en una suerte de misticismo naturalista de índole pseudoecológica, que siempre me pareció tan impostada como espuria.

Con mi familia y con mis amigos del barrio lo que hemos hecho de toda la vida  ha sido andar: en las faenas de la  huerta, en las labores del pastoreo con las ovejas y en los días festivos, incluso, a los baños de la Puerta o de Somogil. Nunca tuvimos coche ni otro medio de transporte que nuestras propias piernas y con ellas fuimos a todas partes, salvo cuando era preciso tomar un autobús para visitar al médico a Caravaca o a Murcia.

Mi padre se recorrió durante veinte años todo el campo de Moratalla hasta los confines de San Juan, comprando y vendiendo ganado a lo largo de semanas enteras, comiendo y durmiendo donde podía  y le permitían sus ocupaciones y su afán por ganar el dinero que mantenía a la familia.

En Benizar, sin embargo, hace unas semanas, tuve ocasión de reconciliarme con esta actividad, tan antigua como el propio hombre. No importa que la llamaran 5ª Marcha Senderista y nos regalaran unas camisetas con un letrero alusivo. Tampoco me afectó que hubiera servicios sanitarios y un coche escoba, o que al evento acudieran casi cuatrocientas personas, armadas la mayoría con bastones o palos de esquí, que no siempre sabían utilizar con eficacia y prudencia, como si para andar un buen trecho hiciera falta otra cosa que una buena disposición mental y física y un equipaje lo más ligero posible. El resto lo pone la extraordinaria belleza del paisaje de Moratalla y el corazón del caminante.

Lo decisivo de aquel encuentro, en el que participamos mi mujer y yo, es que cubrimos una distancia de casi veinte kilómetros por sendas escarpadas de montaña, por repechos extenuantes, entre cenajos tan bellos como inverosímiles, cortados de vértigo desde los que podían columbrarse las ramblas de agua y la vegetación espesa, propia de una primavera lluviosa. Pasamos por cortijos míticos como Charán u Hondares, en cuyo barranco comenzó a llover de un modo inmisericorde y ya no nos abandonaron las sucesivas tormentas, los relámpagos, los truenos y el barro continuo, en el que mi esposa resbaló irremediablemente en algún momento.

De un viaje debe quedarnos el espíritu, lo que aprendimos mientras contemplábamos el cielo y la tierra, el olor de la vegetación y el sonido del silencio. Lo demás podemos imaginarlo nosotros, porque pasamos por cortijos deshabitados en los que alguna vez hubo vida, hombres y mujeres que se amaron, trabajaron duro y acabaron sus días entre los suyos, sentados a la puerta frente al último sol de la tarde de un otoño fresco o ventoso. En los inviernos inclementes los cubrió la nieve durante semanas y no tuvieron más remedio que abrir una trocha para ponerse en contacto con sus vecinos más próximos, a veces a una distancia de kilómetros.

Pero la ruina de esas casas sobre una loma nos trae los ecos de fiestas, de hombres tocando guitarras y laúdes y mujeres bailando y cantando con ellos en mitad de cualquier celebración: una boda, un santo señalado, la matanza de un cerdo previa a diciembre, y mientras nos acercamos, somos capaces, por un minuto, de vislumbrar los espectros de otra época alrededor del cortijo, muy cerca del cual hay una era para la trilla, un horno moruno para cocer el pan y un aljibe donde resuena la melodía del agua, tan antigua como deliciosa.

Un paso después de otro no tiene por qué llevarnos necesariamente a ningún sitio, si no hemos entendido antes que el viaje o la excursión es el propio camino, la senda angosta, pedregosa y embarrada que franqueamos con cuidado para no tropezar, para no resbalarnos, colocando nuestros pies, calzados con los zapatos más cómodos y usados de la casa, en los lugares más seguros: en la tierra seca, en las piedras sujetas al terreno, en la hierba que flanquea el sendero.

Lo demás es camaradería y solidaridad, respeto por la naturaleza y voluntad de ayuda al que la necesita en un momento dado. Aunque pese la mochila, uno no se desprende de un envase de plástico, una bolsa cualquiera o un papel de celofán, porque son elementos extraños al campo y dañinos para todas las criaturas que viven en él.

Volvimos, al cabo, a Benizar empapados y exhaustos. Nos aguardaban con una paella enorme, vino de la tierra y otras viandas que devoramos con un placer primitivo, propio del ejercicio abundante y de la fatiga. La sierra seguía frente a nosotros incólume, casi inexpugnable, de un esplendor misterioso. Era un domingo luminoso de abril y estábamos felices de haber concluido nuestra ruta, a pesar de todas las dificultades.

Entonces comprendimos que una excursión, una marcha o un viaje sólo son la metáfora de la propia vida y que no éramos senderistas en busca de emociones nuevas, sino habitantes del mundo que experimentaban la intensa aventura de existir entre los otros.