FRANCISCO MARTÍNEZ LÓPEZ

Aunque aparentaba una ancianidad indefinida por la mugre y los harapos, aquel mendigo de la esquina de la Gran Vía con Santa Teresa, nLa Noviao tendría más de treinta y tantos, pero su boca desdentada y su rostro, por el que se encaramaba una espesa barba como hiedra en los muros de una casa abandonada, se empeñaban en demostrar lo contrario. Sin embargo,  en aquel diciembre el frío que más le dolía era el de la soledad, ese cierzo gélido que se cuela por las costuras del alma y la deja hecha jirones. Por entre sus guantes recortados aparecían unos dedos negros como su esperanza, y bajo su gorro de lana, calado hasta las orejas, unos ojos grises y un rostro pálido e indiferente como la gente que transitaba impasible ante su incómoda presencia. Pero nuestro vagabundo guardaba encendida una pequeña llama en su aterido corazón: justo en la otra esquina una bella maniquí vestida con un radiante traje de novia lo observa con los ojos de quien ha detenido el tiempo en el momento más dulce de su existencia, el de una novia eternamente blanca y feliz. El mendigo cruzaba de cuando en cuando la estrecha calle que le separaba del escaparate y la miraba embelesado ante tanta belleza, ella no tenía ojos más que para él. En la víspera de Navidad el vagabundo despertó cuando las guirnaldas luminosas se apagaban y daban paso a las primeras luces del alba, se dirigió a los aseos de un aparcamiento subterráneo, rebuscó en su desteñida mochila y de ella extrajo una vieja navaja de afeitar y una corbata pasada de moda que encontró en un contenedor de ropa. Rasuró como pudo su barba y humedeció el arremolinado cabello, después se subió el cuello de la gruesa camisa de franela, cerró el último botón  y deslizó la corbata alrededor del cuello, a continuación realizó un nudo doble con la eficacia y rapidez de quien había estado habituado a hacerlo antes de que su vida diese aquel giro inesperado. Subió por las escaleras mecánicas y salió al exterior en donde la música y las luces de pequeñas tiendas y  grandes almacenes pugnaban por despertar en los transeúntes un consumo todavía perezoso y adormilado. El mendigo se dirigió a su esquina pero esta vez no se sentó a esperar la indiferencia de la gente, se mantuvo de pie frente al escaparate de la tienda de novias y esperó hasta que la persiana metálica se levantó con un atronador estruendo. Allí estaba ella, más bella que nunca,  vestida con aquel vaporoso vestido de gasa y encajes. El mendigo introdujo la mano en la mochila y sacó una enorme piedra que lanzó con todas sus fuerzas contra el escaparate, el cristal se hizo añicos al tiempo que una alarma comenzaba a sonar  de manera súbita y estridente. Un conductor que pasaba a la altura de la tienda, quedó boquiabierto antes de empotrarse contra el kiosco ubicado al otro lado de la avenida al ver como una novia corría por la Gran Vía, feliz y radiante, cogida de la mano de un mendigo. A lo lejos la sirena seguía bramando pero a ellos les parecía el sonido de una marcha nupcial.