Pedro Antonio Martínez Robles

En el advenimiento de este otoño ha llovido como no recuerdo haber visto llover en ningún mes de septiembre de cuantos he conocido. Habrá llovido, sin duda de la misma manera, en el inicio de otros otoños, y aun de manera más copiosa, pero yo no me acuerdo de eso. Debe hacer mucho tiempo, y lo que ocurrió hace mucho tiempo se vuelve en nosotros opaco, viejo y caduco, y se olvida o ya no impresiona. Sin embargo conservamos pequeños islotes en la inmensa laguna de la memoria que encienden caprichosamente su faro para lanzarnos sus destellos y anunciarnos que un día estuvieron ahí y aún sobreviven.

En estos días pasados de lluvia las puertas de los colegios y del instituto se convirtieron en un auténtico caos, en un embotellamiento indisoluble de circulación producido por los automóviles conducidos por los padres y las madres —sobre todo las madres, que son y han sido siempre las que han asumido la obligación de velar por las horas de los hijos— que acudían a estos centros de enseñanza para evitar que la lluvia mojara a sus hijos en el corto trayecto de la casa a la escuela y de la escuela a la casa. A mí, que miraba, acostumbrado ya a estas cosas, la escena, se me llenaron los ojos del hierro de los coches, y juraría que había más automóviles que alumnos. Pero no fue esta escena, abigarrada de coches, paraguas, chubasqueros y vértigo lo que más llamó mi atención, sino la soledad de un crío que cruzaba charcos sin prisa bajo el amparo de un paraguas y calzado con unas botas cachuscas. Se despertó entonces en la laguna de mi memoria el destello de un faro dormido y me vi por un instante cruzando charcos, cuarenta años atrás, cuando los caminos que llevaban a la escuela eran de barro y no circulaba tanto hierro por ellos. De ese destello rescaté la sensación segura que en la infancia nos producía desafiar al agua de los charcos, el regocijo de la burla al hundir nuestros pies en el lodazal y comprobar satisfechos que no se mojaban, que éramos, por un momento, más poderosos que la adversidad de barro.

Pienso en tanto crío que crece hoy bajo el alero de una protección excesiva y me entristezco con la convicción de que habrán de llegar a viejos envueltos en una prisa absurda y sin conocer que hay sensaciones muy simples que nos dan confianza suficiente como para entender que somos más fuertes que la mayoría de las adversidades, y que en adelante podremos vencerlas sin ese quiste de miedo y de ira que produce la impotencia, con ejercicios tan elementales como, por ejemplo, cruzar charcos sin prisa bajo la lluvia, calzados con unas botas cachuscas.