Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Nos quejamos de la proliferación de programas televisivos que inciden de un modo muchas veces obsceno en la vida privada de personajes a los que se les cataloga de famosos. Claro que hay famosos porque han hecho una estupenda carrera musicaPortada de la película Anna Kareninal o artística y famosos de medio pelo, cuya importancia no acabamos de entender del todo. Los primeros se han ganado su nombre (y sus apellidos) triunfando en el trabajo que eligieron, aunque sus honores se basen tan solo en el inexplicable beneplácito de un público amplio. Otros están ahí porque se casaron con el escándalo, se divorciaron con el griterío y la disputa y han vivido desde entonces de las rentas de este continuo alboroto. Y, sin embargo, sería muy hipócrita, y sería, sobre todo, falso, si no admitiéramos que la curiosidad del ser humano es infinita y que no siempre toma las direcciones de la ciencia o del arte; en ocasiones, se detiene en los ruidos, las voces y los murmullos que se oyen al otro lado de las paredes de nuestra propia casa.
Queremos saber lo que les pasa a los otros y queremos que les pase de todo. Algo de todo esto tiene que ver con nuestro interés por la literatura, por las historias que otros nos cuentan acerca de infinidad de personajes que se parecen a nosotros o a nuestros amigos y que bien podrían ser alguno de ellos. «En busca del tiempo perdido» o «La Regenta» constituyen dos buenos ejemplos de curiosidad malsana o de catálogo de chismes, habladurías, medias verdades e infamias que unos vierten acerca de otros y que nosotros leemos atrapados en el brillante y hediondo lodazal de la condición humana. Claro que esto es alta literatura, palabra estética y profundísimo conocimiento de la condición humana.
En Moratalla, como en todos los pueblos del mundo, abundaban los chismorreos y en mi calle se oían rumores acerca de unos y de otros, no siempre bien intencionados, pero mi madre, elegante y respetuosa siempre, se abstenía de entrar en estos comadreos y evitaba en lo posible el contacto con aquellos que los propagaban. Su casa era su castillo y a ella le bastaba aquella estancia humilde y su familia. No obstante, en las tiendas, en los corros de la calle, mientras las mujeres tendían su ropa al sol o cosían en Las Torres, y los hombres trabajaban, resultaba inevitable insistir en la murmuración y en la maledicencia, proponer historias verosímiles o inventadas que tal vez habían protagonizado personas reales. Eran recurrentes los asuntos de alcoba, los desencuentros familiares provocados por las herencias, las fugas de los novios y los casamientos sospechosamente prematuros. Por la noche, sentados junto al fuego, los abuelos contaban viejas historias estremecedoras sobre crímenes, romances imposibles y venganzas cruentas, y la imaginación de los niños iba creando un fabuloso mundo de ficción y realidad que no andaba demasiado lejos de historias tan terribles como la de «Edipo rey» del divino Sófocles. Con los años comprobaría que la literatura también constituye un brillante cotilleo y que novelas como «Madame Bovary» son precisamente el testimonio de una dramática y continuada indiscreción que deviene tragedia.
La televisión explota ese factor tan humano que en ocasiones nos abochorna y que rara vez admitimos como propio. Si leí encandilado Ana Karenina hasta la última página es porque quería saber el destino final de la mujer casada, que había sacrificado su posición, su honorabilidad y a su hijo por un donjuán de turno. Por supuesto que disfruté en ese viaje espléndido del estilo magnífico de Tolstoi, pero lo que nos insta a seguir el argumento, en el fondo, no es tan diferente como lo que suele venir apareciendo en algunos programas televisivos, que se llaman del corazón.
¡Que nadie se avergüence! ¡Tampoco es tan grave, al cabo!