Pascual García (garciapascual@gmail.com)

Nunca estuvo bien visto que las mujeres o los hombres, para el caso igual daba, se lavaran a menudo, se perfumaran con cierta frecuencia o se acicalaran de vez en cuando. Las mujeres, porque ponía en entredicho su honradez, y los hombres, porque enturbiaba su virilidad. En fin, que lavarse mucho no era propio de mujeres decentes ni de hombres de una pieza. Eran otros años y la salud apenas tenía relación con la limpieza. Tendría que llegar Pasteur de Francia y mostrarnos todo un universo de gérmenes patógenos, causante de graves enfermedades, que él combatió con vacunas y antibióticos como la penicilina. Pero la revolución en la ciencia médica no fue sólo una cuestión farmacológica, siendo esta tan decisiva, sino el cambio radical de mentalidad ante las epidemias más habituales. Sustituir las oraciones por una pastilla de jabón, aunque fuera casero, y la superstición por ciertos hábitos relativos al cuidado del cuerpo representó la clave del límite entre un pasado oscurantista e insalubre y un futuro higiénico y moderno, en el que la esperanza de vida iría alargándose de un modo progresivo a pasos acelerados.

Recuerdo que en mi infancia las mujeres se aceitaban el pelo en la calle y que iban peinándoselo a conciencia, extrayendo los mechones sueltos que se desprendían e introduciéndolos en los agujeros de las paredes de piedra y yeso de la casas. Cuando se lo lavaban, se lo secaban al sol durante las tardes benignas de la primavera o en pleno verano. Por aquel tiempo no existían tantos potingues, como los que hoy hallaríamos en cualquiera droguería. Al principio bastaba con un trozo de jabón y, más tarde, empezaron a venderse unas pequeñas ampollas, en forma de rombo, de champú sindo. Las había de tres colores, amarillo, verde y marrón, y se correspondían con las tres únicas variedades de cabello que, por aquel entonces, se contemplaba en la industria cosmética: con caspa, graso o seco. Los hombres tardaban más tiempo en remojarse la cabeza, que solían llevar tapada con una gorra o un sombrero y, cuando lo hacían, era por razones de incomodidad manifiesta, es decir, porque el picor no los dejaba vivir en paz. Hoy no podríamos habitar un mundo así, como serían inconcebibles los olores y los sabores del siglo XVI o de la Edad Media, por poner un ejemplo, pero en unos años nauseabundos por naturaleza, el mal olor derivado de la ausencia de higiene pasaba prácticamente desapercibido, aunque las infecciones, las enfermedades y los índices de mortalidad se disparaban de un modo inevitable, sin que nadie advirtiera el motivo de todo aquello, hasta que alguien miró en la dirección adecuada y dio con la causa primera del desaguisado. Entonces nos dimos cuenta de que lavarse y ponerse algunas inyecciones alargarían nuestra existencia y, sobre todo, la harían más agradable.

En materia de higiene capilar, en pocos años hemos pasado de la más absoluta escasez, de aquellos envases en forma de rombo, a una abundancia desmedida y casi sin control, que inunda los estantes de tiendas, supermercados y establecimientos del ramo y, de paso, llena nuestros cuartos de baño de un sinfín de productos: champú para cabello liso, largo, corto, fino, con volumen, sin volumen, teñido, suave y sedoso, con brillo, con mechas, infantil, canoso, desvitalizado, con las puntas rotas, para caspa grasa, para caspa seca, para piel con dermatitis, para uso frecuente, contra la caída del cabello, suavizantes, acondicionadores y desenredantes para rizos sueltos, para cabello liso, para cabello teñido, para cabello permanentado, para cabello con canas, para niños, exfoliantes y un largo etcétera que sería fatigoso y aburrido enumerar.

Hemos convertido el cabello de las mujeres, antaño recogido muy a menudo en un moño recatado o en una trenza lustrosa, en el caso de las más jóvenes y solteras, o en una media melena, más cómoda y llevadera, en las casadas, en un icono erótico, que el cine y la televisión reproducen como un objeto de deseo. Particularmente prefiero los moños, de los que suelen desprenderse unas hebras de pelo suelto sobre la nuca sensual de un busto que imagino atractivo.

Cuentan que Napoleón envió un mensaje a Josefina en el que le advertía de su llegada dos o tres días más tarde y le aconsejaba que no se lavara en todo ese tiempo. Un héroe fajado en mil batallas, por muy pequeño que fuera, podía permitirse el lujo de afrontar el más dulce de los combates, el de la cama, sin miedo a los peores olores y a las más terribles infecciones. Y hasta es posible, como nos suele ocurrir a todos, que no reparara en el peinado de su esposa.