PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

Estaba terminando Primero de BUP y fui a coger albaricoques justo a finales de junio; en aquel tiempo las fiestas se celebraban del 24 al 30, una semana gloriosa que había llenado nuestra infancia y nuestra adolescencia del sabor aventurero y peligroso del ganado bravo que entraba por vereda y recorría las calles del pueblo cerradas con boquetes y olorosas a madera de pino y a sogas de esparto. Pero aquel año, que sería mi primera temporada en la fruta, no íbamos a tener suerte. Empezamos justo el día de antes del encierro y, aunque respetamos las tres fechas establecidas para que las vacas entraran al pueblo acompañadas por los caballos y por la gente, el trabajo se fue haciendo muy duro conforme iba avanzando la campaña.

PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

Estaba terminando Primero de BUP y fui a coger albaricoques justo a finales de junio; en aquel tiempo las fiestas se celebraban del 24 al 30, una semana gloriosa que había llenado nuestra infancia y nuestra adolescencia del sabor aventurero y peligroso del ganado bravo que entraba por vereda y recorría las calles del pueblo cerradas con boquetes y olorosas a madera de pino y a sogas de esparto. Pero aquel año, que sería mi primera temporada en la fruta, no íbamos a tener suerte. Empezamos justo el día de antes del encierro y, aunque respetamos las tres fechas establecidas para que las vacas entraran al pueblo acompañadas por los caballos y por la gente, el trabajo se fue haciendo muy duro conforme iba avanzando la campaña.
Los jóvenes no nos acostábamos antes de las dos de la madrugada, como, por otro lado, resultaba natural, porque la fiesta seguía sin nosotros, pero al día siguiente mi padre me despertaba a las seis, pues en el tajo debíamos estar lo antes posible para evitar las terribles horas del sol, aunque desde las once hasta las dos en que terminábamos sudábamos tinta china. Llegamos a un acuerdo, un número determinado de cajas por hombre con el que cumplíamos con la jornada, una especie de destajo pactado.
Pero conforme iban pasando los días la fatiga se acumulaba y el sueño era insoportable. Para colmo aquel año la atracción principal eran unas tazas que daban vueltas sobre un eje y sobre sí mismas a una velocidad endiablada. Por la noche un par de amigos quedábamos con dos muchachas para dar una vuelta por La Glorieta y para montar en aquello, una tortura, ya digo, sobre todo para mí que tengo propensión al vértigo y falta absoluta del sentido del equilibrio.
Recuerdo que nos montábamos tres o cuatro veces y que el aparato se movía a un ritmo parejo, sin sobresaltos, pero a las chicas les encanta la aventura, el movimiento y el riesgo, y en un momento dado una de ellas movía el volante del medio y el artilugio comenzaba a dar vueltas sobre sí mismo como una peonza y lo peor es que era muy difícil detenerlo o aminorar su marcha. Aquello giraba y giraba y las muchachas no paraban de reírse como locas y el mundo pasaba y pasaba a mi alrededor como en una pesadilla vertiginosa.
Al día siguiente, a las seis de la mañana, estaba nauseabundo, cabreado y exhausto. Lo curioso es que muy pronto advertí que al resto de los jóvenes le pasaba lo mismo. También ellos montaban cada noche en las tazas y también a ellos parecía que se les iba a caer el mundo encima.
Acabábamos a las dos estragados y regresábamos al pueblo andando, por supuesto. Mi madre me esperaba con la comida y yo, con la última cucharada, me tiraba en la cama como un muerto, pero a las cinco de la tarde comenzaba la música, y a las cinco mi madre me llamaba como desde el interior de un pozo, y yo, sacando fuerzas de donde no las tenía, aunque contara quince años, me levantaba, me vestía y me echaba a la calle para empezar de nuevo con la jornada festiva: correr la vaca, hablar con los amigos y después volver a casa, lavarme, vestirme de fiesta y tornar a La Glorieta y a las tazas del demonio donde nos estaban esperando las muchachas de cada noche para someternos al suplicio repetido de las vueltas enloquecidas.
Una mañana empezaron los vómitos y ya, cada día le fue tocando a uno, porque todos estaban pasando por el mismo tormento.
Y la cosa terminó de la peor manera. El encargado se cabreó porque para acelerar el fin de la mañana, dimos en golpear los troncos de los árboles con varas y obligar con ello a que la fruta cayera.
No hizo falta llegar a las manos. A la primera objeción, nos dejamos los capazos y las cajas en el bancal y volvimos al pueblo. Esa misma tarde acababan las fiestas.