PASCUAL GARCÍA

Resulta indispensable antes de nada felicitar al editor de este libro, que pese a tener un autor conocido y tan importante como el murciano Miguel Espinosa, no habríamos dispuesto de él en las librerías sin la labor de Fernando Fernández, doble editor de Alfaqueque y La fea burguesía, pero es en el primer sello donde aparece un título que todos los lectores de Espinosa conocíamos por referencias y esperábamos con ansia, y, por supuesto también a Juan Espinosa, que ha hecho posible el acceso al original y ha trabajado con el editor para legarnos una obra inigualable.

Si esto fuera el compendio de una larga correspondencia entre el autor nacido en Caravaca y su musa, la segoviana Mercedes Rodríguez a la que dedica Escuela de mandarines y que con diferentes nombres anda en toda su obra desde el inicio, la verdad es que su interés habría quedado limitado a la mera curiosidad, a cierto morbo despertado por una relación afectiva e intelectual que se sitúa en el canon de las grandes parejas literarias de la historia.

Pero como en el resto de las obras de Espinosa, todo es más y diferente, todo trasciende la literatura, el pensamiento y la vida y se convierte en espíritu y en arte, en idea casi religiosa: “Lazarillo eres; pero también faro, norte y guía, como “mi señora Dulcinea del Toboso”. Mi señora Atenea, mi diosa, mi clara luz, la figura de la verdad y de la belleza.”

Miguel Espinosa coloca a Mercedes Rodríguez en el ámbito de lo platónico y desde allí se sirve de su luz para fraguar toda su obra hasta el punto de que lo novelesco, lo ensayístico, lo biográfico y lo real se mezclan en ella en un todo único de factura netamente espinosiana, hasta tal punto que estas cartas son, en el fondo y leyéndolas bien, una novela, un fluido narrativo que cambia a los personajes si nos atenemos a las fechas y atendemos ciertos acontecimientos que van sucediendo en el contexto de las mismas: “Te amo, y tú bien lo sabes. Ya te dije que no había en el mundo un oficio más digno, sencillo, inocente, tranquilo, modesto y bueno que amarte.”

Pero hay más, porque en ellas se encuentra el misterio literario de Espinosa, sus intuiciones magistrales, su razonamiento constante y la revisión del mundo que lo rodea, que en ocasiones lo oprime y que muy a menudo se halla muy por debajo de su altura. Pero aquí también encontraremos el dato menudo de la vida cotidiana, los numerosos problemas económicos del hombre que escribe y que en ocasiones está obsesionado con ganarse la vida para mantener a dos familias: a su esposa y a dos hijos y a su madre y a sus tres hermanas, pero también el escritor que anda terminando la que será su obra cumbre, Escuela de mandarines, que pasa por muchos aprietos de dinero, que le pide favores a su amiga segoviana, Mercedes Rodríguez, y con la que cruza infinidad de impresiones, inquietudes, sentimientos y proyectos. Pero el lector avezado, que ya pertenece al ámbito de los degustadores de la literatura de Espinosa advertirá algunos personajes en sombra, que influyen como no podía ser de otra manera en el autor, su esposa, sus hijos y, sobre todo, el tercer vértice del triángulo, Francisco Guerrero, abogado como él y también amigo de Mercedes con la que se casa en un momento de este itinerario epistolar y que, de pronto, se convierte en la diana de los dardos inteligentes e implacables del escritor murciano, sobre todo, cuando la familia de Guerrero se traslada a Europa para ocupar una embajada del estado español, que se hallaba en esos años bajo la dictadura del general Franco.

El ánimo de Miguel Espinosa y su relación con Mercedes pasa por altibajos, exabruptos, recriminaciones y éxtasis variados, pero a nosotros, a sus lectores files, nos interesa sobre todo el pensamiento del escritor, su tenaz andadura intelectual que no cesa tampoco en estas cartas, conde desarrolla sus más orinales teorías, que luego veremos plasmadas en obras como La fea burguesía o Tríbada, porque la literatura del autor murciano es un continuo vital, donde comparecen los afectos, las razones y los hallazgos que veremos reflejados de una manera más amplia a lo largo de toda su obra, pero con el rasgo particular siempre de esa consciente confusión entre la vida y la creación literaria, como si de cada uno de sus avatares naciese en algún momento de su vida uno de sus títulos magistrales; de la imposibilidad de entrar en la universidad de Murcia y de la dictadura franquista, Escuela de mandarines; de su rechazo por lo que terminarán simbolizando Francisco Guerrero y Mercedes Rodríguez y su ascenso social y económico, La fea burguesía; de su ruptura con una amiga que acaba entablando una relación sentimental con otra mujer, ese pasmo teológico de Tríbada, que incluye todo los comentos de sus amigos y personajes de todos sus libros.

De manera que estas cartas son antes que nada literatura, maravillosa literatura y vida, tal vez porque para Miguel Espinosa como para don Quijote de la Mancha no existía diferencia entre la una y la otra, porque la locura de ambos constituye la locura de la palabra y su dimensión humana que únicamente los sueños son capaces de satisfacer.