Rebeca González/@QuecaGonsery

“Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres” decía Rosa Luxemburgo. Es una frase que resume bastante bien lo que perseguimos hoy día desde el movimiento feminista.

Rebeca González/@QuecaGonsery

“Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres” decía Rosa Luxemburgo. Es una frase que resume bastante bien lo que perseguimos hoy día desde el movimiento feminista.
Hasta hace poco se trataba el 8 de marzo como algo simbólico, una fecha de felicitación más que de reivindicación. Nos felicitan por poder votar, tener cartilla del banco y carnet de conducir, ciertamente, es algo positivo para la generación que sufrió un nivel de opresión muy explícito.
Si analizamos la situación a la que nos enfrentamos hoy día, la sutileza es la clave de la dominación patriarcal, es la forma que tiene de reproducirse y tener éxito. Por eso la tarea de las mujeres concienciadas que tomamos la batuta de la lucha por la igualdad es romper con esas sutilezas, desmontarlas, explicarlas, ponerle las gafas violetas a la sociedad. Es una tarea harto difícil.
Necesitamos mucha pedagogía, con nosotras mismas primero ¿Qué es ser socialmente iguales? Cuando se tienen roles asignados por condición de género se establece un abismo insalvable con el resto del mundo. Por el hecho de ser mujeres nuestra obligación es ser delicadas, comedidas, no alzar la voz demasiado, no ser mandonas, cuidar la imperfección del cuerpo que nos acoge, buscar una media naranja que nos complete. Estos roles son limitaciones, tenemos demasiadas limitaciones y poco margen para ser únicas.

La opresión de estos tiempos es un sistema enraizado en la sociedad, con el que hemos crecido. Se expande desde las amistades, las modas, la doble jornada de trabajo, la feminización de la pobreza e incluso los anuncios de TV, hasta la forma de tratarnos entre nosotras.
Igual sucede con la diversidad de los géneros, el rol dominante es de mujer heterosexual, comedida, con la sexualidad propia reprimida y enfocada a satisfacer los gustos del estereotipo de hombre dominante.

Vaya mundo éste. Las sutilezas, las violencias y los micromachismos nos rodean, nos ahogan, nos provocan temor a la hora de andar solas por las calles de noche, anulan nuestra personalidad, no dejan que tengamos expectativas propias más allá del futuro que el machismo dejó escrito desde hace siglos: crecer, enamorarse, tener hijos, ser buena madre y esposa.
Tampoco somos totalmente libres, no tenemos las mismas oportunidades laborales, sociales y en relaciones afectivo-sexuales. Hay grandes brechas en este sistema que demuestran que no funciona, y el colmo son los asesinatos machistas, sin duda.

Lo que se trasluce en todo esto es un campo de batalla sin fronteras, nos afecta en todos los aspectos de nuestra vida y ahí damos la batalla: labores domésticas, cuidados, relaciones, amistades, trabajo, asambleas, partidos políticos y en las fechas que referencian nuestras luchas, como el 8 de marzo. Por eso me gusta tanto el lema de esta fecha en 2016: “Frente a las violencias, construimos feminismos”.