JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Uniéndome a la celebración del Centenario del Colegio «La Santa Cruz», que a lo largo del presente curso académico lleva a cabo este centro docente, me propongo actualizar en la memoria de la sociedad y de la comunidad escolar caravaqueña la figura de un maestro allí destinado durante muchos años que, aunque se le conoció de esta manera, sCon su hijo Paquitou nombre y apellidos fueron Francisco García Marín, nacido en Puebla de D. Fadrique, en enero de 1903, en el seno de una familia de comerciantes oriundos de Almaciles.
Aprendió las primeras letras en la escuela privada de Dª. Juana, su madre, y se incorporó a la vida laboral muy pronto, en la administración de los coches de viajeros que cubrían la línea entre Caravaca y la ya mencionada localidad de Puebla de D. Fadrique. Con dinero prestado por su madre marchó a Barcelona, donde sobrevivió algún tiempo impartiendo clases particulares, si bien pronto regresó al lugar de origen cuando un industrial catalán, padre de uno de sus pupilos, le ofertó la regencia de su empresa, a la vista de sus facultades intelectuales y humanas.
De regreso a La Puebla concluyó el bachiller y comenzó la carrera de Derecho, como alumno libre, en la universidad de Murcia, con libros y apoyo económico facilitados por la familia Bañón.
No concluyó los estudios de Derecho, pero éstos le sirvieron para prepararse las oposiciones de Magisterio, que aprobó sin dificultad a los 26 años, obteniendo su primer destino como Maestro Nacional provisional en la localidad granadina de Montillana. El destino definitivo le llegó en 1932, mediante concurso general de traslados, yendo a parar a la localidad coruñesa de Culledero, a donde llegó en burro y con la decisión tomada de no permanecer allí más de 24 horas, a pesar de lo cual no sólo no cumplió su primer propósito sino que, tras conocer a la maestra, se casó con ella tiempo después.
Un defecto físico, causado por una poliomielitis infantil, le impidió cumplir el servicio militar y le libro de la guerra, contrayendo matrimonio en junio de 1936 con la también maestra Josefina Zapata Pardo, natural de la localidad coruñesa de Betanzos, estableciendo el domicilio familiar en un pueblo de aquel término municipal, de nombre Esperela, donde vivían sus suegros y donde nació Paquito, el primero de sus hijos.
Con la mirada puesta en las tierras soleadas del sur, obtuvo plaza por concurso de traslados en Zujar (Granada), hasta donde pronto arrastró a su esposa. En Zujar, donde la familia permaneció hasta 1943, nacieron sus hijas Carmen y Tere, simultaneando el ejercicio del magisterio con clases particulares y el comisariado de abastos del ayuntamiento local.
Aconsejados por el oculista caravaqueño Dr. Miguel Robles Sánchez-Cortés (viejo amigo de su familia desde los años en que el citado oftalmólogo pasaba consulta periódicamente en La Puebla) el matrimonio pidió plaza en Caravaca, siéndoles concedida a uno y otro en concurso general de traslados. La familia se estableció en el número 16 de la C. «Larga», donde nació la cuarta de sus hijas: Finita, y pasados los años en «Rafael Tejeo», frente al almacén del hielo que en aquellos años regentaba Pepe Robles Sánchez-Cortés.
D. Francisco fue destinado primero al colegio «El Salvador» y después a «La Santa Cruz», mientras que su esposa, Dª. Josefina, lo fue al centro denominado «Isabel la Católica» que abría sus puertas a la C. «del Teatro», donde después se instaló la «Casa Parroquial» de la feligresía del Salvador, siendo cura párroco de la misma el Rvdo. D. José Barquero Cascales.
El sueldo de los maestros en la época a que me refiero, durante los largos años de la posguerra española, obligó a D. Francisco, como a tantos otros colegas suyos, a emplearse en clases particulares durante las horas que les dejaba libre la actividad docente en la escuela. Unas veces lo hacía en su propio domicilio y otras se desplazaba al de sus alumnos. Entre otros impartió clases a los hermanos Arroyo, a los Robles Oñate, a Juan Torres Raymundo, a Carlos Llamazares y a Luciano Ferrer Romera, simultaneando las clases con la administración municipal de las «cartillas de racionamiento».
Muy bien relacionado socialmente, contó entre sus amistades con el ya citado Dr. Miguel Robles Sánchez-Cortés y su hermano Pepe; así como con la del dentista José Jiménez Jaén y del profesor Juan San Martín Gutiérrez, con quienes compartía afición por la lectura, la música de zarzuela y la poesía, publicando bellos poemas durante lustros, que hábilmente escribía con ambas manos, sin preferencia de una sobre la otra.
Con sesenta y tres años y más de treinta de servicio, se acogió a la jubilación optativa en vigor, en 1960, trasladándose a vivir a Murcia, donde falleció, de un derrame cerebral, en 1983, tras haber sufrido la muerte de su hija Tere, en 1979.
A D. Francisco se le recuerda físicamente apoyado asiduamente en grueso bastón y con gafas de concha de mucha graduación, por la miopía que siempre arrastró, vigilada continuamente por su amigo el Dr. Robles. Pero también se le recuerda aun por muchos como hombre de carácter, muy recto y leal a sus convicciones políticas y religiosas. Acaparador por su forma de ser. Que monopolizaba cualquier conversación en la que estuviera presente, gracias a su basta cultura. Dotado de gran simpatía natural y con mucho genio; exigiendo a sus alumnos la misma rectitud en su aprendizaje que él se exigía a sí mismo.
Con el paso de los años, su recuerdo quedó enquistado en la memoria de quienes le conocieron y también en la clase docente local, entre cuyos componentes se le ha rendido homenaje de consideración junto a tantos otros que formaron parte del claustro de profesores del CEIP «La Santa Cruz», con motivo de los actos con que dicho centro escolar ha celebrado el primer centenario del mismo.