JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

En una pequeña ciudad como era Caravaca durante ele ecuador del S. XX, época a que asiduamente me refiero, apenas si era necesario el taxi para el desplazamiento por la superficie urbana de la misma. Muy pocos hacían uso de él y sólo para cuestiones puntuales. Eran los tiempos en que a estos vehículos se les denominaba «coches de punto»,quizás por lo dicho o porque se les encontraba dispuestos en un lugar o punto urbano determinado. No había «paradas»tal como hoy se conciben, sino un lugar convenido donde habitualmente cada uno de los que entonces había se le podía encontrar, aunque lo normal para su contratación era hacerlo por teléfono o contratar el viaje con antelación, en fechas previas al desplazamiento, ya que éste estaba programado tiempo atrás.

Pepe Barrancos, en una cafetería

Pepe Barrancos, en una cafetería

Uno de los más reconocidos taxistas de la época a que me refiero, sin menospreciar a los demás de la profesión, a quienes después me referiré, fue José Barrancos Perelló, conocido popular y cariñosamente como Pepe Barrancos, nombre y profesión que heredó su hijo mayor con el tiempo.

Barrancos no era natural de Caravaca, sino de la pedanía murciana de Corbera donde nació a finales del S. XIX, concretamente en 1890, y donde se inició en el ejercicio de la doma de caballos, profesión que simultaneó con la definitiva,  llegando a Caravaca como chofer del Conde de Reparaz D. Ramón Melgarejo Escario, en cuya finca de Derramadores,al pie de la Sierra de Mojantes, conoció a quien sería su esposa Juana María López Díaz, a quien llevaba dieciséis años, y con quien trajo al mundo a sus cinco hijos: Pepe, Antonio, Fina, Encarnita y Juan.

Durante la Guerra Civil, como se sabe, fue asesinado el Conde y Barrancos, con mucho esfuerzo personal se estableció por su cuenta fijando la residencia familiar en el barrio de El Hoyo y, pocos años más tarde en la Cuesta de Las Herrerías, para hacerlo después y definitivamente en el número 16 de la calle del pintor Rafael Tejeo, donde vivió hasta su muerte y aún lo sigue haciendo su hija Fina.

Al principio simultaneó el oficio de taxista con el de chofer de Las Notarias, por su amistad con D. Diego Meleón, y por el poco trabajo que los profesionales del taxi tenían en la ciudad. A ellas compró el Gran Paije, un coche negro y muy grande que fue el primero de su propiedad, al que cuidaba y hasta mimaba, llevándolo a reparar, cuando era necesario, al Garaje Ford, lugar donde también repostaba el combustible cuando en Caravaca no había gasolineras y sí algún que otro surtidor a los que en otra ocasión ya me referí.

Taxistas contemporáneos a Barrancos, y por tanto los pioneros de este oficio en Caravaca fueron Litrán, Jesús Castaño, El Cerdo y El Polvorista, todos ellos siempre al pie del cañón, de día y de noche, aguardando viajes que, como he dicho, eran casi siempre programados con antelación y que tenían casi siempre que ver con el desplazamiento de terratenientes a sus posesiones del campo y con otros desplazamientos a Murcia e incluso a ciudades más alejadas relacionados con visitas médicas o negocios.

Clientes asiduos de Barrancos, y también de los demás mencionados fueron Dª Caridad Vaillant (viuda del Conde citado), D. Blas Marsilla (asiduo viajero a sus posesiones de La Encarnación y a Bullas), y muy lejanos a éste en actividad viajera las Srtas. De López, las de Olmo, su sobrino el juez Roberto Torres y el farmacéutico Pedro Antonio López entre tantos otros que tuvieron que atender sus posesiones agrícolas en el campo y, sobre todo, desplazarse temporalmente allí en épocas de recolección. Era en estas fechas sobre todo, cuando el taxi negro y prismático de Barrancos aparcaba en mitad de la calle, frente al domicilio del usuario, sin temor alguno a molestar a otro vehículo, y pacientemente iba colocando en la gran baca superior, desde colchones hasta garrafas llenas de agua, pasando por útiles de cocina, maletas con ropa y cestas repletas de alimentos, todo ello necesario en la casa de campo durante las semanas o meses de permanencia en ellas, generalmente en época estival coincidiendo con la siega y trilla del cereal y la recolección de legumbres y patatas, de lo que en gran parte dependía la economía doméstica y la alimentación familiar de todo el año.

Cuando el equipaje estaba debidamente colocado y atado con gruesos cabos de cuerda de cáñamo, que evitarían su caída por las carreteras sin asfaltar y llenas de baches que aguardaban, montaba la familia; Pepe Barrancos accionaba la manivela dispuesta en el morro con que arrancaba el motor, y lenta y ruidosamente se perdía por la calle dejando una gran polvareda tras sí, en un tiempo en que las vías urbanas carecían del asfalto que hoy tienen.

Cuando crecieron los hijos y éstos comenzaron a trabajar, Pepe Barrancos llegó a tener hasta tres taxis, que junto a él condujeron Pepe y Antonio (éste último llegó a fabricar la carrocería de uno de ellos), que encerraban en cochera que ellos mismos hicieron en los bajos de la casa de la calle Rafael Tejeo donde vivían, y en la que se llegó a vender recambios y lubricantes, y hasta se crió el cerdo que cada año la familia sacrificaba en vísperas de Navidad.

La calle aludida, donde poco más adelante, en dirección a La Compañía, también tenía su cochera Jesús Castaño, era entonces un eje comercial y social de gran importancia. Allí paraban los coches de línea de Nerpio, Los Royos y Huescar. También abría sus puertas a la misma la oficina de Telégrafos y la Lotería de Doña Rosa, y tenía su taller Luísel de las Bicicletas,  así como sus domicilios particulares Mariano García Esteller, Aurorita Melgares y Juan Pedro, los maestros Jesús Álvarez y su esposa Felisa Hortigüela, Vicente y José Luís Laborda y, temporalmente los Condes de Santa Ana de las Torres, cuya familia solía acudir a llamar por teléfono a casa de Barrancos.

El nº 86 de la entonces escasa numeración telefónica local, correspondiente al domicilio de los Barrancos, nunca dejó de sonar, por fortuna para la economía familiar y Pepe nunca se jubiló ya que fue un vocacionado del trabajo y del volante. Cuando obligado por sus hijos vendió su último coche, trabajó ocasionalmente con la empresa Firlaque conduciendo aquel coche fúnebre, verdadera obra de arte que aún permanece en el recuerdo de los mayores, al que en otra ocasión me referí.

Pepe Barrancos falleció en Caravaca en 1968 «con las botas puestas», pero su recuerdo permanece inalterable no sólo en quienes le conocieron sino en los que supimos de él a través de los demás. Su presencia en la sociedad local no pasó nunca desapercibida, habiendo llegado a constituir uno de los iconos humanos de referencia durante un tiempo en el que Caravaca era mucho más pequeña y sus habitantes miembros de una gran familia, por cierto no siempre bien avenida.