Rosana López López
Psicóloga del Centro de Día y Residencia El Copo

La autoestima es la valoración afectiva que cada uno hace de sí mismo, es decir, en qué medida uno se quiere a sí mismo, se valora o se siente satisfecho con su propia persona. Una valoración positiva contribuye decisivamente al bienestar personal: quienes poseen autoestima se sienten más felices, son más sanosAutoestima y discapacidad, tienen menos problemas mentales.
La autoestima se construye con la ayuda de los que nos rodean y, sobre todo, a partir de la interacción con personas significativas en nuestras vidas. Por tanto, para los padres la responsabilidad es grande y el camino largo y costoso.

¡Pero, sin duda, la meta merece la pena!
Los niños con discapacidad intelectual, desde edades tempranas, requieren de un apoyo específico en el desarrollo de este aspecto. Además, al ser percibidos como dependientes, corren el riesgo de no sentirse respetados en cuestiones básicas como, por ejemplo, la privacidad, el derecho a elegir o mostrar sus preferencias, etc. A muchas personas con discapacidad no se les escucha, tienen poco control de sus vidas y tienen el sentimiento de no ser tratadas con respeto. Esto se debe a una infravaloración de sus capacidades.
Como es de suponer, la familia, por la seguridad y afecto incondicional que ofrece, es un medio privilegiado para la adquisición de una autoestima adecuada. A través de pequeños cambios en las rutinas y en el contexto del hogar, los padres pueden crear las condiciones necesarias para que el niño se conozca, se valores y acepte tal y como es.
¿Cómo podemos favorecer el respeto y el orgullo de sí mismo en las personas con discapacidad intelectual?
El primer paso consiste en hablar con naturalidad dentro de la familia de la discapacidad que atañe al hijo.
Conseguida esta conciencia personal, el paso siguiente para que crezca esta aceptación positiva de sí mismo es el desarrollo del sentido de la competencia, es decir, el conocimiento de las propias habilidades, la toma de conciencia de aquellas tareas que son capaces de hacer «por y para sí mismo». Esto les servirá para conseguir un cierto sentido de control y dominio sobre el mundo.
Poco a poco, y con el aliento de la familia y de los amigos, la persona necesita cambiar su perspectiva desde «lo que no podré hacer» por causa de esta discapacidad, a «lo que podré hacer».
Debemos evitar la sobreprotección excesiva, entre otras cosas porque transmite la idea de «tengo que protegerte porque tú solo no puedes».
El mejor medio para que los padres promuevan la competencia es proporcionando todo el amor, apoyo y consejo que se necesite, pero también permitiendo que el hijo experimente cantidades razonables, manejables, de frustración y fracaso, que sirvan de incentivo para aprender y desarrollar la independencia.
El proceso de ensayo y error, y de aprender a partir de las equivocaciones de uno mismo es común tanto para los niños con discapacidad como para cualquier otro niño. Lo único diferente es el punto de partida y el nivel de habilidad alcanzado.
Las familias que tienen mayor dificultad para promover la competencia son las que esperan demasiado, y las que esperan demasiado poco. Cuando las expectativas son muy altas y la presión familiar es muy grande, la persona puede abandonar por frustración y fracaso. Por otra parte, pueden aparecer frustración y escaso rendimiento si las familias esperan demasiado poco de su hijo con discapacidad y no le dejan realizar esas actividades que incrementarían su independencia.
Por tanto es fundamental poner metas a los hijos que sean razonables y realistas.
Debemos animar a nuestro hijo a que realice nuevas tareas que sea capaz de hacer según su nivel de desarrollo y su capacidad. Le motivaremos a que realice aquellas tareas que sean importantes y significativas para él. Y por encima de todo, hemos de animarle a aceptar sus errores y la falta de éxito como elemento necesario en el proceso de aprendizaje. ¿De qué otra manera puede aprender una persona, si no aprende de sus errores y fracasos?