Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

He dejado escrito con frecuencia que nací en la calle Castellar y me crié en ese delicado y caprichoso laberinto de callejas, cuestas y callejones que constituye el barrio del Castillo. Jugué en la calle Curato y en el Patio del Campanario y me asomé al balcón de las Torres muy a menudo, porque yo pertenecía a ese lugar y mis amigos vivían allí. A veces iba hasta el Cañico, donde manaba el agua más pura y fresca de mi infancia o me acercaba hasta la calle Palomar Alto en la que vivían mis primas y mi tío Jesús. A la izquierda comenzaba el barrio de los Pinos y a la derecha estaba el Cerro, por donde pasaba la senda que nos conducía hasta Las Balsicas. En aquel espacio los muchachos jugábamos al fútbol o emprendíamos el camino hasta la Casa Cristo en las fechas festivas de las romerías. Desde Las Balsicas se veía todo el pueblo casi a vista de pájaro y era un placer reconocer las calles o avistar a un conocido subiendo la Cuesta del Relojero.

Las calles del barrio eran el mundo que nos cobijaba y sus nombres evocaban un tiempo antiguo y pleno de sabor. Para ir a casa de mi tía Ramos bajaba hasta la calle Luengo y de ahí descendía hasta el Empedrado, estrecha y de rancias reminiscencias medievales y por la que solían pasar casi todas las procesiones. A la mitad y a mano izquierda se iniciaba una de mis calles preferidas, La Soledad, en la que se hallaba el convento del mismo nombre. No puedo olvidar que mientras iba a párvulos en las clases del edificio de la Plaza, cada mediodía echaba por estas calles y enfilaba La Soledad hasta el patio de mi abuelo Cristóbal, donde me esperaba invariablemente mi abuela Rosa que, tras darme los besos de rigor, sacaba una peseta o una moneda de dos reales de los bolsillos de su delantal oscuro y me los entregaba con una ternura inolvidable y con el recado de que me los gastara en polos si era verano o en golosinas si invierno.

Algunos metros más abajo se encontraba la casa de mi tía Ramos, en la calle Cebullana, en cuyo extremo comenzaba el Pasico. Éste era otro ámbito considerable, repleto de imágenes de infancia y juventud, pues las Fiestas de Santa Ana a finales del mes de julio representaron una prolongación del Santo Cristo y un alivio para los que tanto nos gustaba el ganado bravo. En la pequeña y coqueta plaza de Santa Ana instalaban un estrado y por la noche tocaba un grupo de música moderna (generalmente Los Mixtos), mientras los muchachos y las muchachas bailábamos animados por algún vaso de cuervay por el celo incipiente y propio de la adolescencia.

Por aquellos años el suelo de las calles era de tierra y piedras y resultaba una delicia para los juegos. Cada barrio olía de un modo diferente y su luz era distinta asimismo. En los Pinos se apreciaba la cercanía montaraz de la sierra y el aroma traía la imagen del romero y del tomillo. En los Bancales, en cambio, se saboreaba la huerta, el efluvio brutal de la depuradora y los matices dulces de la fruta y de las hortalizas. En el Castillo se olfateaba la recia emanación de la Historia y hasta era posible escuchar el rumor de los cascos de los caballos y el estruendo metálico de las espadas batiéndose en fiera lid.

La Calle Mayor era otro de mis lugares predilectos, pues todas las fiestas sucedían en ese espacio con solera, donde abundaban las casas blasonadas y los frescos portales junto a las rejas en las que nos encaramábamos para ponernos a salvo de las vacas o de los novillos. Al final de cada reja solía haber un balcón. En ocasiones los animales insistían en no moverse del sitio que habían ocupado, tal vez porque estaban fatigados y les aliviaba la sombra. Asidos a las rejas, los muchachos sentíamos que no podríamos aguantar mucho en aquella posición forzada. Todavía recuerdo el gesto generoso de don Vicente, que tan malos recuerdos escolares nos traía, invitándonos a saltar el balcón y pasar a su casa para descansar al fin.

Conforme íbamos haciéndonos mayores, ampliábamos nuestro horizonte y explorábamos nuevos territorios, casi desconocidos. La infancia, nuestra infancia, no podía separarse del Castillo y de Las Torres. Salirse de sus límites implicaba algún tipo de peligro, pues no eran infrecuentes las viejas enemistades con otros pagos. Sólo nos encontrábamos seguros a la sombra de aquella ruinosa fortaleza medieval, sobre el nivel de la huerta y frente al asombroso espectáculo de las sierras.

Un día cesamos de reunirnos para jugar o para hablar en el Patio del Campanario. Uno a uno habíamos ido franqueando el umbral de nuestro ámbito y habíamos ido saliendo al mundo, cada cual a lo suyo. Nos habíamos hecho mayores y las calles se nos habían quedado pequeñas. Yo no he dejado de volver desde entonces para cumplir con la vieja costumbre de recorrer los lugares donde me hice el hombre que ahora soy.