Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Foto: Jesús Rodríguez

En aquel tiempo no había actividades extraescolares. Hablo, como siempre, de mi infancia. Salíamos de la escuela a las cinco de la tarde y nos íbamos con la merienda (la punta de una barra de pan del horno del Domingo rellena de embutido variado, paté o atún en aceite y restregada en su interior con un tomate partido) al Patio Campanario a jugar. Era nuestro punto de encuentro. En invierno se nos hacía de noche muy pronto, pero cuando llegaba la primavera, el festival de las tardes se dilataba en juegos variados e imprevistos y una creciente algarabía que de forma paulatina se iba apagando conforme llegaba el crepúsculo. La pelota, la comba, el elástico, los zompos, las cometas y los aros ocupaban de un modo principal nuestro ocio, pero también jugábamos al escondite, a la vaca o a la bola. Luego oíamos a nuestras madres llamándonos para la cena mientras el atardecer clausuraba el día y la bullanga callejera.

Hoy, mi mujer y yo pasamos buena parte de las tardes de la semana acompañando a nuestros dos hijos a todas y cada una de sus actividades extraescolares, muchas de ellas ofertadas por el propio colegio y otras, en academias o en polideportivos. Los críos no juegan en la calle a la salida de la escuela, porque ya no hay calle apenas donde jugar y porque la que queda, es peligrosa, incierta y no enseña nada bueno. Queremos que nuestros hijos no paren de aprender y los sometemos, en ocasiones, a un suplicio estresante de cursos y cursillos en exceso.

Bien es verdad que durante aquellos años de mi niñez las horas vacías de las tardes no traían provecho alguno, salvo el encuentro con los amigos del barrio (eran frecuentes los desencuentros y las reyertas) y la iniciación torpe y errónea en los secretos de la vida, que los mayores solían impartir a los más pequeños. El mundo en la calle era hostil, abundaban los matones de barrio, a los que el curso de los años ha terminando colocando, por fortuna, en su sitio, y era costumbre el establecimiento de una jerarquía basada en la edad, que los menores o los más débiles debían obedecer de un modo tácito. De manera que aquella sociedad callejera e infantil se asemejaba mucho en su comportamiento a un rebaño de animales o a una tribu prehistórica. El temor, la superioridad física y el mal ejemplo cundían porque los muchachos y las muchachas habitaban un medio ajeno casi a la civilización.

Las calles y los callejones empinados y estrechos del Castillo, los terraplenes de Las Torres y el enorme ventanal con vistas a la sierra y a Las Cañadas otorgaban al barrio un matiz agreste y casi salvaje que imprimía un carácter especial, sin duda, en todos los que habíamos nacido allí. A pesar de que vivíamos en el pueblo, cada día mirábamos a la sierra y a la huerta desde la altura de una fortaleza legitimada por los siglos. Éramos, por tanto, de un territorio mestizo, a medio camino entre la Edad Media y las terribles leyes de la naturaleza, como si la luz y la cultura no hubiesen arribado aún del todo.

Hoy mis hijos acuden a clases de danza y de fútbol, reciben algunas sesiones semanales de ajedrez, inglés y violín, y en algunas horas libres me salgo con ellos a la puerta de mi casa para que monten en bicicleta o compartan su alegría de vivir con los vecinos. Su existencia ya no se halla limitada al hábitat cerrado de un pueblo pequeño y de un barrio aislado. Por eso tienen amigos en la escuela, en las distintas asignaturas que realizan por las tardes y en la calle donde tenemos la casa. Son sociables, se hallan abiertos a diversas experiencias humanas y culturales y no aguantan la opresión de una suerte de casta superior que juega a gobernarlos. Se nota que han nacido en una época de libertades y prosperidad. Y yo me alegro de todo esto, aunque el tópico anuncie que ahora los niños no tienen tiempo para divertirse y no poseen libertad para estar en la calle.

Recuerdo mis días en el Castillo y a mis amigos de entonces, que aún hoy lo son: el Diego, el Joaquín, el Rogelio, los Carrascos y algunos otros, pero prefiero olvidar a los que tuve que padecer como una rémora constante, a los que he apartado de mi biografía sin contemplaciones.

La infancia ejerce una atracción constante y engañosa de la que nos resulta muy difícil desprendernos, pero uno ya tiene sus años para saber que no todo fueron momentos memorables, que los muchachos de aquella época nos hallábamos desprotegidos, al albur de las estúpidas y crueles leyes de la calle y expuestos al abuso de seres sin prejuicios que pululaban sin destino muy cerca de nuestros juegos. El mal rondaba la inocencia, porque así ha sido siempre desde el principio de los tiempos y no es sencillo evitarlo.

Leo un libro sentado en el interior del coche donde aguardo la salida de mis hijos de sus clases de música y baile. Después jugarán en la calle con los vecinos bajo mi atenta mirada como de costumbre, mientras su madre prepara la cena. No permito que crucen los límites de mi radio de alcance. No me gustaría que se perdieran en ese idílico y falso paraíso de mi infancia del que no guardo sólo buenos recuerdos.