José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la región de Murcia, de Caravaca y de la Vera Cruz.

Corpulenta en el talle, de aspecto bonachón y trabajadora incansable, Doña Guillerma Martínez Conesa fue una de las personas más conocidas, y también más queridas, entre la sociedad local durante muchos años a lo largo de buena parte del S. XX.

Llegó a Caravaca desde Águilas, donde había nacido en junio de 1903 en el seno de una familia acomodada gracias al trabajo del padre, empleado en la factoría minero metalúrgica de El Hornillo.

Sus padres, Ramón y Catalina, llegaron a tener dieciocho hijos, ocupando ella el número catorce entre la abundante prole. De su infancia y primera juventud carecemos de información, sin embargo sabemos que contrajo matrimonio, en la ciudad costera, con Luís Leante, quien regentaba, junto a su hermano Honorio, un negocio de tejidos en la Plaza de la Iglesia. Al separar las partes de aquella actividad comercial, Luís puso su mirada en Caravaca, donde abrió comercio similar en la C. Mayor, esquina a la C. Nueva. Hasta aquí se trasladó la joven pareja, estableciendo el domicilio familiar en la misma C. Mayor, acompañados de su fiel Angelina que en lo sucesivo tanta ayuda prestó a Dª. Guillerma por encargo de su madre. En dicho lugar vinieron al mundo sus dos hijos: Mari Cruz y Valentín.

Luís Falleció muy joven, quedando Dª. Guillerma viuda y desprotegida por lo que, obligada por las circunstancias, plantó cara a la vida y, con la ayuda de su hermano Enrique, médico de profesión, dejó a sus hijos al cuidado de Angelina y marchó, durante dos años a Granada, a prepararse como matrona, hospedándose en una pensión de la que sólo salía para ir a clase y a misa, y donde todos los días se comía cocido.

Angelina, también obligada por las circunstancias, acabó llevándose a los niños a Valencia, donde los tres permanecieron en casa de la tía Tomasita hasta que Dª. Guillerma obtuvo su titulación académica en la Universidad de Granada.

Con el título bajo el brazo y dispuesta a comerse el mundo, la joven matrona reabrió domicilio familiar y consulta en la C. Nueva, junto a la carpintería y empresa de pompas fúnebres de Juan Firlaque, esquina al callejón de Frías, donde de nuevo le golpeó negativamente la fortuna al fallecer su hija, con catorce años, por culpa de una pulmonía.

Al ser la única comadrona titular durante muchos años, le llovió el trabajo, dedicándose a él y al cuidado de su hijo Valentín, sin horario ni festivos, pues los partos se presentan siempre de acuerdo con las leyes naturales y no del calendario ni el horario laboral. Atendía en la ciudad y en los campos (desde donde venían por ella en taxis que en la época funcionaban: Barrancos, el Cerdo, el Povea y el Polvorista). En invierno y en verano, en días serenos, de lluvia y de nieve. En casas de economía acomodada y en otras donde reinaba la más absoluta pobreza y hasta la miseria. En mansiones señoriales del centro urbano y en las cuevas de los barrios Nuevo y de Aranjuez. Por la mañana, a medio día, por la tarde y por la noche, enfundándose en su chal de lana negra cuando el frío o la lluvia apretaban. A veces, de la mesa preparada para ella misma y su hijo, había de retirar una taza de caldo para la parturienta necesitada que carecía de lo estrictamente necesario que llevarse a la boca. En otras ocasiones, sin embargo, era atendida con delicadeza y detalle por la familia de la nueva madre.

Su utillaje era una impoluta bata blanca, continuamente en proceso de lavado por la sangre propia de los partos, y un maletín con el imprescindible material quirúrgico. Cuando un parto se complicaba y había tiempo de llamar al médico, buscaba el apoyo necesario en el facultativo local D. Martín Robles Sánchez-Cortés y más tarde, cuando se cubrió en la ciudad la plaza de médico ginecólogo, lo hizo con D. Cesar León, acudiendo uno y otro prestos al domicilio de las parturientas hasta que, con el tiempo, se abrió la primera maternidad en el Camino de la Estación.

Ni que decir tiene que sus honorarios eran del todo irrisorios si los comparamos con los actuales sueldos, no cobrando en muchas ocasiones cuando veía que la familia atendida carecía de recursos económicos. Familias que a su manera eran agradecidas obsequiándola en especie cuando podían o en vísperas de la anual Navidad.

Profesional en grado sumo, jamás hizo comentario alguno sobre casos concretos, ni fáciles ni difíciles, así como del cuadro con que se encontraba en cada caso y casa particular. Siempre vistió de negro desde la muerte de su esposo, quizás por alguna promesa de juventud o por respeto continuado al finado.

Su afición fue el trabajo, la familia y la iglesia, habiendo profesado en la Orden Tercera Carmelita (Carmelo Seglar que hoy diríamos) y constituyéndose voluntariamente en la camarera de la imagen de la Virgen del Carmen en el convento de la Glorieta. Sus amigas, las vecinas Esperanza y Tere Ramírez, Sebastiana y Dolores la Mancheña.

En 1955 cambió su domicilio y consulta a la C. Mayor, compartiendo edificio con el Dr. Ángel Martín, frente a la sastrería de Amadeo, colgando su placa de matrona en la puerta, placa que conservan los nietos con cariño y orgullo. Gran parte de la superficie de la puerta de acceso a su domicilio estaba agujereada de las chinchetas con las que clavaba pequeños papeles con información del lugar donde se encontraba cuando salía del mismo, para evitar los agobios propios de quienes requerían con urgencia sus servicios, en un tiempo en el que ni se intuían los teléfonos móviles.

Austera en su vida y en su manera de ser (nunca tuvo ayuda alguna en su trabajo), a la indumentaria más arriba aludida hay que añadir que no tuvo televisión hasta 1964 en que adquirió un aparato Iberia en blanco y negro, y que educó a su hijo sin concesión alguna a caprichos inútiles. Sin embargo con los tres nietos (en cuyos partos intervino), derrochó ternura y comprensión a raudales. Enemiga de la soledad acogió a su hijo y a su nuera Juanita en su casa tras el matrimonio de éstos, naciendo y criándose allí los hijos de aquellos.

Su salud de hierro tuvo el talón de Aquiles en el sentido de la vista, habiendo sido miope desde muy joven y apareciéndole las cataratas que finalmente le operó, con éxito, el oftalmólogo local Dr. Miguel Robles Sánchez-Cortés. Sin embargo, la agudeza de ellas le llevó a la jubilación laboral poco antes de la edad reglamentaria, cuando ya en Caravaca se habían establecido dos comadronas (entre ellas María Luisa), que la sustituyeron en el trabajo.

La muerte le sobrevino inesperadamente. Un infarto de miocardio acabó con su vida el 24 de junio de 1968, con 65 años, sin que de nada sirvieran las atenciones prestadas en el último momento por el Dr. Manuel Ledesma y el analista Fernando Navarro.

A pesar del tiempo transcurrido desde su fallecimiento, su recuerdo permanece indeleble en la memoria caravaqueña. El Ayuntamiento le dedicó una calle cercana a la Ciudad Jardín y la Concejalía de la Mujer le distinguió en el homenaje a las mujeres que en Caravaca hicieron historia, junto a Maravillas Marín, Sor Evarista, Dª. Ascensión Rosell y Dª. Encarna Guirao entre otras. Sin embargo, el mejor homenaje sigue siendo el continuado recuerdo en el tiempo que se le tributa por las generaciones de hombres y mujeres que, con sus manos y su pericia profesional ayudó a llegar a este mundo.