PASCUAL GARCÍA

Por aquellos días las mujeres, en general, ya no lavaban en el río. Lo habían hecho durante muchos años, porque las casas carecían de agua corriente y aun de alcantarillado al principio. Podemos imaginar, o mejor aún, no podemos imaginar el trabajo que suponía acarrear cuando tocaba, toda la ropa de la casa en grandes fardos en dirección al paraje del río más cercano y accesible: Las Toreras, Puente Tercero, El Batancico, etc. Y regresar ya de noche con toda la ropa lavada, oliendo a jabón de sosa que las mujeres mismas fabricaban y a las plantas aromáticas de la ribera del río Alhárabe.

Aquellas mujeres (foto María García)

Aquellas mujeres (foto María García)

Sábanas y ropa de cama, pantalones y camisas y faldas y jerséis, calcetines, ropa interior y pañuelos, toallas y todo el arsenal de pañales artesanos de aquel tiempo y otro largo etcétera.
Venían del río como de una contienda naval, empapadas, sudorosas y triunfantes; pues habían llevado a cabo un verdadero alarde de heroínas que venían asumiendo, como sus madres y sus abuelas habían hecho, con naturalidad; pues a ellas corespondían las tareas de la casa e incluso las del marido, al que no dudaban en ayudar en cualquier menester del campo o del ganado.
Mi abuela Rosa, la madre de mi madre, contaba una anécdota que le había ocurrido a ella una de esas mañanas de ir a lavar al río. Como era habitual, madrugó, salió de noche de la casa con la ropa sucia y, cuando llevaba andado un buen trecho, reparó en que el cielo no clareabaa; medrosa como era, se sintió débil a merced de las sombras, pues se dio cuenta pronto de que había madrugado en exceso y de que llegaría de noche a su destino, donde aguardó paciente el amanecer para dar comienzo a la labor que la había traído allí.
Aquellas mujeres no solo eran valientes y trabajadoras, sino que necesitaban proveerse del coraje necesario para afrontar la dureza de una vida que les era especialmente adversa.
Es verdad que los hombres madrugaban también y que el sol les salía y se les iba inclinados, casi humillados, obre la tierra, que cavaban, sembraban, limpiaban y cuyos frutos, escasos siempre, terminaban recogiendo, pero ellas no andaban nunca demasiado lejos de sus maridos ni de sus hijos, y encima les caída todo el peso de la casa, la crianza de los muchachos y la creación de un hogar para todos, donde no faltase la ternura para los pequeños, la atención a los ancianos y el fuego nocturno para los hombres.
Ellas lo eran todo, porque eran la misma casa y la familia, como lo fueron mis abuelas y mi madre. Excuso decir que no disponían de lavadoras, lavavajillas, vitrocerámica, horno o frigorífico, pero cada día la comida llegaba puntual y sabrosa a la mesa que todos compartían fatigados pero felices de saciar el apetito y de bromear, y la ropa, que la madre recogía del tendedero cada atardecer, quedaba todas las noches planchada y dispuesta para su nuevo uso. Así criaban una media docena de hijos, atendían al abuelo o a la abuela que ya no se valía por sí mismo, y a los que era preciso limpiar y lavar cada día como si fueran bebés, y proseguían persistentes, puntuales y alentadas poniendo la mesa cada jornada para los suyos que llegaban exhaustos de la huerta o del campo, como se prepara un altar, porque, en el fondo la casa era un templo, la familia entera, una religión, y los hijos y el marido sus únicos dioses.
Me acuerdo siempre de ellas como no podía ser menos, porque nadie les dio las gracias nunca, aunque hicieran que el mundo fuese un lugar habitable y nosotros, más felices.
Mujeres con mayúscula.