POR PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA
Sus compañeros y numerManu Leguinecheosos «alumnos» de periodismo que en él vieron el ejemplo a seguir, el camino certero y la muestra clara e inequívoca de abnegación y compromiso informativo le llamaban «El Jefe de la Tribu», porque en él se miraban como espejo claro y transparente de metodología y maneras profesionales. Su nombre verdadero era el de Manuel Ángel Leguineche Bollar (29-09-1941, Arrazua-Vizcaya/22-01-2014, Madrid), por todos conocido y mucho más cercano como Manu Leguineche, quien nos abandonó para siempre hace unos días, fallecimiento que ha supuesto un auténtico mazazo para todo el periodismo activo que ha perdido a su corresponsal de guerra más emblemático, a un hombre que supo estar, no buscando la noticia, sino en el sitio en el que se generaba la información con todos los riesgos que ello conllevaba.
Su colega más directo y de semejantes formas de actuación, nuestro paisano cartagenero, Arturo Juan Moisés Gonzalo Pérez-Reverte Gutiérrez, al que todos conocemos como Arturo Pérez-Reverte, sencillamente, siempre le ha catalogado como auténtico maestro y ejemplo de pundonor y calidad periodística e informativa.

«Uno de los nuestros», le llamaba el periodista Julián García Candau y otros muchos colegas
Julián García Candau, periodista, también, de la vieja escuela, en un artículo de opinión publicado en «La Nueva España», ha dicho, como otros muchos, que Manu Leguineche «era uno de los nuestros».
Leguineche trabajó en multitud de guerras y aparentaba que le divertía jugarse el físico en tales compromisos de los que dijo «nadie gana, nadie vence y nadie sale victorioso». Como tal reportero, dejó claro que, para él, esa condición periodística representaba el mariscalato del periodismo y, sin duda, él lo consiguió con categoría de cinco estrellas, como los hoteles de «primera división», porque se fajaba en guerras comprometidas en las que el peligro formaba parte de su trabajo como una condición de vida.
Cuando transmitir era casi una gesta, fue cuando nació al periodismo y a la crónica de guerra Manu Leguineche. Nunca pudo apoyarse en las redes de Internet de las que, ahora, disponemos, jamás pudo aprovechar ninguna ventaja, ni pudo explotar informaciones de favor, ya que, entonces, todo tenía que conseguirlo «a pulso» y trabajarlo con tacto, maña, tesón y entrega constantes.

Problemas y dificultades vencidos con pundonor informativo
Y, por si no era bastante, tampoco el teléfono era la solución salomónica, ya que no en todos los países disfrutaba de conexiones limpias u ordenadas. Era la dificultad presidida por la dificultad y el problema seguido de otro problema añadido, pero su profesionalidad, ganas, empeño y rigor le hacían salvar, controlar y superar todo tipo de adversidades en un mundo de hostilidades, balas sin destinatario, explosiones inesperadas, violencias sin sentido y aviones derramando bombas por todos lados en un mundo de locura, pero con el temple informativo, el rigor, las ganas, la profesionalidad, el empeño y el buen talante periodístico de un Manu Leguineche hecho para sufrir, resolver, controlar y superar adversidades de toda condición y naturaleza.
Tras sus redondas gafas, su gesto simpático y su sonrisa permanente, se escondía un hombre que vivió y nos transmitió las mayores crisis mundiales y los conflictos bélicos más significativos y desgarradores del siglo XX.
Su andadura profesional comenzó en el semanario «Gran Vía», de Bilbao. Luego, trabajó como corresponsal y enviado especial en el diario «El Norte de Castilla», cuando su director era Miguel Delibes. Formó parte del equipo de corresponsales de guerra de Televisión Española y fundó las agencias de noticias «Copilsa» y «Fax Press». Y, como inconformista que era, escribió varios libros relacionados con sus aventuras por el mundo en los conflictos bélicos que vivió tan de cerca.
Argelia, en 1961, la guerra entre India y Pakistán, en 1965, así como los conflictos bélicos de Vietnam, Líbano, Afganistán, Bangladesh o la Nicaragua sandinista de 1978 fueron escenarios que le dieron triunfo profesional, prestigio personal y una valentía que perdurará entre nosotros para siempre.

Recurrió hasta al mismísimo Dalai Lama
A Leguineche no le resultaba suficiente el vivir de cerca las hostilidades. Nunca, jamás, prescindía del factor humano, de los problemas y dificultades con la gente con la que tenía que convivir. Dejó patente su humanidad cuando dedicó un tiempo interminable tratando de encontrar a un compañero-amigo, fotógrafo de prensa, que desapareció en Vietnam. Nunca pudieron convencerle, otros compañeros, de que había muerto y lo habían dejado en una cuneta y hasta le habían robado sus cámaras profesionales. A tal efecto, tuvo el arrojo de recurrir hasta al mismísimo Dalai Lama, no perdiendo nunca la esperanza de verle aparecer. Y es que era un hombre generoso, gran amigo, cariñoso, cercano y que se hermanaba con quienes poseían valores que, él, consideraba fundamentales para la sana, necesaria y feliz convivencia.
Su pasión futbolística residía en su devoción por el Athletic Club de Bilbao, aunque se dejaba «aconsejar» en ocasiones. Vasco por todos los poros de su cuerpo y fiel amante de las tradiciones de su tierra.

Dignificó el periodismo con su recto y convencido proceder
Nació periodista, se sentía como tal y nunca renunció a una profesión que consideró interesante, atractiva, apasionante y que dignificó con su recto y convencido proceder.
Después de un viaje a Japón, dispuesto ya a regresar a España, decidió cambiar ruta y destino. Y, en vez de dirigirse a Nueva Delhi, se encaminó hacia Corea del Norte, porque, estando tan cerca dijo que era una oportunidad para regresar con más conocimientos en su memoria. Él, no sabía, ni quería, ser turista. Se acostumbró a ser testigo de los conflictos y convulsiones mundiales y únicamente la larga y penosa enfermedad que sufrió le impidió seguir en esa senda que se había marcado. Hasta el último instante de su vida tuvieron que explicarle sus colegas más allegados lo que acontecía en Siria. Ha muerto, quizás, con la incorregible pena de no poder ser testigo de esa dramática y penosa guerra.

Su sufrida madre
Cuando algún compañero le saludaba con su doble nombre, Manuel Ángel, siempre sonreía socarronamente. Su sufrida madre siempre lo pasaba muy mal cuando Manu tomaba un avión con destino a una guerra. Y era muy aficionado a entonar, en cada conflicto, aquel himno vasco que tanto le reconfortaba y que estaba prohibido.
Los últimos años de su existencia los pasó retirado en la localidad alcarreña de Brihuega, en la provincia de Guadalajara. Y, ahora, a los 72 años de existencia, una insuficiencia respiratoria nos lo ha arrebatado para siempre. Descanse en paz el periodista, el maestro, el ejemplo informativo y «el Jefe de la Tribu», Manu Leguineche. Buenos días.

Pedro Antonio Hurtado García
es Director de Zona de CAJAMURCIA-BMN
en el Noroeste murciano