ANTONIO FERNÁNDEZ

Se dice en los medios, en las casas, en las aulas, en los libros de sociología, somos los jóvenes de hoy la generación mejor preparada de la Historia. Miguel Delibes afirmó por los años ochenta que los que tenían más de treinta tacos siempre estaban con un libro en la mano pero los jovencitos sólo leían cosas que les fuera útil para la escuela o la carrera. Y así estamos también en esta época, que no sé ni cómo podríamos llamar, ¿los dos mil?, ¿la segunda década de los dos mil? ¿Los años diez? Suena mal, qué quieres que te diga. Si es que uno no está a gusto ni con su época. ¿Pero no éramos la generación mejor preparada de todos los tiempos o qué? Espera, espera.

Somos la generación sacada de unas leyes educativas que han ido dando brincos de aquí para allá, de izquierda a derecha, zarandeándonos hasta dejarnos vacíos, con horizontes inciertos y visión nublada debido al mareo del vapuleo legislativo, sin inquietud, con una angustia existencial de un Sartre que vimos de pasada, pero que vimos, porque el pensamiento de los jóvenes está sartreizado. La generación mejor preparada de la Historia es, al menos en su mayoría, una generación tristona, neurasténica, que padece por dentro y no sabe por qué, que ha perdido el cauce de las cosas y que busca en la vida algo en lo que ser sistemáticamente útil, como si fuéramos un saco de abono. Pero, hombre, que también se puede ser inútil y tontolava y tener un hueco en este valle de lágrimas, ya que nos ponemos sartrianos.

Hay que irse al pasado para ver qué podemos hacer. La esencia de todo aprendizaje, como bien escribió una vez un profesor mío, David López Sandoval, “siempre coincidió con la promesa y esperanza de mejoramiento, de ascensión –intelectual o espiritual–: la areté”. Un conceptillo griego en el que puede estar la solución de todas las cosas y la comprobación de que no somos la generación mejor preparada de la Historia. Cuánto sabía (y sabe) David, y así lo digo, sin retraimiento, sin temblarme el belfo inferior (que es el labio que siempre tremola cuando uno alaba) y me honro de haberle tenido como profesor de Lengua y Literatura. Porque cuántos profesores (instructores, formadores) están deformados. Cuántos salen a las calles a reclamar su concepto de areté, que es la monedé.

Hay en nuestra España de hoy, la que presume de tener a la generación mejor preparada de los siglos, un valorar lo mediocre y un menospreciar lo genuinamente intelectual, la excelencia, la areté. De modo que hay una educación mediocre y una generación mediocre que le debe la culpa a los que han abandonado la idea de que la única manera de educar es la actitud del profesor, que debe conseguir la fascinación del alumno, y para ello, oiga, el profesor ha de estar formado, areteizado, apasionado para que el alumno se deslumbre, coño, que a lo único que nos enseñan es a pasar exámenes.

La única frase enunciativa afirmativa que se puede dar de nuestra generación es que va a ser la primera generación que vivirá peor que sus padres, por el coñazo de la crisis, que nos da una juventud que no puede emanciparse, que no puede casarse y formar una familia, que no sabe español porque se ha dedicado a hacer garabatos en las libretas y a europeizarse antes que españolizarse (vaya, he dicho españolizarse, a ver si me crucifican) y aprender mucho inglés, que es el futuro. Las leyes educativas nos han ido encaminando hacia una educación en la que la práctica ha suplantado a las clases magistrales, de modo que se busca la mera utilidad de las cosas, lo útil, lo útil, y si nos sale el hijo tonto pues a matarlo se ha dicho. La generación del low cost va a ser pronto la Lost generation. Pero no la de Faulkner, ni Hemingway, por Dios, sino la del Sálvame y su puta madre. Toma tú la generación mejor preparada de la Historia.