POR PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA
Su verdadero nombre era Lewis Allen Reed, pero su amplia, afamada y controvertida trayectoria artística, dedicada al rock’n’roll más puro, imprescindible, esencial y legendario, le hizo ser conocido mundialmente como Lou Reed (02-03-1942, Brooklyn-Nueva York/27-10-2013, Southampton-Nueva York). Además de cantante, compositor y escritor, inició El músico Lou Reedsu trayectoria musical integrado en el grupo conocido como The Velvet Underground, del que fue líder incuestionable, razón, quizás, por la que, luego, decidió emprender una carrera en solitario que le ha llevado, en reiteradas ocasiones, por los cinco continentes con una excelente banda de rock, con grandes canciones del género y con numerosos discos. Durante su trayectoria con la referida formación, The Velvet Underground (1964-1970), parió canciones que gozaron del reconocimiento popular, tales como “Rock and Roll”, “Heroin”, “Sweet Jane” o “I’m Waiting for the Man”. El grupo se formó cuando Lou Reed conoció, a mediados de los ‘60, al múltiple instrumentista John Cale, quien supuso la verdadera simiente que dio lugar a la referida banda rockera.
    Sus letras descarnadas, su espíritu reivindicativo e inconformista, su gesto, a veces estúpido, pero siempre profesional y cercano para muchos, le convirtieron en uno de los músicos más influyentes y determinantes de la leyenda pop que tan buen escenario tuvo en la década de los ’60. Y siendo plenamente consciente de su genio y virtudes para componer, además de llamar “repugnantes” a los periodistas en numerosas ocasiones, alimentó ese carácter irascible que le sirvió, al mismo tiempo, para desarrollar, igualmente, una personalidad violenta, inestable y egocéntrica inmerso en un mundo que le apasionaba lleno de drogas, sexo y rock and roll. Pero, así y todo, siguió componiendo y cantando incansablemente hasta que nos dijo adiós para siempre, de forma imprevista, hace unos días.
LA VIDA LOCAL MÁS ÁSPERA, INDOLENTE Y VIOLENTA DE LA CIUDAD DE LOS RASCACIELOS
    De su discografía cabe destacar, por imprescindible y por orden cronológico de publicación, vinilos como “Transformer” (1972), “Berlín” (1973), “Rock’n’roll animal” (1976) o “New York” (1989), cuyas canciones se ha visto obligado a interpretar en sus conciertos celebrados, incluso, varias décadas después. Ha llevado su música a los mejores y más destacados escenarios del mundo y ha fijado su residencia en diversos lugares, pero, como buen americano, siempre de los Estados Unidos y con especial y pública predilección por la ciudad de los rascacielos, Nueva York, a la que reflejó en muchas de sus letras para referirse a la vida local más áspera, indolente y violenta.
Y de sus canciones, nunca abandonadas por el paso del tiempo y siempre interpretadas en sus conciertos, nos hemos saltado en esa cronología, para darle una especial relevancia, el que fuera su  éxito de ventas más distinguido: “Walk on the Wild Side” (1972), un tema que dio cabida a la transexualidad y a la prostitución que nunca antes se había tratado en su género musical, aspecto que, sin duda, estuvo favorecido e impulsado por su compleja y siempre estridente vida, esencialmente en los años en los que el éxito estuvo de su lado de forma intensa y descarada. Pese a todo, nunca perdió la consideración de artista “de culto”, prefiriendo mantenerse, sin conseguirlo casi nunca, totalmente al margen de las multinacionales casas discográficas y del marketing que imponían para multiplicar las ventas.

UN GENIO INCOMPARABLE E INCONFUNDIBLE
    Lou Reed ha recibido muchas denominaciones para definirle en su amplia y bien dilatada trayectoria, tales como “el poeta salvaje del rock and roll”; también “mente animal”, “tierno destructor”, “amante perverso”, “genio del rock” o “estúpido consumado”, pero tenemos que olvidarnos de todo eso para centrarnos en reconocer que se nos ha ido un genio incomparable e inconfundible y, con él, un trozo importante de la historia contemporánea de la música en la que fue decisiva su participación para hacer del rock and roll, al que tanto se entregó, una de las manifestaciones culturales más señeras de nuestra época.

Como excelente músico que era, disfrutaba mucho en sus conciertos y supo reconocer que la entrada del nuevo siglo le generó una cierta sequía creadora que, quizás, agudizó su desagradable carácter de siempre.

