Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Ella está ahora viuda y él, separado, y esto no es una adivinanza, es el juego del destino, la casualidad, lo que Cortázar llamaba las simetrías y lo que sucede en alguna novela o en alguna película, cuando sus protagonistas principales, esos que se aman y que se juran permanecer siempre juntos, por azares de la existencia, se separan lamentablemente, viven muchos años enfrascados en sucesos y aprendizajes varios, vuelven  a amar a muchos y a muchas mujeres, la fortuna los acompaña en algunas ocasiones y en otras los abandona, de algún modo los hace más sabios, más humanos, más humildes; tienen hijos que les cambian su perspectiva de futuro, mueren los padres, y cada uno de ellos prosigue su curso en su propio espacio vital, apenas atentos a las vicisitudes del otro o de la otra, aunque, en ocasiones, de una forma irremediable se cruzan en el pueblo, casi ni se miran y continúan con su acontecer diario. Es posible que él, más literario, más imaginativo, haya pensado alguna vez en lo que pudo haber sido y no fue y, como tiene la potestad de escribir, quizás haya escrito aquella última escena, que en un libro o en un film parecería muy dramática, pero que él la aceptó como un avatar más de sus días y de sus noches.

Por supuesto que ha soñado cientos de veces con aquellos domingos (¿recordáis que entonces salíamos los muchachos y las muchachas a pasear a La Glorieta los domingos por la tarde?) en que se lavaba a conciencia, se vestía con el terno que su madre le había dispuesto para esos días de fiesta, se calzaba los zapatos nuevos y se iba a dar un paseo temprano a la Calle Mayor y después a La Glorieta. Incluso si ella no estaba allí, se atrevía a bajar hasta las inmediaciones de su domicilio, porque entonces todo era a distancia, con ese fascinante, inocente y misterioso roneo con que iniciábamos el acercamiento a cualquier chica antes de pasar a la palaba directa, aunque, a decir verdad, el protocolo del cortejo tampoco ha cambiado tanto. Se tomaban un chambi en La Glorieta al que él solía invitar y paseban en ese infinito, entrañable y eterno laberinto circular del Jardín del Caudillo, mientras hablaban de menudencias y nonadas, se reían azarados y nerviosos de cualquier cosa, evocaban las clases en la escuela, ella, en el colegio de Las Monjas y él, en el Grupo Escolar público, dos edificios contiguos que les permitían verse de lejos en los recreos y a la salida.

Cuando uno es feliz y es un niño el tiempo no pasa, se detiene y, sin embargo, un día desaparece. Eso fue lo que ocurrió aquel septiembre infausto de 1974. Ella lo esperaba en el paseo, atildada y femenina, como todos los domingos, y él tuvo que someterse a la disciplina de trabajo de su padre, al que ayudaba cada año en las labores de la huerta. Aquella tarde se le pasó la hora y volvieron casi de noche a la casa. El muchacho, inquieto, pretendía irse a pasear sin haber cenado, pero su madre, con el mejor de los criterios, no se lo permitió.

Cuando llegó a La Glorieta ella, desasosegada e intranquila, le dijo que tenía que irse ya a casa porque era tarde, pero le permitió que la acompañara unos metros. Ninguno de los dos sabía del todo que la vendimia de Francia los separaría para siempre. Un mes más tarde, un domingo cualquiera, el muchacho tornó a buscarla al lugar de costumbre, pero ella estaba ya con otro en el mismo banco  y reía.

Ah, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia