JAIME PARRA

Estos días se habla mucho de los mayores. Pero a ellos se les oye y se les ve más bien poco. Muchos se encuentran aislados en residencias; otros acuden al centro de día o, cuando las autoridades decretan su cierre, los trabajadores acuden a sus casas o se las ingenian para continuar trabajando con ellos a distancia.

Porque si no se trabaja con ellos “el declive de los usuarios es muy significativo”, explica la psicóloga Juani Espinosa Valera, quien lleva trabajando desde 2013 con AMADE en el centro de día de Bullas.

Como cientos de psicólogos que trabajan con ancianos, su trabajo (que se centra, por un lado, en realizar valoraciones cognitivas, preparar las actividades de estimulación e intervenir si observa algún problema de conducta y de estado de ánimo, y, por otro lado, en atender a los familiares, asesorarles y orientarles sobre los problemas que surjan) se ha adaptado.

Cuando hablamos, el centro se encuentra cerrado. No es la primera vez, y eso se nota en las personas mayores: “Tras el confinamiento de marzo, volvieron confundidos, mucho más sedentarios, apáticos y depresivos. Pero se fue corrigiendo y volvieron a interiorizar su rutina. El problema es que cerraron el centro otra vez”.

Fue por un caso de COVID-19. Una usuaria tuvo fiebre el fin de semana y el lunes ya no volvió. Cuando se conoció el miércoles que había dado positivo, se decidió no abrir el centro. “No hubo opción de explicarles nada”, señala Juani Espinosa.

El caso COVID-19 en el centro evidenció el buen hacer de los trabajadores, aunque la usuaria asistió al mismo durante el periodo de incubación, los protocolos funcionaron: ningún otro anciano ni trabajador se contagió.

Algunas personas mayores lo entienden, otras no, pero todas han interiorizado que en el centro de día ahora han cambiado las rutinas: mayor distanciamiento entre las sillas; sentarse a comer a la mesa dos con mampara de protección en lugar de cuatro; el tomarse la temperatura al salir de casa; lavarse continuamente las manos… “Ese momento de la cercanía en la conversación, de los abrazos, de darse la mano… todo aquello se ha perdido, y con estas medidas higiénico sanitarias también se ha perdido un poco el encanto del centro de día”.

Porque el centro de día de Bullas es además un espacio para la ternura y las experiencias compartidas, como un recetario recién editado donde padres e hijos escriben sobre aquel dulce casero que nunca faltaba a la mesa en Navidad; o los encuentros intergeneracionales con diversos colegios; o el proyecto de atención a la diversidad en colaboración con APCOM. Incluso, planeaban crear un huerto urbano. Todo esto tendrá que esperar.

Ahora, tras el último cierre, este decretado desde el Gobierno regional, les hacen llegar la información a través de los familiares y realizan las intervenciones en el domicilio. En este caso, la pregunta de los usuarios suele ser: “¿cuándo volvemos al centro?”.

Un centro en el que , gracias a las personas mayores, Juani Espinosa ha aprendido a bajar su ritmo de actividad “y es lo que más valoro. Darle a los mayores su tiempo, ya que su tiempo de respuesta es tiempo que yo tengo para aumentar mi tiempo de espera”.

Escuchar a los ancianos, suplir en la medida de sus posibilidades la ausencia de los seres queridos porque, lamenta Juani Espinosa, a su muerte la sociedad no les está dando la importancia que verdaderamente tiene.

En cambio, en AMADE, como en otros centros de día, sus vidas, sus historias, sus anécdotas, sus vivencias perdurarán en la memoria tanto personal como profesional de los trabajadores.

Gracias a psicólogos como Juani Espinosa, que hablan con ellos y les ayudan a entender lo que ocurre para que no sean víctimas de la depresión o ansiedad, pueden mantenerse con buena salud física y mental durante la pandemia.