CONCIERTO EN EL AUDITORIO “VÍCTOR VILLEGAS”, DE LA CAPITAL DEL SEGURA
    A tal efecto y como anécdota curiosa, tenemos que contar que le hemos visto en directo en más de una ocasión, pero cobra especial singularidad el concierto que ofreció en el Auditorio y Centro de Congresos “Víctor Villegas”, en la capital del Segura. Allí, en las filas delanteras del patio de butacas, teníamos como vecinos de localidad a dos jóvenes de esos que se creen más amantes que nadie de la música, en general, y del rock and roll, en particular, significándose bailando y saltando de forma imprudente e intensa para buscar notoriedad. Uno de ellos, en uno de sus atléticos saltos, rompió la butaca de su localidad y se vio sentado en el mismísimo suelo. El músico neoyorkino se percató de la situación y, sin dejar de seguir tocando su guitarra con la profesionalidad que le caracterizaba, le hizo un gesto al del “aterrizaje”, con su descaro habitual, mediante el que en su rostro se leía algo así como “no se es más rockero por protagonizar disparates de mayor dimensión”. A partir de ahí, ni el protagonista del extraño suceso, ni su amigo, volvieron a moverse por intensa y trepidante que sonara la música. Y es que, aprovechando la ocasión, tenemos que decir que el “Víctor Villegas” ofrece la posibilidad de presenciar grandes actuaciones, pero los asistentes, en general, tenemos que mentalizarnos de que allí no se va a bailar, sino a ver las actuaciones de los artistas, entre otras cosas porque, de no hacerlo así, se perturba el disfrute y el derecho de quienes han pagado una localidad, nunca económica por el alto caché de los actuantes, para disfrutar de esos importantes y relevantes artistas en la corta distancia. Porque para bailar, saltar y disfrutar en otra dimensión están los campos de fútbol, plazas de toros y recintos de semejante naturaleza, donde no se molesta al vecino de localidad por tal comportamiento y donde, por añadidura, sabemos a lo que vamos y lo que “nos jugamos”.

    Lou Reed era hijo de un matrimonio de clase media que nació en un sencillo hospital de Brooklyn. Su familia fijó residencia en una pequeña población de Long Island cuando él tenía 8 años. Se le ha considerado como un niño problemático debido a su bisexualidad, por lo que fue sometido a tratamiento psiquiátrico a los 14 años. Y hasta recibió sesiones de electroshock para tratar de “curarle” su tendencia homosexual, extremo que no omitió incluír en su canción “Kill Your Sons” (1974).

EL POETA DELMORE SCHWARTZ LE ANIMÓ A INICIARSE EN LA ESCRITURA
    Digamos, finalmente, que, desde muy joven, Lou Reed era un profundo fan del rock and roll y del rhythm and blues, experiencia que desarrolló tocando en varias bandas durante su periodo de estudiante. También “flirteó” con el estilo denominado “doo wop”, como miembro de The Shades, con quienes grabó un disco sencillo. Asistió a la Universidad de Syracuse, a partir de 1960, donde conoció al poeta Delmore Schwartz, quien le animaría a iniciarse en la escritura. Se aficionó, igualmente, al “free jazz” y a la música experimental para afirmar, posteriormente, que sus objetivos prioritarios se centraban en “acercar la sensibilidad novelesca a la música rock” o, en su defecto, “escribir la Gran Novela Americana utilizando un disco como “papel” en el que plasmarla”. Todo ello le sirvió para intensificar relaciones importantes con grandes personajes del mundo de la literatura y la cultura americana a todos los niveles, así como reuniones con auténticos “monstruos” de la música para grabar temas concretos y mantener vivo su legado, su nombre y su prestigio mundial, haciendo incursiones en el sector de la producción y el descubrimiento de otros artistas.

    Discurriría el año 2001 cuando corrió el bulo de su fallecimiento como víctima de una sobredosis de heroína. ¿Cómo lo desmintió?. Sencillamente, con una gira-espectáculo denominada “Words and Music” que le llevó por todo el mundo.
Descubrió su enorme afición a la fotografía en los últimos años de su vida, no sin representar, ello, otra de sus excentricidades que le mantuvieron siempre en candelero musical y artístico en todos los ámbitos.

    A los 71 años de edad, como consecuencia de complicaciones hepáticas y tras ser sometido a un trasplante de hígado, en Mayo pasado, en un hospital de Cleveland (Ohio), en una intervención quirúrgica que el artista calificó de “un triunfo de la medicina, la física y la química modernas”, ha fallecido Lou Reed, plácidamente en su casa, mientras realizaba una postura de “tai chi”, según ha explicado su viuda y última esposa, la compositora musical Laurie Anderson. “Lou era un príncipe y un guerrero, y sé que sus canciones sobre el dolor y la belleza del mundo llenarán a mucha gente con la increíble alegría que sentía por la vida”, ha dicho Anderson a la muerte de su afamado esposo, añadiendo que “Lou era un maestro de “tai chi” y pasó sus últimos días aquí, estando feliz y maravillado por la belleza, la fuerza y la suavidad de la naturaleza. Y se fue mirando a los árboles y haciendo la famosa postura 21 de “tai chi”, únicamente con sus manos de músico moviéndose por el aire”, sentenció la esposa.

    De Lou Reed podría escribirse mucho más, pero la pasada semana no dejamos espacio para colocar una foto de Manolo Escobar en las páginas de “El Noroeste” y, en esta ocasión, nos gustaría no habernos extendido excesivamente para, por lo menos, poder colocar un testimonio gráfico del controvertido neoyorkino, que en paz descanse.