Pedro Antonio Hurtado García

Adaptados, rápidamente, a convivir desde los balcones. ¿Quién nos lo iba a decir?. Un modo de vida que nos mantiene conectados e, incluso, ha servido para que algunos vecinos se conozcan mejor, porque, antes, no cultivaban la relación.

Aplauso ensordecedor para la población, en general, por su ejemplar comportamiento, logrando mascarillas donde no las había, confeccionándolas, usando guantes y siendo respetuosos, en las colas de los supermercados y demás establecimientos en servicio, para acceder cuando corresponde, en base a las normas establecidas.

Reconocimiento de la misma naturaleza para quienes tantas veces hemos mencionado y que todas las tardes reciben el aplauso colectivo de la población: sanitarios, fuerzas de seguridad, ejército, camioneros, empleados de sectores esenciales, etc., etc.

Ahora bien, no por ese logro, deben quedar impunes esos “ruidosos” descerebrados minoritarios que todo lo saben, tratan de imponer su norma y creen estar por encima del bien y del mal. Reducida la siniestralidad en carreteras, estas semanas, por debajo de todos los años en los que existen registros, pero no es normal que se sigan contabilizando los fallecimientos sobre el asfalto con dos cifras. ¿Por qué se desplazaban?. ¿Por qué empeñarse en disfrutar de playas y, con ello, alimentar los contagios?. ¿Por qué somos tan imprudentes?.

Tampoco es de recibo que tratemos de burlar a unos agentes que precisan apoyar otros menesteres sanitarios y, sin embargo, tienen que “vaciarse” controlando a personas que “les buscan la vuelta” para practicar un deporte, pasear o utilizar al perro como excusa callejera. Sirva la pandemia, al menos, para construír una sociedad más justa, equilibrada, respetuosa y comprensiva, aunque muchos ya no podrán disfrutarlo al haber pagado, por ello, con sus propias vidas. Buenos días.