Montserrat Abumalham

No suelo ir con frecuencia a la peluquería, a pesar de que la considero uno de los lugares sociológicos por excelencia. Si uno tiene la paciencia de escuchar las conversaciones que se desarrollan entre las peluqueras y sus clientas, es prácticamente seguro que hallará respuestas a diversos fenómenos sociales que, a simple vista, no parecen tener explicación. Si la conversación se generaliza y no hay demasiados secadores de pelo funcionando a la vez, es posible extraer de los diferentes discursos toda la variedad de opiniones posible acerca de la situación política, de las relaciones interpersonales, de la educación de los hijos o las relaciones familiares o la situación del mercado local e incluso internacional. Es una forma inigualablemente rica de conseguir información fehaciente acerca de la realidad en la que vivimos y, además, obtenerla matizada con diversos aspectos a veces menores pero muy significativos.

Por supuesto en estas conversaciones podemos encontrar posiciones más o menos nihilistas, esperanzadas, cínicas o incluso proactivas y solidarias. Hay quien lo ve todo negro, sin duda, y quien trata de encontrar el lado favorable de las cosas. Hay quien piensa que nada puede mejorar y no hay salida. Mientras que otras personas consideran que hemos tocado fondo y solo cabe superar la situación. Hay quien extrae conclusiones sapienciales y quién solo se queda en la lamentación. Por decirlo de algún modo en estas conversaciones se dan todos los géneros literarios con sus correspondientes figuras retóricas; la hipérbole quizá sea la más abundante, pero están la repetición, la metonimia, la metáfora, la sinécdoque y otras varias, además de las que incluyen varias diferentes en la misma frase o conjunto de frases. La reina es sin duda la afirmación categórica de un dato y su contrario, expresados ambos con gran vehemencia.

No obstante, del mismo modo que esas conversaciones vuelan de un extremo a otro del local de la peluquería, al cabo de poco se extinguen como ráfagas de laca, dejando tras de sí un discreto aroma y son sustituidas por otras conversaciones igual de apasionadas y aladas.

Tras el confinamiento, he ido a la peluquería quizá unas cuatro veces a cortarme el pelo. Me gusta llevarlo muy corto y en cuanto crece un poco el corte se descoloca porque el cabello, al menos el mío, no crece de manera homogénea. En estas últimas visitas en el corazón de la pandemia, he podido ver cómo se instalaba en estas conversaciones un género antes ausente; la tragedia. Quizá sería mejor decir el melodrama, pero aún tengo dudas de cómo tipificar estas conversaciones. Me recuerdan bastante a las amenazas de algunas madres que dicen cosas como: No corras que te caerás y te romperás un diente. Es decir, las conversaciones, independientemente del tema que toquen, al poco se vuelven sombrías, agoreras y terminan anunciando males que no habría por qué esperar de manera lógica.

Si se habla de política, se termina afirmando que da igual quien gobierne porque todos lo van a hacer fatal; si se trata de las vacunas, se auguran efectos secundarios peores que los que se dice combatir o prevenir; si alguien presenta síntomas leves, no cabe duda de que terminará muriendo o al menos poniéndose muy grave; si alguien pretende poner un negocio, se arruinará sin duda; si se habla del clima, van a venir unas tormentas espantosas que asolarán casas y cosechas.

Me reía yo de estas conversaciones tan proclives a lo trágico y terrible, pero, en los últimos días, cada vez que veo la televisión y entrevistan a algún paseante o testigo de un acontecimiento se trate de la pandemia, de los okupas o de cómo está el tiempo, la última frase es: esto va a ir a peor. Ya había observado en las conversaciones de peluquería que, si intentaba afirmar, por ejemplo, respecto al tiempo que quizá sea lo más inocuo, que siempre ha habido olas de frío y de calor, que siempre ha habido nevadas intempestivas, etc., en ese mismo instante, todos dejaban de escucharte e introducían otro tema que, igualmente, terminaba en tragedia. En el caso de la televisión, si el que responde al reportero opina que está pasando lo de todos los años; en invierno hace frío y en verano calor, inmediatamente lo cortan.

Este amor por lo trágico me preocupa.