PASCUAL GARCÍA

«La luz», «La casa» y «El olvido» son las tres partes en que se divide este hermoso, ya puedo decirlo, libro de versos de Pedro Antonio Martínez Robles, que ha obtenido el II Premio Internacional de Poesía José Zorrilla. Pura clasicidad y palabra bien temperada afloran de continuo en cada una de estas piezas, donde no falta el verso blanco bien medido, de once, de siete o de catorce y el perfume de los mejores poetas de nuestro pasado siglo, sobre todo aquellos que se instalaron en la década de los cincuenta y de los sesenta y cuya labor literaria ha continPedro Antonio Martínez Roblesado hasta casi nuestros días. Nombres como los de Claudio Rodríguez, Francisco Brines o los más modernos y cercanos de Eloy Sánchez Rosillo iluminan con su mejor fulgor las palabras misteriosas y eternas de nuestro poeta: «No somos otra cosa que trasiego,/ mudanza permanente,/ imperdurables huellas,/ mas hay en ello una razón de ser/ que no ha de arder, aunque arda la materia.»
El constante tono elegíaco, la oda permanente a la vida, el miedo a la pérdida de lo que no cesa de esfumarse ilustran la naturaleza humana, sentenciosa, reflexiva y elegante de estos poemas que exhalan una rara mística natural y pagana, sabia y profunda: «Nada/ podrá afligirme tanto,/ en esta entrega a plazos de la vida,/ como la firme certeza de que todo/ lo que ha sido conmigo, alguna vez/ habrá de arder en mí sin brasa alguna.»
Se lamenta el poeta del paso de las horas como lo hicieran los clásicos y se detiene de vez en cuando a valorar el detalle, fugaz en ocasiones, que es, casi siempre la cifra más exacta de la existencia: «Vivir sin detenerse: es la costumbre./ Si hubiera sido, al menos,/ este ser bajo la luz una manera/ de arder despacio mientras miro el musgo/ crecer entre las grietas del silencio»
No cabe duda de que nos hallamos ante un escritor hondo, de estilo demorado, que logra mantener a lo largo de todo el libro una atmósfera semejante, un carácter propio y muy personal, decantado y uniforme, aunque el lector debe rendirse ante piezas magistrales como el primer poema de «La casa», titulado «Premonición o «Ausencias», casi al final de la obra. Estos son para mí los predilectos de un libro sin altibajos, cuajado de aciertos expresivos, intenso y universal, como sucede siempre con la buena literatura, aquélla que huye lúcida de lo pequeño y localista y aspira a la verdad sin tiempo y sin espacio, al sentimiento que a todos nos alude: «Este dolor tan necesario a veces,/ sin embargo, para seguir viviendo.»
Pedro Antonio Martínez Robles es uno de los poetas más destacados de nuestra región, y esto, dado el altísimo nivel lírico de nuestra tierra, es tanto como afirmar que es uno de los buenos poetas, en general, en nuestro idioma. No me queda más que aconsejar vivamente su lectura y, en adelante, la atención y la curiosidad a cuanto siga escribiendo. Merece la pena.