JAIME PARRA

El jurado del Premio Internacional de Investigación Artez Blai sobre las Artes Escénicas decidió otorgar el premio de la edición del año 2019 a la obra De Plutón a Orfeo: los campos de concentración en el teatro español contemporáneo (1944-2015) de la profesora de Literatura española en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Aviñón Antonia Amo Sánchez.

La obra será publicada por la editorial Artez Blai en octubre.

¿Qué ha supuesto para usted ganar este premio?

Ha sido una gran sorpresa y una tremenda alegría, pues ¡no me lo esperaba! Artez Blai tiene un largo recorrido en la difusión, promoción y apoyo a la investigación sobre el teatro contemporáneo, así que su reconocimiento es para mí muy importante.

¿De qué trata su obra premiada?

Se trata de una monografía en la que estudio el teatro español que aborda la experiencia del internamiento y la deportación de los republicanos españoles tras la Guerra Civil. Algunos de los dramaturgos que volcaron sus vivencias en el teatro son grandes nombres de la historia del teatro español (Max Aub, Teresa Gracia, Jorge Semprún, por ejemplo). Sin embargo, son los herederos de esta memoria incómoda los que van a escribir con ahínco para dar a conocer la historia de miles de hombres, mujeres y niños que acabaron en los campos de exterminio después de haber vivido, para muchos de ellos, un duro internamiento en los campos franceses. La labor de artistas como Pilar Almansa, Jesús Arbués, Carles Batlle, Rubén Buren, José Ramón Fernández, Inma González, Raúl Hernández, Mariano Llorente, Laila Ripoll. En mi estudio, pongo en perspectiva la escritura de los dramaturgos-testigos y la de los dramaturgos-herederos, para focalizarme en las estrategias expresivas de un teatro que habla de una violencia extrema. ¿Cómo dar cuenta, en el teatro, de la inhumanidad, de su herencia y de la falta de duelo histórico?

¿De dónde le viene el interés por el tema?

Desde hace tiempo dedico mi investigación al teatro de la memoria histórica. Ha habido un “boom” en la investigación de la literatura de la memoria, tanto en España como en Francia, desde finales de los 90. Pero se había trabajado muy poco, o de manera muy puntual y periodística, sobre el teatro que recupera la historia de los republicanos españoles internados en los campos franceses, miles de ellos también deportados a los campos de la muerte. Fui indagando y me di cuenta de que casi nadie a mi alrededor, ni en España ni en Francia, conocía esta realidad. Y mucho menos el teatro que la rescata. Y poco a poco fui encontrando a dramaturgos que llevaban años documentándose sobre el tema y escribiendo teatro para dar a conocerlo.

Las obras de Laila Ripoll y José Ramón Fernández me dieron la oportunidad de conocer a varios deportados supervivientes del campo de Mauthausen. Ya apenas quedan testigos de aquella atrocidad… Este contacto directo con el “pasado” impulsó mi estudio y centró su enfoque, literario pero también historiográfico.

Me interesó estudiar los recursos dramatúrgicos, documentales y literarios de un teatro escrito por los que no vivieron la tragedia. Es un teatro hasta cierto punto didáctico, pues palía la desinformación sobre el tema. Yo creo que el teatro es el arte que con más fuerza puede explorar la condición (in)humana. Conocer el pasado, quizás evite reincidir en la barbarie… Los campos del ayer nos hablan también de los campos que siguen existiendo hoy.

Desde un punto de vista personal, mi historia familiar acabó confluyendo con mi tema de investigación: en mi familia se cuenta la historia de mi abuelo, Juan Amo Fernández, jovencísimo combatiente republicano que pasó bastante tiempo en los campos de concentración franceses antes de volver a Moratalla. Pero apenas tenemos noticias factuales de aquello. La memoria de mi abuelo no fue un motor en mi investigación, fue más bien un puerto de amarre que me permitió tomar conciencia de que, en realidad, poco se sabe de su historia. Y yo, como mi familia y como muchísima gente en este país, somos los herederos de una memoria errante. Quizás por ello, en algún momento sentí que este trabajo tenía algo de deuda hacia aquel abuelo que no me hablaba demasiado de su pasado.

¿Estas obras sobre campos de exterminio son una rareza en el teatro español o abundan?

Solo he encontrado a cuatro dramaturgos que hayan escrito sobre su experiencia concentracionaria: Max Aub (preso en Djelfa), Álvaro de Orriols, Teresa Gracia (ambos internados en campos del sur de Francia) y Jorgé Semprún (deportado al campo alemán de Buchenwald). En cambio, el corpus reciente, escrito por dramaturgos que pertenecen a lo que se suele llamar “la generación de los nietos”, es mucho más extenso (unas diez obras) y de mejor calidad dramatúrgica. Estos autores que yo llamo ‘orfeos’ (se lo copio a Chalamov que distingue entre los ‘plutones’: los supervivientes, los que salen del infierno; y los ‘orfeos’: los que asoman al infierno) se acercan a la historia de la concentración y la deportación desde la distancia histórica pero desde un ingente trabajo de documentación. Las obras, con estilos muy diferentes, son una muestra de la diversidad de lenguajes que emplea el teatro contemporáneo para superar la tipificación del tema concentracionario, muy estereotipado, entre otras cosas, por su tratamiento en el cine.

¿Puede recomendarnos alguna por su calidad literaria?

¡Les recomendaría leerlas todas! Pero si tengo que escoger les propondría J’attendrai, un bellísimo texto de José Ramón Fernández que habla de amor y generosidad; Ligeros de equipaje, de Jesús Arbués, por su manejo ágil del lenguaje y sus reflexiones a prueba de todo maniqueísmo; Las republicanas, de Teresa Gracia, porque nos habla de su experiencia en el campo de Argelès siendo una niña pero con un lenguaje poético muy distanciado del realismo y el miserabilismo…

Y, por supuesto, ver la captación de la puesta en escena que Laila Ripoll hizo de su propia obra (coescrita con Mariano Llorente) El triángulo azul para el Centro Dramático Nacional, en 2014 (disponible en acceso libre en internet).