Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

De todas las sensaciones y recuerdos de mi infancia una de las más nítidas y persistentes es el ardor de la fiebre, eso que en Moratalla llamábamos con prosapia clásica y mucho estilo léxico calentura.

Yo, si no fui un niño enfermizo, fui, al menos un niño castigado periódicamente por una bronquitis infantil que me provocaba una tos perruna y una fiebre sintomática durante algunos días.

Percibo la mano fresca y amable de mi madre en mi frente ya cálida y un poco después sus labios de mujer buena posándose con cuidado en mi piel para percibir de un modo más exacto la alarma de la temperatura. Por la tarde acostumbraba a subir la fiebre y por la noche, cuando andaba acatarrado me metía entre las sábanas frescas del invierno, me estremecía por el contraste y muy pronto entraba en un letargo reparador, en ocasiones molesto, que mi madre solía velar entada en una silla.

El amodorramiento de la calentura, las molestias naturales en las articulaciones, el sudor copioso de las noches de fuego me vienen a la memoria como un retazo no siempre desagradable de aquellos años, porque, aunque no lo supiera entonces, cada resfriado, cada batalla ganada al virus era, al cabo, una protección y un seguro para el futuro, una victoria de la infancia. Los niños desarrollan mayores defensas en cada una de estas recaídas y acaban adquiriendo cierta inmunidad imprescindible para vivir.

Pero lo que yo recuerdo de un modo tan grato son aquellas tardes de invierno en la casa del Castillo, el viento golpeando en las ventanas, el cielo gris y la tarde cayendo sobre la Sierra del Buitre mientras mi madre aplica aquel termómetro precario bajo mi axila y me ordena que no me mueva hasta que pasados unos minutos lo vuelve a coger y mira el nivel del mercurio. 39 grados, me dice en ocasiones, tienes calentura y me arropa, como si con este gesto maternal y eterno pudiera protegerme de la invasión maligna de la temperatura. Ahora sabemos que es preferible refrescar la cara y la frente con un paño húmedo, pero por aquel entonces todo era añadir ropa, mantas o colchas para que el enfermo curara lo antes posible.

Con frecuencia a la mañana siguiente apenas quedaba un leve amargor en la boca y una tos persistente de todos los síntomas de la noche anterior. Lucía un sol de escándalo en la ventana y la fiebre había desaparecido. Era invierno y resultaba natural que nos constipáramos, sobre todo los muchachos que jugábamos en la calle, íbamos a la huerta con nuestros padres y andábamos expuestos a todos los agentes infecciosos y a todas las vicisitudes climatológicas. Era invierno y tocaba resfriarse, toser, sonarse los mocos a cada momento con aquellos grandes pañuelos de tela que te daba tu madre cuando salías de la casa, y sufrir ese aviso de la enfermedad acechante que era la calentura, un toque de atención casi dulce con el que se inauguraba la caída del día y la huida de la luz. Pero cuando uno  estaba rodeado de su familia, la casa caliente por el calor de la estufa encendida y resueltas todas las necesidades primarias, tener un poco de fiebre parecía hasta placentero, pues los músculos se relajaban, se extremaba la sensibilidad y uno advertía la presencia de cada rincón de su cuerpo, distinguía cada fibra y  se reconocía tan humano echado en la cama de su infancia y rodeado de los suyos, presto al mimo de la dueña de la casa, porque, era evidente, aquella no iba ser ni mucho menos la peor de las enfermedades que sufriría uno a lo largo de su vida.

Solo un poco de fiebre y el regocijo natural por el cuidado de los que te aman. Algo de todo eso también lo hemos ido perdiendo con los años.