José Jesús Sánchez Martínez.-Cronista Oficial de la Villa de Moratalla

Hay quien pretende vincular a la pedanía moratallera de Cañada de la Cruz con la vecina localidad de Caravaca de la Cruz. Y eso, quizá, por el “apellido” que ambas ostentan. Pero nada más lejos de la realidad es la existencia de cualquier lazo por tal motivo. El apelativo “de la Cruz” en Cañada se remonta al año 1435, mientras que el relativo a Caravaca se adicionó en la segunda mitad del siglo XX.

Según cuenta Alfredo Rubio -“Cosas de Moratalla”, página 131- citando al cronista Ambel, hacia 1435, tropas musulmanas de Baza regresaban a sus dominios tras una incursión por la zona de Lorca, siendo perseguidos por una fuerza de esta ciudad. Avisados los moratalleros de la presencia musulmana en estos territorios, se reunió un grupo de soldados al mando del caballero Francisco Morales, persona rica y de gran prestigio y representación de la Villa, quien se incorporó al resto de la fuerza cristiana, mandada por el capitán Alonso Yáñez, en el campo de Caravaca. Una vez reunidos los diferentes grupos cristianos, persiguieron a los moros hasta darles alcance en el lugar conocido entonces y ahora por Puerto del Conejo, en el campo de Cañada de la Cruz. De este encuentro armado se ocupa también Fr. Pedro Morote en su “Historia de las antigüedades de Lorca”, página 341.

Cuenta el historiador Martín Ambel que ésta, fue una batalla dura y encarnizada, distinguiéndose en ella por su heroicidad el caballero Francisco Morales, quien luchó cuerpo a cuerpo con el rey moro hiriéndole gravemente con un golpe de lanza. Que el rey moro, viendo que los suyos perdían la batalla y herido como estaba, no tuvo más remedio que intentar la fuga, lo que hizo en un momento de descuido de Francisco Morales. Emprendió la huida montando en su brioso caballo que salió desbocado sin rumbo fijo hasta caer por un precipicio. Cuando Francisco Morales y algunos de los suyos, que habían salido en su persecución, llegaron al lugar, comprobaron que jinete y cabalgadura habían perdido la vida.

Como era costumbre, los cristianos despojaron al rey moro del dinero alhajas, armas y vestiduras, quitando al caballo las bridas, la montura  y los estribos de plata –dice textualmente el mencionado autor– y regresaron con este botín al campo de batalla, de donde ya habían huido los últimos restos del derrotado ejército moro. No obstante la victoria, hubo que lamentar la pérdida, dos días después y debido a las graves heridas sufridas en la contienda, del capitán Alonso Yáñez que estaba al mando de toda la fuerza cristiana. Su cuerpo fue enterrado en el mismo campo de batalla colocándose en aquél sitio, siguiendo la costumbre cristiana, una cruz. Y como consecuencia de este hecho, el lugar o paraje comenzó a llamarse con el nombre que hoy se conoce: Cañada de la Cruz.

No hay ningún otro testimonio que autentifique y corrobore  lo escrito por el mencionado historiador, sabiendo que en su tiempo, si no existía un documento, se “inventaba” el hecho, por lo que hay que tomarlo con cierta precaución. De todas formas, ya en el siglo XVI, en la época del Comendador Diego de Soto, hay documentos donde se cita como perteneciente a Moratalla el lugar llamado Cañada de la Cruz por lo que, como menos y sea cual fuere la causa de su origen, la existencia del añadido “de la Cruz” está perfectamente documentado en el referido período.

Con respecto al apellido Conejero, es de señalar que el origen del mismo puede deberse a la fantasía creadora del historiador, remitiéndonos a lo argumentado anteriormente. Pero que de ser cierto, sería el más genuinamente moratallero de todos los usados en nuestra Villa, según escribe Alfredo Rubio, ya citado. Refiere este autor que los Morales fueron quizá uno de los primeros repobladores de Moratalla; que tras la batalla anteriormente descrita, Francisco Morales  y los suyos se despidieron del resto de las fuerzas cristianas separándose de ellas para dirigirse hacia Moratalla y que en el trayecto, se detuvieron en un lugar donde el caballero obsequió a sus acompañantes con espléndidas comidas. Que los vecinos de la Villa estaban enterados de la victoria conseguida y del regreso del pequeño ejército, por lo que salieron todos a esperarlo colmándolo de vítores y aclamaciones. Que Francisco Morales se dirigió al Castillo-Fortaleza, obsequiando al Comendador de la Villa con los estribos de plata y armas del vencido caudillo musulmán. Fue a partir de entonces -sigue escribiendo Rubio- que los amigos y camaradas de Francisco Morales empezaron a llamarle en tono de broma “Conejero”, aludiendo a la jornada del Puerto del Conejo. No se molestó el caballero por tal sobrenombre sino que más bien fue de su agrado, satisfaciendo así su amor propio de tal manera, que él mismo llegó a titularse con ese apelativo, apodo o  mote que transmitió a sus sucesores como es costumbre en los pueblos y de tal forma, que algunos de ellos lo utilizaron para firmar. Fue en el siglo XVI cuando otro Francisco Morales de la misma familia, solicitó que se cambiara su apellido de Morales por el de Conejero, solicitud a la que accedió el Rey Carlos I. El documento donde consta tal concesión afirmó haberlo visto y leído el propio Alfredo Rubio en casa de D. Roberto Conejero.