Pascual García (pasgarcia62@gmail.com) /Francisca Fe Montoya

Echo de menos la lluvia de mi infancia. Yo creo que en el fondo todos sentimos nostalgia del agua, que es el origen biológico del que venimos, pero los que nacimos en Moratalla en los años de los que vengo escribiendo hace casi una década, sentimos esa nostalgia de un modo muy particular, porque nos hemos mojado muchas veces yendo o volviendo de la escuela, con las botas de goma, un paraguas viejo y evitando las canaleras, que caían casi en mitad de la calle, surcada por ríos fluyendo pendiente abajo hasta la huerta, salpicado todo de charcos, pozas y socavones, que los muchachos usábamos para jugar con el barro.
El barro era la vida, porque las calles eran de tierra y cuando llovía, podíamos crear el mundo de nuevo, y el aire olía a reciente y a limpio, como debía de haber olido el primer día del mundo, cuando el azar y la magia crearon las montañas y los desiertos y los ríos.
Siempre era fiesta bajo la lluvia, sobre todo en otoño, mientras volvíamos de la escuela, mojados y ateridos y mi madre me esperaba para cambiarme con la chimenea encendida ya, porque a mitad de octubre el anticipo del invierno era una evidencia y la estufa ayudaba a pasar la trasnochada y a templar las habitaciones de la casa que ya empezaban a enfriarse.
También la luz anunciaba la temporada de las lluvias, la inminencia de los guíscanos que una mañana cualquiera iríamos a buscar al monte mi padre y yo con la alegría inédita de los que siempre habían disfrutado en estas lides, surcando sendas escarpadas o chaparrales recónditos, ascendiendo repechos inclinados y casi imposibles, mientras sonaban las esquilas del ganado y una niebla espesa iba sumergiéndonos en otra dimensión , la de los sueños y el invierno, la del entusiasmo por el olor de la tierra y la presencia de los árboles y el ganado.
A veces la niebla daba paso a un chispeo y nos cerrábamos las chaquetas que guardábamos para ir a la huerta y al monte, nos afirmábamos en nuestras botas usadas, y en ocasiones nos cubríamos la cabeza con la mitad de un saco de plástico a modo de chubasquero, pero siempre fuimos felices en esas lides y siempre recibí la lluvia como un don. Porque en el campo aprendes desde muy niño a mirar al cielo, como escribía Machado, y a vaticinar la lluvia.
Hoy, que tanta falta hace en Murcia, no tengo más remedio que acordarme de un tiempo de la infancia donde no escaseaba el agua, aunque tal vez si echáramos mano de las estadísticas y de los estucos pluviómetros, descubriríamos que esa abundancia es un mito más de nuestro apego a la memoria y a la imaginación, y en el que no nos importaba mojarnos, porque aquello era un regalo, la concesión de una ofrenda natural con la que hoy apenas nos holgamos, porque el cielo es cicatero y miserable con el agua en estos pagos y, cuando sucede el prodigio, como en este principio de otoño, no puedo por menos que pensar en los días en que regresábamos de la escuela, embarrados y calados hasta los huesos, pero felices de haber traído con nosotros un pedazo del invierno hasta la cocina donde mi abuelo o mi madre acababan de encender el fuego para que pudiese calentarme sentado y les contara las vicisitudes de la escuela o les leyera algo durante un rato, mientras mi abuelo, henchido de orgullo se hacía cruces por la incipiente sabiduría de su nieto y mi madre sonreía de gusto.
Aquellos días de lluvia también se daban en primavera, en plena Semana Santa o en verano, cuando las tormentas de agosto se repetían cada tarde a la misma hora durante una semana. Y en el otoño casi nunca faltaban a su cita para alegrarnos la nueva estación y la proximidad del invierno.
Era el discurso natural del tiempo y, tal vez con suerte, más adelante vendría la nieve y nos traería sus lujosos tapices de un frío blanco y espectacular que desde las Torres admirábamos todos cada día, como se admira una obra de arte.
El agua y el frío limpiaban el aire y todo resurgía de nuevo como en un ciclo anual, incluidos nosotros que regresábamos a casa un poco antes, con las primeras sombras del anochecer y nos refugiábamos en la cocina y escuchábamos atentos las historias repetidas y fascinantes de nuestros mayores.
¡Bienvenida la lluvia!