POR BASILIO PUJANTE CASCALES

Plantea David Trueba en Blitz varios de los problemas que afectan a toda una generación, la de los treinteañeros españoles, que se ha visto afectada, como todas, por la crisis económica. En un momento dado, Anabel, una aPortada de Blitzmiga y compañera de trabajo del protagonista, define así a la gente de esta edad como «niños mimados, incapaces de afrontar las dificultades, acostumbrados a torcer todos los derechos ganados por nuestros abuelos y padres». Esta ácida reflexión retrata parcialmente a Beto, el narrador y protagonista de la novela, que ve como al inicio de la treintena su vida laboral y personal se desmorona. Y aunque la precariedad laboral tiene un peso importante en el libro, Blitz es, ante todo, una historia sobre la pérdida del amor.
En un viaje a Munich, adonde han ido a presentar un proyecto arquitectónico a un concurso, la pareja que forman Beto y Marta se rompe cuando ella le envía un sms equivocado. Ante esa situación tan incómoda y viéndose abandonado por su pareja, a la que idolatra, el protagonista decide quedarse unos días más en la ciudad alemana. Beto inicia allí su particular descenso a los infiernos, narrado desde la ironía por él mismo, que incluirá vagar por las calles de Munich, despilfarrar sus últimos euros en un capricho e incluso un enfrentamiento con otro arquitecto. Sin embargo, será otra mujer la que le saque de ese hundimiento anímico con una breve pero intensa relación que constituye lo mejor del libro.
Pone en juego Trueba de manera muy natural una serie de sentimientos como la culpa, la vergüenza, el ridículo o el deseo en esta aventura del protagonista surgida del despecho. La intimidad de ambas relaciones, la de Marta y la de la nueva mujer, tiene como espacio común el dormitorio, lugar propicio, además de para los encuentros sexuales, para las conversaciones que dirimirán el rumbo de las dos historias contrarias. Ese espacio cotidiano, la cama de un hotel y la del apartamento de la mujer alemana, servirá como nexo entre las dos personas que representan el pasado y el futuro sentimental del protagonista.
Las primeras ciento veinte páginas de Blitz relatan los cuatro intensos días que Beto vive en Munich. A esta ciudad llega con una chica que ya está pensando en abandonarlo y con la esperanza de lograr un premio que reflote el deficitario estudio de arquitectura paisajista que comparten. Cuando vuelve a Madrid, Marta ya no está junto a él y su futuro laboral no es nada halagüeño. El resto de la novela, apenas unas cuarenta páginas, se pueden considerar como un epílogo de la historia vivida por el protagonista en la ciudad alemana. Trueba aumenta considerablemente el ritmo narrativo y resume en esas cuarenta páginas los siguientes once meses de la vida de Beto, en los que tendrá que adaptarse a los cambios que la experiencia alemana ha provocado en su vida.
Consigue el escritor madrileño que una historia cotidiana como ésta y que unos personajes comunes como los protagonistas atraigan la atención del lector, gracias a que nos podemos sentir identificados con lo que sienten y dicen en distintos momentos del libro. Blitz es, por lo tanto, un ejemplo estupendo de que la escasa extensión y la sencillez compositiva y argumental en una novela no han de ser sinónimos de levedad.