JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Por mi amigo José María Jiménez, orfebre y maestro de acreditados orfebres locales, quien en su juventud se dedicó a la agricultura, he llegado al conocimiento de un curioso sistema de contabilidad utilizado en Caravaca al menos desde el S. XVItarjay hasta los últimos años del ecuador del S. XX, que confirma el sistema de venta aplazada antes de la erradicación del analfabetismo, cuando de números y de letras había mucha gente que poco o nada sabían.
Es frecuente encontrar en los testamentos notariales a lo largo de la larga época referida mandas relacionadas con débitos de muy diversa naturaleza, y entre ellas alusiones a TARJAS donde éstos se podía comprobar, para que los herederos del finado pudieran cobrar dichos débitos a los deudores de los mismos. La tarja que, en su día, me dejó conocer José María «El Chavo», de su propiedad, tiene unas dimensiones de 20 Cm. de largo y 3 Cm de diámetro.
La venta aplazada es tan habitual como antigua. No es extraño, pues, que haya sido necesario contar con un recordatorio que a vendedor y comprador actualizase el recuerdo de los débitos a la hora de ir abonando las cantidades prefijadas, hasta la conclusión del montante adeudado.
Las carencias culturales de la España rural en general y de los caravaqueños en particular, alcanzaba hasta el 70-80 % de la población en la larga época referida, incrementándose el porcentaje en los núcleos de población más alejados de los centros urbanos. Evidentemente era a todas luces necesaria la existencia de una contabilidad rupestre que supliese, con ingenio las carencias intelectuales de la población.

El sistema contable a que me refiero debió surgir como respuesta de un grupo social a las carencias mencionadas, utilizándose para ello los medios que la naturaleza ofrece gratuitamente al hombre de la tierra, entre los cuales y con mucha prodigalidad se encuentra la caña, como planta originaria de la vegetación propia de un lugar, en los humedales y márgenes de corrientes de agua.

Cuando vendedor y comprador de un producto concluyen un trato, y ambos convienen en el pago aplazado de aquel, sirve un simple trozo de caña, entre dos nudos de la misma, para que ambos lleven la cuenta del abono de los plazos a manera de «libro de cuenta y debe».

La caña ha de estar seca, pelada y tener cuerpo suficiente para no romperse. No ha de ser excesivamente larga para poder guardarla en el bolsillo y hasta almacenarla en el domicilio si el acreedor tiene varios deudores.

El trozo de caña en cuestión se parte en dos mitades iguales para que cada cual guarde y conserve la suya. Se utiliza para ello habitualmente la hoz, siempre a mano del agricultor. Cada vez que se hace una entrega de dinero (en céntimos, reales y antes con otras monedas según épocas), se unen ambas partes cuidando la total coincidencia de una y otra, y con la hoz de segar se marca una señal, a manera de muesca, que queda reflejada en las dos mitades por igual. Después cada cual se queda con su trozo de caña, volviendo a unirse cuando se produce la siguiente entrega (cada semana generalmente), momento en que se repite la operación, efectuándose de nuevo tantas veces sea necesario hasta concluir la deuda. Uno y otro han de cuidar de no perder su parte, cosa que raras veces ocurría. El sistema cuenta con la honradez y el honor de deudor y adeudado como garantía del mismo. Si los plazos fueran tantos que no diera de sí una caña, al terminar el espacio físico de la misma se prescindía de ella y se iniciaba de nuevo otra caña de similares características. Era, en este caso, como una nueva página en un virtual libro de contabilidad.

Cuando el acreedor tenía varios deudores, era obligado que la longitud de las cañas no fuera la misma en todos los casos. Entonces era preciso hacer una marca distinta a las demás (a veces se marcaba interiormente con un signo convenido entre ambos); haciéndose también preciso un lugar donde guardar cada cual sus respectivas mitades de cañas (lugar que podríamos denominar «cañoteca»).

No era problema, en todo caso, la coincidencia en la longitud, pues lo verdaderamente importante era la coincidencia de las caras de la caña y las muescas hechas con la hoz u otro objeto cortante que, por hacerlas manualmente, nunca coincidían sino era la propia de cada cual.

Por la fragilidad del material utilizado, es muy difícil encontrar ejemplares como los que describo, los cuales se destruían por quienes los utilizaban tan pronto se saldaba la deuda, en presencia de ambos. Su destrucción hay que pensar que no sólo se producía por la inutilidad del objeto en adelante, sino por el no siempre buen recuerdo que para uno y otro podría tener, pues al vendedor recordaba atrasos, continuos recordatorios y demoras, y al comprador privaciones, urgencias, desasosiegos y quizás algún que otro insomnio.

Finalmente es preciso afirmar que las cantidades que se convenía por ambos ir abonando y recibiendo, fueron siempre las mismas para que el sistema de muescas marcadas en la caña funcionase. Si se fraccionaba una entrega se buscaba otro tipo de marca que diferenciara la tracción, la cual quedaba igualmente marcada en la caña, que era el patrón aceptado por las dos partes. En cuanto a las cantidades aplazadas, éstas se convenían verbalmente a la hora del trato, siendo habitual que ello se hiciera en presencia de testigos.

A la caña siguió el cuaderno de anotaciones posterior, cuando comenzó a generalizarse el conocimiento de la lectura, la escritura y las «cuatro reglas», conocimientos básicos para no ser considerado analfabeto. Del uso del citado cuaderno y de las famosas frases: «apúntame», «bórrame» o «ha dicho mi madre que la borres…» ya sabe mucho la generación de los postreros años del S. XX y los primeros del XXI. Con posterioridad al curioso sistema objeto de este articulo, se generalizaron paulatinamente el talón bancario, la letra de cambio, el pagaré y hasta la tarjeta de crédito junto a un sinnúmero de sistemas que no son sino otras formas con las que hacer frente a unas mismas necesidades de pago aplazado que, por cierto, no ha sido desplazado del mundo comercial contemporáneo, al menos por el momento.