Ana María Vacas Martínez-Blasco
Cuando por suerte tuve en mis manos gracias a uno de los autores, el libro de Cristóbal Belda Navarro e Indalecio Pozo Martínez, de título Francisco Salzillo y la escuela de escultura de Caravaca, pude comprobar que se trataba de una recopilación escrita e ilustrada con un trabajo de documentación extraordinario, quede asombrada del enorme esfuerzo realizado para consolidar esta obra llena de requiebros culturales y tan cercana en nombres y detalles que su lectura se hacía amena sin esfuerzo. Aprendí durante su estudio que las obras que admiro en las Iglesias de mi pueblo, contienen en sus tallas, en sus pliegues, o en sus rostros años de historia perdidos entre sus paisanos por el desconocimiento; gracias a la laboriosa y profesional puesta en escena de esta obra escrita, ahora observo la escultura desde otra perspectiva, no sólo por la grandeza de sus figuras sino por la valoración y el reconocimiento del ancestro y difícil oficio de Escultor. Delicado y preciso trabajo que surge sin decoro, como esencia pura de las manos de cada uno de los artistas de esta escuela de escultura.

La culminación de este libro se ve conseguida con la exposición que tenemos el placer de disfrutar los caravaqueños y el numeroso público, que día a día la visita y que se desplazan con el único interés de observar de cerca las imágenes de sus Iglesias locales junto con las de otros municipios aquí presentadas. Observar en vivo y en directo cada una de las esculturas de los distintos autores, Ginés López Pérez (1687-1751) alumno de Nicolás Salzillo, José López Pérez (1735-1737 /1781), Marcos Laborda (1752-1822), Francisco Fernández Caro (1760-1841), todos ellos naturales de Caravaca, influenciados y formados por el representante mas grande dentro de esta disciplina, Francisco Salzillo (1707-1783), es una oportunidad única. “El escultor del mayor crédito de estos reynos”, como fue reconocido en su vida por su gran capacidad técnica, que propicio durante el desarrollo de sus obras una identidad propia tan clara y definida que revoluciono el concepto del arte escultórico; además de dejarnos su obra tuvo a mérito reconocido de formar numerosos aprendices a su vera, después considerados como herederos de su estilo y reconocidos como grandes escultores.
Momento cultural, quizás irrepetible dentro de nuestra historia, tanto por la magnitud de la exposición derivada de la dificultad que embarga conseguir reunir este elenco de trabajos en una misma sala, como por su valor tanto artística y material.
Engalanada nuestra hermosa Iglesia de la Compañía de Jesús para recibir como se merece a cada una de las imágenes, libros, pinturas, y demás objetos que nos transportan a la época donde el trabajo artesanal formaba parte de la vida diaria.
La posibilidad de tener en la misma sala varias tallas distintas de una misma imagen y de distintos autores, nos ayuda poder comparar sus personalidades y estudiar con un enorme detalle su individual maestría, destacando las influencias que a pesar de sus autorías, se mantienen a lo largo de los años de maestro a discípulo y que todas esas características hoy ayudan a los expertos a situar cada trabajo con enorme precisión.
Como ya dije en una ocasión considero que el escultor dentro de las disciplinas del arte, es el artista más completo, ya que tiene que dominar, dibujo, dimensiones, espacio, pintura y escultura; mi enorme respeto por los escultores tanto los aquí representados como los que continúan haciéndolo hoy día.
Quiero agradecer y felicitar a todo el personal implicado en esta exposición, desde el Ayuntamiento y Concejalía de Cultura por el esfuerzo que supone abrir las puertas para el disfrute del arte, haciéndolo a la altura de las circunstancias, hasta la profesionalidad de documentalistas y comisarios por el que habrá sido sin ninguna duda el trabajo de años de dedicación y la consecuente culminación de este proyecto de tal envergadura.