Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Camino de Somogil, de madrugada, cruzábamos la noche de verano media docena de adolescentes con un radiocasete a todo volumen donde se desgañitaban los componentes de BeeGees, el grupo de moda del momento, cuyas canciones en inglés escuchábamos (algunos bailaban incluso) en la discoteca y seguíamos haciéndolo en casa, siempre que tuviéramos acceso a un aparato de aquellos que sonaban en estéreo y eran lo último. Mis amigos, Los Carrascos, habían comprado uno  y, dada su proverbial generosidad, no tenían problema alguno en llevárselo, provisto con las pilas correspondientes, a cualquier sitio al que fuera todo el grupo, incluido desde luego el Somogil, en aquel viaje nocturno e imprevisto tan propio de la edad y del calor al que nos entregábamos de vez en cuando del modo más impulsivo y quizás también inoportuno.
Cada vez que mi esposa me recuerda que últimamente todo el mundo va con su pequeño dispositivo portátil y unos audífonos para escuchar música ande por donde ande, incluidos mis hijos, y que no debe ser saludable para sus oídos, le recuerdo que, al menos, no molestan a nadiey le hago notar que repare en que gracias a la técnica, la calle, las playas y la montaña andan libres de tanta melopea y es entonces cuando  le cuento por enésima vez (me estoy volviendo viejo porque me repito) lo de aquellas noches de camino al río en Moratalla, con la música alta bajo un cielo de estrellas y las horas posteriores, en tanto nos bañábamos en el pozo, preparábamos de la manera más precaria la comida o nos gastábamos las bromas propias de la edad.
Nosotros sí incordiábamos a todo bicho viviente con nuestra matraca en inglés, tan fuera de lugar, tan impertinente, pero adoptábamos la actitud de los pocos años y demasiadas ganas de vivir, esa prepotencia que no para mientes en el respeto a los otros, porque los otros no importan. Así que pasábamos los días en pleno monte, disfrutando del agua, de la libertad y de la naturaleza cargados con el aparato de música a todas partes y el volumen alto y la actitud desafiante, porque no bastaba con ir a cualquier hora del día o de la noche al río, a la Puerta o al Somogil, sino que además debía acompañarnos, por cortesía de nuestros amigos, la música y con ella nuestra alegría y el incordio, nuestra inconsciencia y la fatiga de los otros, que debían soportarnos con la resignación con que se enfrenta uno a una plaga ineludible.
Hoy sería yo el que, sin lugar a dudas, se quejaría amargamente de tanto desalmado inconsciente y gamberro suelto, pero por aquellos años las cosas eran diferentes. De manera que yo veo a los jóvenes, y a los menos jóvenes, caminando, corriendo o tomando el sol, mientras reciben directamente la música en sus orejas y me complace tanto silencio.
Cada cual a lo suyo, sin mezclar estilos, sin estorbar ni pisarse los unos a los otros. ¡Buen rollito, sin duda! ¡Qué disfruten y nos dejen al resto en paz! Aunque, en ocasiones, se me escapa una media sonrisa de malicia cuando me viene a la mente aquellas jornadas de camino al río con la música a cuestas.