PASCUAL GARCÍA

Llevo años presentando mis libros en mi pueblo, en Moratalla; quizás al principio, fui un tanto reacio, por cuestiones de pudor literario y porque yo siempre he pensado que estas cosas, como el título de escritor, tiene que ganárselas uno poco a poco, con esfuerzo y humildad.

Tal vez por eso, no presenté mi obra ante mi gente hasta el año en que me concedieron el Premio al Mejor Libro Murciano en 2002. Creía que era necesario triunfar fuera de la tierra para tener méritos suficientes. Y así lo hice.
Han pasado quince años y he venido cumpliendo, salvo en algunas ocasiones, con este precepto; la última vez fue el pasado sábado, 1 de abril, en el salón de actos del Ayuntamiento.
Resultó inolvidable por diversos motivos. Estuve acompañado en la mesa, como he hecho siempre, por el alcalde, en esta ocasión la alcaldesa, Candi Marín y por alguien más relacionado con la literatura, Pedro Jesús Ibáñez. Presentaba mi último poemario, “Trabajan con las manos”, y lo recordaré siempre con emoción, porque, además de las palabras entrañables y alejadas de la convención política de Candi, de las notas críticas y ajustadas de Pedro Jesús, a cuya librería he acudido desde muy joven, la sala estaba llena de vecinos, amigos y familiares.
Leí durante más de cincuenta minutos y sentí la quietud y el misterio de la respiración contenida de un público sabio y respetuoso; era como un milagro de la comunicación al que yo contribuía con mis versos y con mi entrega.
Cuando hube acabado, Candi cedió la palabra al público para que preguntase o comentase cualquier extremo del acto, y entonces vino lo mejor, lo más grato para mí.
Vi levantarse como impulsado por un resorte a mi maestro de primero de primaria, José Rogelio, y lo escuché desgranar viejos recuerdos de la escuela en los que yo era el protagonista, con el afecto y la verdad de un amigo; y más tarde fue mi amigo Diego, el que refirió alguna anécdota de nuestra infancia y con generosidad ponderó mis aptitudes de entonces para la literatura.
Entonces supe que, al fin, estaba en casa, rodeado por los míos y por su reconocimiento, y que todo aquello, los años de estudio, las horas de escritura y de lectura, el viaje a la ciudad de Murcia y cada una de mis peripecias, experiencias y vicisitudes habían cobrado de repente un sentido absoluto, como si justo en ese instante hubiese regresado de pronto de aquel éxodo necesario de 1980, cuando, una madrugada de noviembre, porque yo nunca empezaba al curso desde el primer día, sino que me incorporaba al mismo una vez que había vuelto de la vendimia en Francia, cargado con mis bolsas y con la esperanza de un porvenir halagüeño, había partido de la parada del autobús en la calle Barrio Nuevo, frente a la fragua del Candelo, en dirección a un futuro que deseaba diferente.
La noche de la presentación de mi libro, de este último libro, constaté que todo aquello cobraba un significado pleno y que estaba, una vez más, en mi lugar de origen, entre los míos, en el sitio del que había partido para hacerme un hombre y cumplir mis sueños de escritor.
Al término del acto teníamos una mesa reservada en un estupendo restaurante y, entonces, me vi rodeado de más de veinte personas que no dudaron en acompañarme durante la cena y en pagar cada uno de su bolsillo su propio cubierto, generosos y entregados a la fiesta que yo protagonizaba y que compartía con todos.
A todos ellos, que creyeron en mí y en mis palabras y que convirtieron la velada en un acto único, dedico esta crónica feliz de una noche inolvidable.